Berberian Sound Studio / Why don’t you play in hell?

El cine del placer

 

Why don't you play in hell?

Why don’t you play in hell?

Córdoba no tiene un Bafici (aunque el próximo Festival de Cine Independiente de Cosquín, del 7 al 10 de mayo, promete ser un hito que dará de qué hablar: http://www.ficic.com.ar), pero las posibilidades que ofrece su circuito de exhibición independiente, cada vez más fuerte y expansivo, no le van en zaga: este fin de semana confluirán un conjunto de películas que serían la envidia de cualquier metrópoli cosmopolita. Hagamos un repaso rápido: el Teatro Córdoba exhibirá hasta el domingo el estreno del filme ganador del Bafici 2013, “Berberian Sound Studio”, de Peter Strickland (Mejor Película de la Competencia Internacional y premio ADF a la fotografía), junto a la última obra de Paolo Sorrentino, “La gran belleza”, ya comentada en esta columna; el Cineclub Municipal Hugo del Carril expondrá en los mismos días una retrospectiva completa de Iván Fund, uno de los grandes directores escondidos del cine argentino, que además dictará un taller en su sede; el Cineclub La Quimera ofrecerá hoy la célebre película “La infancia desnuda” (1968), de Maurice Pialat; el Cinéfilo Bar regresará mañana con el estreno de uno de los mejores y más felices filmes del siglo, “Why don’t you play in hell?” (2013), de Sono Sion; y Flavio Borghi sigue presentando todos los lunes, en la cátedra Libre Modernidad y Religión de la Universidad Católica, un imprescindible programa sobre Béla Tarr. Hasta un club de fútbol como Belgrano inauguró su propio cineclub (llamado “La piratería”), en el que el martes pasaron nada menos que “Holy motors”, de Leos Carax; y el mismo Talleres está a punto de estrenar su película, “Locura que enamora mi ciudad”. Los datos son elocuentes y, fuera de toda idealización vana, hablan de una comunidad cinéfila que sigue creciendo y multiplicándose, aunque muchas veces las funciones no sean a sala llena. Pero se trata de un movimiento vivo, que no deja de revitalizarse y que exige una definitiva institucionalización, quizás a través de la ley de cine que se continúa debatiendo en el gobierno de la provincia.

Berberian Sound Studio

Berberian Sound Studio

Por ahora, hablemos de algunas de las películas mencionadas, comenzando por ese verdadero ensayo sobre el sonido que es “Berberian Sound Studio”, impecable thriller psicológico de aires clásicos, muy a tono con la tradición italiana del cine de terror. El filme se centra en un ingeniero de sonido británico llamado Gilderoy (el gran Toby Jones) que a inicios de los ´70 llega a un estudio de grabación italiano, dirigido por burócratas cínicos y prepotentes, para realizar el diseño sonoro de una película de horror. La brecha cultural, sumada a la indiferencia y soberbia con que lo tratan el director y su equipo, sumirán a Gilderoy en un progresivo malestar que a medida que progrese en su trabajo se trocará en un misterio impreciso, pues nada es cierto en Berberian Sound… y allí está su mérito. Inteligentemente, Strickland decide evitar las imágenes de la película en cuestión, que casi en su totalidad quedan fuera de campo, para centrarse en la manufactura del sonido con los métodos artesanales de la época (las más diversas frutas y verduras serán rebanadas para imitar heridas), en lo que constituye un homenaje al cine analógico. Hecha de climas y sugerencias, con un tono decididamente lynchiano, lo más interesante del filme es su capacidad para abordar el género sin líneas de lecturas prefijadas, como si Strickland propusiera una deconstrucción abierta del famoso “giallo”. Lo cierto es que el sonido se irá apropiando progresivamente de la narración hasta imbuir a Gilderoy en la propia ficción que realiza, al punto de no poder distinguirla de la realidad. Y si lo que vemos es la mirada de una psiquis escindida, con una trama de suspenso que se irá enrareciendo cada vez más hasta volverse una gran incógnita a develar, al mismo tiempo asistimos a una celebración lúdica que Strickland construye sobre el sonido.

Why don't you play in hell?

Why don’t you play in hell?

Claro que si hablamos de amor incondicional al séptimo arte, nada mejor que “Why don’t you play in hell?”, obra maestra de Sono Sion que constituye un ejemplo de libertad y pertinencia a la hora de abordar los géneros y el cine dentro del cine: irreverente, desprejuiciada y cómica, la película elude toda altanería para hacer del juego lúdico con las referencias su ethos esencial. Profunda y sinceramente cinéfila, la película tiene como protagonistas a un grupo de jóvenes amantes del cine, los “Fuck Bombers”, que ya de adolescentes sueñan con filmar su propia película de acción: muestra ejemplar de montaje paralelo, el director narrará al mismo tiempo el enfrentamiento de dos clanes mafiosos de yakuzas y los conflictos de la hija de uno de sus líderes. Diez años después, casi todo seguirá como entonces: los Fuck Bombers no habrán filmado nada, y los mafiosos seguirán enfrascados en su disputa. Hasta que por gracia de los “dioses del cine”, todos los elementos se crucen y las tramas confluyan en una delirante batalla final que servirá como set para la filmación en vivo de la película de los Bombers, que con acuerdo y colaboración de las partes se arriesgarán a dejar la vida en la escena para poder concretar su sueño. Gozosa y popular como pocas, la película devuelve a la cinefilia a su estado natural de placer infinito.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Published in: on 25 abril, 2014 at 2:04  Dejar un comentario  

Bafici 2014-Nota 4

El último refugio

 

Frágil como el mundo

Frágil como el mundo

El Bafici terminó sin premios importantes para el cine cordobés aunque con un justo palmarés

 

“Terror de amarte en un lugar tan frágil  como el mundo”

(Sophia de Mello Breyner Andresen)

 

El cine y sus asombrosas posibilidades volvieron a ser reivindicados en la 16º edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) gracias a algunos hallazgos de una amplísima programación que incluyó un total de 504 películas (cortometrajes incluidos), en la que la producción argentina brilló como pocas veces en su historia. Hallazgos que no se encontraron tanto en las competencias “Internacional” o de “Vanguardia y Género”, sino en algunos focos paralelos que permitieron descubrir, por ejemplo, a la genial cineasta portuguesa Rita Azevedo Gomes, autora del mejor filme que se haya visto en este encuentro, “Frágil como el mundo” (2001), una conmovedora poesía visual en blanco y negro sobre el amor adolescente (dueña de la cita que encabeza esta nota), o de joyas invaluables como “La 15ta. piedra” (2005), verdadera lección de cine orquestada por el legendario cineasta Manoel de Oliveira en una entrevista a cargo de João Bénard da Costa.

El rostro

El rostro

Como de costumbre, el palmarés final deja por tanto afuera a gran parte de los hallazgos del festival, aunque esta vez no podamos decir que haya sido injusto: en una pobre contienda internacional, se premió a la rigurosa “Fifi Howls From Happiness”, de la iraní Mitra Farahani, mientras que en la “Competencia Argentina”, donde el cine cordobés encontró definitiva consagración pese a no llevarse ningún premio de importancia, se eligió merecidamente a “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillansky, una lúdica mezcla de fantasía, historia y realidad. Sátira inclemente al panorama actual del cine independiente y apuesta radical por la aventura, el filme de Moguillansky y Mariano Llinás (autor de “Historias Extraordinarias”, que oficia como co-guionista, aunque su influencia resulta ineludible) vuelve a ampliar las posibilidades de la autoreferencia en el cine a partir de un relato ficcional en el que los propios autores se embarcarán a una aventura por Misiones en busca de un tesoro, mientras simulan filmar una película para capitales suecos.

A su vez, el cineasta Gustavo Fontán recibió un largamente merecido premio a Mejor Director de la sección por “El Rostro”, excepcional obra poética sobre el tiempo y sus fantasmas en un Río Paraná filmado con notable sensibilidad en súper 8 y 16 milímetros, que además lo confirma como una de las miradas más originales de la Argentina, mientras que el jurado presidido por Ignacio Agüero decidió otorgar una justa mención especial para “Carta a un padre”, del legendario Edgardo Cozarinsky (que también recibió el galardón de la Asociación de Cronistas Cinematográficos Argentinos). Pero más allá de los reconocimientos, lo cierto es que la sección mostró un nivel excepcional, donde el cine cordobés tuvo un fuerte protagonismo con los filmes “Tres D”, de Rosendo Ruiz, “El último verano”, de Leandro Naranjo, “Atlántida”, de Inés María Barrionuevo, y “Ciencias Naturales”, de Matías Lucchesi, el único que obtuvo un premio no oficial de FEISAL.

Fifi Howls From Happiness

Fifi Howls From Happiness

Un panorama exactamente opuesto mostró la “Competencia Internacional”, donde el bajo nivel general de las películas reveló una curaduría muy pobre, que no puede justificarse con meros problemas presupuestarios: el documental “Fifi aúlla de felicidad”, resultó entonces justo ganador. El filme de Mitra Farahani rescata la figura de Bahman Mohasses, uno de los principales representantes del arte iraní prerrevolucionario, que será rastreado por la cineasta hasta una habitación de hotel romano, mientras explora la importancia de su obra. A su vez, la argentina “Mauro”, ópera prima de Hernán Rosselli, recibió un justísimo “Premio Especial del Jurado”, pues seguramente se trató de la revelación nacional del festival: filmada durante tres años con un presupuesto ínfimo, Mauro significa la emergencia de un nuevo paisaje y un sujeto social ausente en las pantallas argentinas, a partir de la vida de un falsificador de billetes del conurbano bonaerense, miembro de una clase media arrojada a la intemperie. Audaz y compleja en su propuesta, con una estética de documental de observación, la película ostenta una voluntad inédita por registrar el presente y sus contradicciones, prácticamente ausente en el cine nacional. Acaso por ello recibió también el premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI).

Por su parte, el jurado de la selección “Internacional” otorgó también sendas menciones especiales para “El futuro” (España), de Luis López Carrasco y “Mary is Happy, Mary is Happy” (Tailandia), de Nawapol Thamrongrattanarit; mientras que el mejor director fue para Daniel Vega y Diego Vega, por “El Mudo” (Perú/México/Francia).

El Gran Premio de la competencia “Vanguardia y Género” recayó a su vez en “Manakamana” (Estados Unidos/Nepal), de Stephanie Spray y Pacho Vélez, mientras que el Mejor Largometraje resultó “It For Others”, de Duncan Campbell (Reino Unido). Por fin, entre los galardones destacados, vale mencionar el premio al mejor Director de Fotografía para el cordobés Fernando Lockett por “Algunas chicas”, de Santiago Palavecino, pues su labor ya se venía destacando hace años en la producción nacional, posicionándolo como uno de los mejores DF de Latinoamérica.

Unas 380 mil personas se acercaron a las diez sedes del festival y tuvieron la posibilidad de acceder a las películas reseñadas o las retrospectivas de Carlos Schlieper o Uri Zohar y charlar con la citada Azevedo Gomes o Frank Henenlotter, destacada figura del terror, que estuvieron presentando sus películas. Lo que sin dudas no es poca cosa, aunque las anteriores ediciones del Bafici hayan sabido ofrecer muchas más posibilidades para refugiar a los amantes del séptimo arte.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 14 abril, 2014 at 2:09  Dejar un comentario  
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Bafici 2014 – nota 3

El amor por la narración

Carta a mi padre

Carta a mi padre

La Competencia Argentina viene mostrando una alta calidad en el Bafici, con películas que hacen de la autoconciencia una forma de aventura narrativa

 

El cine argentino viene siendo el gran protagonista del 16 Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), cuya competencia nacional no deja de crecer en calidad y diversidad a medida que se suceden los tórridos días porteños, justo lo contrario de lo que ocurre en una Competencia Internacional que, por el pobre nivel general que ostentan sus películas, apunta para terminar entre las peores de su historia.

La comparación es sin duda auspiciosa para el cine argentino, por más que la curaduría de las películas extranjeras tenga una evidente responsabilidad (y acaso delate los problemas para traer obras importantes con un presupuesto congelado), y aún sea aventurado hablar de obras maestras: basta repasar películas como “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillansky, “Carta a mi padre”, de Edgardo Cozarinsky, “El rostro”, de Gustavo Fontán, “Réimon”, de Rodrigo Moreno, o “Si je suis perdu, c’est pas grave”, de Santiago Loza, para certificar la diversidad, vitalidad y riesgo que ostenta la producción nacional (por no citar esta vez al cine cordobés, que sigue siendo la gran sorpresa de la sección, y volvió a pisar fuerte con el estreno de “Ciencias Naturales”, de Matías Lucchesi).

El rostro

El rostro

Un panorama que ha mostrado una singular presencia de la autoconciencia fílmica y el goce por la experiencia artística con las películas de Moguillansky y Loza, además de la ya reseñada “Tres D”, de Rosendo Ruiz. Con formas, niveles y búsquedas muy diferentes, todos exponen un amor inusual por el acto de filmar, una alegría compartida por la experiencia narrativa: la metalingüística no funciona aquí como un guiño snob o una tesis academicista, sino como una forma lúdica de apropiarse de los procedimientos y explorar otras formas del relato, desde la más íntima cotidianeidad.

Como la recordada “Historias Extraordinarias”, de Mariano Llinás, en “El escarabajo de oro” Moguillansky expone una elaborada mezcla de fantasía, historia y realidad: sus protagonistas son ellos mismos, embarcados en una extravagante aventura que se referencia en el texto homónimo de Poe y en “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson, “relatada desde el punto de vista de los piratas”, según adelantan en la introducción, que será orquestada como en aquella por una voz en off guía del relato. Ocurre que Moguillansky ha recibido de Suecia el encargo de filmar una película sobre una mítica escritora feminista (en una de las tantas referencias irónicas al cine nacional, un vector de la trama cómica del relato), pero al mismo tiempo el actor Rafael Spregelburd llega con un hallazgo insólito: un tesoro del siglo XVIII escondido en la selva misionera, cerca de Leandro N. Alem.

Hacia allá partirá entonces toda la troupe con la intensión de utilizar el rodaje como una pantalla para buscar el tesoro, aunque Moguillansky tendrá que articular una complicada farsa para engañar a los fondos suecos: sin ningún miedo al ridículo, la trama intercalará diversas capas de fantasía sobre la realidad para mezclar la filmación de la filmación con la aventura, la literatura y la historia política de nuestro país (ya que hay toda una subtrama sobre el pasado del radicalismo y el legado de Alem). El resultado es un filme gozoso y expansivo, que apuesta a abrir las posibilidades del cine desde su interior, entendiéndolo como un arte popular capaz de reinventarse desde la más crasa cotidianeidad –al modo por ejemplo del portugués Miguel Gomes– por más que cierta misantropía de los propios directores contradiga en algunos pocos momentos la propuesta.

Si je suis perdu, c'est pas grave

Si je suis perdu, c’est pas grave

Más experimental, aunque no menos autoconciente, es “Si estoy perdido, no es grave”, la nueva película del cordobés Loza, uno de los directores preferidos del Bafici: filmada en una ciudad francesa indeterminada, la película expondrá el resultado de un workshop sobre actuación dictado por el propio realizador. También una voz en off ordenará el relato, que intercala diferentes pruebas de cámaras de los actores filmados en planos fijos (en blanco y negro) y las consiguientes ficciones que luego protagonizan (en color), la mayoría inscriptas en el espacio público. Claro que, más que sobre los mecanismos del cine, lo que a Loza le interesa explorar aquí es la actuación y sus procedimientos, o quizás cómo el intérprete pone en juego su cuerpo e identidad en su labor performativa, tocando entonces diversos temas como el paso del tiempo, el espacio de la intimidad y la relación con otros.

Sobre el tiempo y la historia es precisamente “Carta a mi padre”, del gran Edgardo Cozarinsky, que rastrea su propia biografía para reconstruir el pasado paterno en Entre Ríos: lo maravilloso del filme es la capacidad del director para unir la intimidad con la historia, el itinerario vital de su padre y su familia descendiente de inmigrantes judíos con los contextos que le dieron sentido y explicación. Con lo que indirectamente “Carta a mi padre” se termina convirtiendo en una película sobre Argentina, sus avatares políticos y la experiencia de los colonos que constituyeron su identidad múltiple y mestiza.

 

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 10 abril, 2014 at 12:59  Dejar un comentario  

Bafici 2014 – Nota II

El cine que nos atraviesa

Atlántida

Atlántida

 

Atlántida y Tres D debutaron con buenas perspectivas en la Competencia Argentina del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires 2014

El Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) viene consiguiendo dar testimonio de la asombrosa diversidad que constituye al cine contemporáneo, pese a cierta uniformidad estética y narrativa que una mirada atenta puede detectar en muchas de las películas que animan las diferentes competencias. El tan temido “estilo internacional” que amenaza con homogeneizar al mercado del cine independiente o de arte en todo el mundo es aquí una realidad, pese a ser el festival más cuidado de la región. Pero se trata de un mal omnipresente que parece ineludible en estos tiempos de cultura globalizada, donde los estilos y las búsquedas tienden a parecerse cada vez más ante la seguridad que brindan ciertos cánones: las excepciones, entonces, se convierten en las joyas a proteger y estimular por cada festival.

Entre ellas, por fortuna, se encuentran las dos películas cordobesas estrenadas hasta el momento en la Competencia Argentina –aunque cuando salga esta nota ya se habrá estrenado también “Si je suis perdu, c’est pas grave”, de Santiago Loza–, lo que les otorga expectativas promisorias: “Atlántida”, de Inés María Barrionuevo, y “Tres D”, de Rosendo Ruiz, han sabido sortear a fuerza de honestidad, riesgo y un gran oficio (tanto técnico como formal) las múltiples tentaciones que acechaban a sus propuestas. La primera, por ser un filme minimalista que narra una pequeña epopeya de autodescubrimiento, muy a tono con ciertas búsquedas del Nuevo Cine Argentino, aunque Barrionuevo logra dotar a su filme de una densidad inédita para aquellos parámetros, gracias a una rigurosidad en la puesta en escena que resulta notable para una debutante. Sus protagonistas son dos hermanas adolescentes inmersas en un tórrido verano de un pueblo del interior cordobés, a fines de la década de los ´80. Quien sostiene la narración es Lucía (Melissa Romero, una verdadera revelación), que se está preparando para ingresar a la facultad pero debe convivir con su exigente hermana menor, la rebelde y algo malcriada Elena (Florencia Decall, que vuelve a confirmar sus condiciones), que se encuentra confinada a un reposo obligatorio a causa de la quebradura de uno de sus pies.

tresD

Tres D

La monotonía de la siesta es sobrellevada por la visita de las amigas de Elena y los relatos de sus primeros escarceos amorosos, mientras Lucía lleva una vida mucho más solitaria y reservada, aunque ciertos gestos y fastidios denotan la existencia de un conflicto hondo que se desarrolla en su interior. Allí estará el centro del filme, que logrará ir desplegando con sutileza y precisión los sentidos de esta angustia sin ponerla nunca en palabras, construyéndola pacientemente desde los detalles en base a planos cerrados sobre los cuerpos, que son construidos como una incógnita a develar. Una escapada al campo de Lucía con una amiga de Elena, Ana (Sol Zavala), servirá para manifestar los deseos ocultos, así como una visita de un joven médico (Guillermo Pfening) a la hermana menor, que también está atravesando por sus propios despertares. Significativamente, esa salida al exterior permitirá emerger una tercera trama dramática de connotaciones políticas, relacionada a un niño obrero y la relación con la hija de su patrón: si bien aquí el filme pierde un poco de su sutileza meridiana, también permite introducir otras dimensiones al relato. Porque “Atlántida” es finalmente la revisión de una época histórica –construida obsesivamente a través de los objetos y los decorados, en una mirada no exenta de nostalgia–, y de una comunidad precisa, que será representada en las diversas formas de su funcionamiento colectivo.

Fruto y testimonio amoroso de una comunidad y sus prácticas es, a la vez, “Tres D”, del ya prolífico Ruiz (“De Caravana”), una película que consigue el raro prodigio de hacer del cine dentro del cine una experiencia natural y gozosa, desprovista de toda pose o visos de solemnidad. Filmada enteramente en el Festival de Cine Independiente de Cosquín el año pasado, “Tres D” consigue que ficción y realidad se vuelvan una mezcla lúdica e indiscernible, resultado de una infrecuente complicidad colectiva que permite inscribir la fantasía y el juego en la realidad de los propios protagonistas del encuentro, sean directores, organizadores, críticos o cinéfilos. El eje del relato es Mato (Matías Ludueña), un joven director que llega a Cosquín para filmar un documental del encuentro: a poco de andar se cruzará con Mica (Micaela Ritacco, otra revelación), una amiga vivaz y cinéfila que sin dudar se sumará a la aventura de entrevistar a los directores invitados. La trama de encuentros y desencuentros románticos protagonizados por Mato, que es un seductor empedernido, se cruzará con ése trabajo documental que busca captar el funcionamiento del encuentro en sus más diversos detalles, de suerte que todos los protagonistas terminarán inmersos en la misma, encantadora, farsa: sean directores como Gustavo Fontán, José Celestino Campusano, Nicolás Prividera o Germán Scelso, críticos como Alejandro Cozza (coguionista y realizador del filme) y Fernando Pujato, o simples personajes del lugar como un director aficionado o un coleccionista de proyectores analógicos, todos se terminarán retroalimentando a sí mismos en un círculo virtuoso y simbiótico entre realidad y ficción.

El resultado será un filme libre y expansivo como pocos, capaz de apropiarse del cine para restituir su dimensión social y comunitaria en un juego donde tanto la profunda reflexión sobre la naturaleza de este arte como la más radical fantasía pueden tener lugar, siempre abordados con un desparpajo, seriedad y naturalidad encomiables, resultado sin dudas de un mismo amor compartido por protagonistas y hacedores. El cine, al fin, como ese arte que nos atraviesa y constituye desde nuestra más básica cotidianeidad.

 

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Bafici 2014 (1)

El lugar de la pasión

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The Congress

 

La 16va edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires comenzó con un programa amplio y diverso, que busca asegurar la felicidad cinéfila

 

La mayor cita cinéfila de Latinoamérica  abrió ayer sus puertas con un programa múltiple y ambicioso que reúne a más de 400 películas de todas las latitudes, géneros y estéticas, una invitación irresistible a sondear las imágenes contemporáneas de nuestro mundo. Ocurre que el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) está a punto de llegar a la mayoría de edad: si fuera un ciudadano argentino, ya estaría entrado a un nuevo estadio jurídico (pues adquiriría derecho al voto y comenzaría a ser responsable penalmente). Su 16va edición representa entonces un verdadero desafío para la gestión de Marcelo Panozzo –se trata además de su segunda edición al frente del festival, tras una excelente experiencia en 2013 difícil de superar– a pesar de que el encuentro esté ya maduro y muy consolidado, con un público fiel de todo el país que volverá a copar las salas, y un programa amplio que lo revitaliza: la respuesta de sus responsables vuelve a ser el eclectismo, la calidad y el riesgo, con la firme voluntad de rastrear aquellas expresiones nuevas o desconocidas de un arte en perpetuo movimiento y cambio.

Porque los tiempos que corren tampoco son compasivos con los festivales de cine, que deben enfrentar la creciente privatización de las experiencias de vida de sus espectadores. ¿Cuál es la utilidad del Bafici en un mundo donde eventualmente todo se consigue a través de la red virtual? Ante una cinefilia que hoy crece y se desarrolla en el mundo de la computadora hogareña, la importancia de un festival como Bafici se agiganta: no sólo por su dimensión pedagógica (a través de la selección, organización y jerarquización de la monumental producción cinematográfica contemporánea) sino también por su dimensión social. Todo festival es una experiencia compartida, un encuentro entre extraños igualados por una misma pasión, que restituye al cine su condición de acontecimiento social y popular, como un espacio amplio de reconocimiento.

Why don't you play in hell?, de Sono Sion

Why don’t you play in hell?, de Sono Sion

Puestas así las cosas, el Bafici se convierte entonces una guía invalorable –aunque inabarcable– para conocer lo que se está produciendo y discutiendo en el mundo, sobre todo en sus periferias: si todo se consigue por Internet, el problema pasa a ser qué buscar en semejante marasmo (donde la hegemonía estadounidense vuelve a imponerse, lo que destruye el mito del mundo virtual como paraíso democrático), dilema que la línea editorial desplegada por el programa ayuda a solucionar. El Bafici 2014 ofrecerá, en consecuencia, la posibilidad no sólo de acceder a los últimos trabajos de cineastas de culto como Jean-Marie Straub, Jim Jarmusch, Kelly Reichardt, Tsai Ming-liang, Hong Sang-soo, Miguel Gomes, Raya Martin, Corneliu Porumboiu, Sono Sion, Júlio Bressane, Miike Takashi o Claude Lanzmann, entre muchos otros,  sino también de atisbar las grandes promesas emergentes en el mundo, con una importantísima presencia de la producción nacional y regional. Ya la función de apertura con “The Congress”, del israelí Ari Folman (“Vals con Bashir”), marca una apuesta significativa por el riesgo y la novedad, pues la película es una ambiciosa puesta multiformal sobre los dilemas del mundo digital: ambientada en un futuro cercano, se enfoca en la historia de la actriz Robin Wright (en versión real y animada), una estrella de Hollywood que firmará un contrato para ser “digitalizada” pero que también le implica perder su identidad. “En verdad es el mundo el que renuncia a ser un lugar real, el que disuelve cualquier singularidad y deja el futuro en manos de un técnico de efectos especiales”, argumenta el propio Panozzo.

Israel será, precisamente, el país homenajeado en esta edición, como el año pasado fue Chile: numerosas películas de ésa nación se desplegarán en consecuencia en las diferentes secciones del festival, aunque los anticipos indican que habrá una retrospectiva imperdible al realizador Uri Zohar, una especie de leyenda  del cine israelí que dejó de filmar a fines de los años ’70 para convertirse en un rabino ortodoxo. También de allí vendrá la que Quentin Tarantino calificó como “mejor película de 2013” –tal su estrategia publicitaria–, “Big Bad Wolves”, de Navot Papushado y Aharon Keshles, un thriller en tren de “explotation”, así como también el “primer film israelí de zombis”, titulado “Carne de cañón”, de Eitan Gafny, entre otras curiosidades.

El último verano, de Leandro Naranjo

El último verano, de Leandro Naranjo

Claro que muchas miradas se fijarán en las secciones competitivas, divididas en Internacional (con 18 filmes de distintos países), Argentina (15 títulos), Vanguardia y Género (27), y Cortos y Derechos Humanos. La primera incluye filmes de Birmania, Brasil, Canadá, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Perú, Reino Unido y Tailandia, además de tres películas argentinas: “Algunas chicas”, de Santiago Palavecino; “La Salada”, de Juan Martín Hsu; y “Mauro”, de Hernán Roselli, jóvenes todos que en la prensa han confesado haberse educado en el propio Bafici. El jurado será presidido nada menos que por Quintín, reconocido crítico fundador de El Amante y ex director del propio festival, junto al crítico y cineasta Serge Bozon, el cineasta Nadav Lapid (“Policeman”) y la directora del festival de Rio de Janeiro, Ilda Santiago, lo que garantiza una mirada razonada y abierta. La competencia Argentina será donde Córdoba se hará sentir con fuerza  con cuatro largometrajes que prometen (“Tres D”, de Rosendo Ruiz, “Atlántida”, de Inés Barrionuevo, “Ciencias Naturales” de Matías Luchéis, y “El último verano”, de Leandro Naranjo) más la última película del gran Santiago Loza (el filme-ensayo “Si je suis perdu, cést pas grave”), cordobés educado en la UNC pero desarrollado enteramente en Buenos Aires, como aquella camada precursora de fines la década del ´80, cuando Córdoba era un páramo desértico y expulsivo. Todos deberán competir con sus pares nacionales, entre los que se encuentran leyendas como el veterano Edgardo Cozarinsky, que estrenará “Carta a un padre”, o nombres más jóvenes pero consagrados como Gustavo Fontán (“El rostro”), Rodrigo Moreno (“Réimon”) o Alejo Moguillansky (“El escarabajo de oro”), además de las promesas por descubrir. El jurado estará presidido por el mítico Ignacio Agüero (Chile), uno de los mejores documentalistas latinoamericanos, cuya obra mixtura el compromiso político con la reflexión y la experimentación.

Pero si de competencias hablamos, aquí volverá a brillar la voluminosa Vanguardia y Género, audaz incorporación de Panozzo en 2013 que unió en la misma sección dos vertientes generalmente pensadas como antitéticas: el cine de género y el cine experimental. Aquí estarán algunas de las joyas más prometedoras del encuentro, como “La última película”, colaboración del filipino Raya Martin con el crítico canadiense Mark Peranson (editor de Cinema Scope); “La Isla”, de la chilena Dominga Sotomayor (“De jueves a domingos”) y la polaca Katarzyna Klimkiewicz, “Costa da morte”, del español Lois Patiño, “Journey to the West”, del taiwanés Tsai Ming-liang, o la curiosa “The Joycean Society”, de la española Dora García, filme sobre un grupo de estudiosos obsesivos de la obra de James Joyce “Finnegan’s Wake”, entre muchas otras posibilidades.

El retrato, de Carlos Schlieper

El retrato, de Carlos Schlieper

Habrá por supuesto también diversos focos y secciones, como las retrospectivas del argentino Carlos Schlieper (calificado como el Ernst Lubitsch nacional) con nueve de sus comedias, del norteamericano Frank Henenlotter (especialista en terror, director de “Brain Damage” o la delirante “Frankenhooker” –traducción: “Franken-prostituta” –), de su compatriota experimental Robert Fenz, o del brasileño Cao Guimarães, entre otros. La tradicional sección “Panorama”, donde se presentarán otras tres películas cordobesas (“Escuela de sordos”, de Ada Frontini, “La laguna” de Gastón Bottaro y Luciano Juncos, y el estreno de “El tercero”, de Rodrigo Guerrero), reclama un artículo para sí sola por la cantidad de consagrados y hallazgos que ofrece –de hecho, se la puede considerar la sección nodular del festival–, mientras que el “Baficito” dedicado a los niños incluirá una imprescindible retrospectiva de los estudios UPA (responsable de “Mr. Magoo”), el apartado  de “Música” ofrecerá películas sobre el pianista Michel Petrucciani (de Michael Radford) o el bandoneonista Aníbal Troilo (“Pichuco”, de Martín Turnes) o curiosidades como “Conexión Sur”, de Dolores Lagrange, filme sobre la música electrónica porteña; mientras que el mundial de fútbol será un disparador para revistar la relación del cine con el deporte en “Sportivo Bafici”, que reúne piezas de colección como “Fat City”, de John Huston, “El crack”, José Martínez Suárez, “The Jericho Mile”, de Michael Mann, o clásicos modernos como “Boxing Gym”, del gran Frederick Wiseman, y “Lenny Cooke”, de Josh Safdie y Benny Safdie, que desmenuza el mundo del deporte actual, además de una retrospectiva de Jørgen Leth, director que exploró obsesivamente el deporte.

De obsesiones y pasiones vive el cine, que por unos días encontrará su exacta dimensión en los escenarios del Village Recoleta y Village Caballito (entre otras sedes más amistosas, que incluyen el Centro Cultural San Martín y el Malba), cuya frialdad quedará eclipsada momentáneamente por el amor compartido.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Published in: on 3 abril, 2014 at 22:39  Dejar un comentario