La grande belleza – Nebraska

Imágenes del naufragio

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El cine ofrece al espectador un acceso privilegiado al espacio público, algo que quizás explique (en parte) su potencia seductora y su capacidad para configurar los imaginarios simbólicos de las sociedades contemporáneas: aún en culturas de profunda despolitización e individualismo, la “res publica” sigue siendo el espejo donde los ciudadanos se miden a sí mismos y a los otros, donde configuran sus identidades. Dos de las mejores películas que seguramente protagonizarán ese himno al cinismo y la fatuidad que son los Oscar sirven para pensar el modo en que las imágenes pueden hablarnos de nuestro presente, a pesar de la oposición radical de los paisajes que atrapan en sus planos: “La grande belleza”, de Paolo Sorrentino, y “Nebraska”, de Alexander Payne, probablemente no compartan más que su misma pertenencia a un arte que ha modificado radicalmente nuestro modo de mirar y entender el entorno, aunque quizás también abordan un malestar semejante, una misma perplejidad ante el paso del tiempo y la trivialidad de ciertas formas de existencia.

Favorita en la categoría de habla no inglesa, “La grande belleza” es, qué duda cabe ya, una lúdica (y pertinente) reelaboración de “La dolce vita” de Federico Fellini, bien que bajo el sello avasallador de Sorrentino, ese esteta moderno que ha logrado hacer del exceso un modo de distinción, capaz de reinterpretar la era dorada del cine italiano. Su sexta película actualiza una larga tradición de abordajes de la aristocracia italiana, esta vez en la Roma heredera de Silvio Berlusconi: bajo la mirada de su protagonista y alter ego, un famoso escritor y crítico cultural llamado Jep Gambardella (el gran Toni Servillo), Sorrentino ofrece un retrato despiadado de las clases acomodadas de su país, específicamente aquellas ligadas al arte, la religión y la cultura. Los primeros, impactantes, planos bastan para ensayar una síntesis. A los movedizos travellings en todas direcciones por la famosa colina Janículo, que finalizarán con el desvanecimiento de un turista provocado por la belleza de la ciudad que se despliega a sus pies, le seguirá una extensa secuencia de paneos en una fiesta de la alta sociedad romana, animada con temas remixados de Raffaella Carrà: el cuidadísimo montaje enfatizará la decadencia de la situación, su carácter absurdo y hasta grotesco. Pero en medio de una coreografía masiva, aparecerá Jep para tomar la voz y narrar su epopeya: estamos en su 65 cumpleaños y la fauna que lo rodea es su propio hábitat de vida. La historia y su devenir contemporáneo habrán quedaro sintetizados en esos 20 minutos.

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Destinado inicialmente “a la sensibilidad”, como él informa, Gambardella escribió una novela célebre en su juventud, titulada “El aparato humano”, pero 40 años después se ha convertido en un bon vivant de la alta sociedad romana, un periodista famoso que resulta infaltable en toda fiesta o evento cultural de la aristocracia, que sin embargo no ha escrito nada más de verdadero valor. Cansado de la “vorágine de la mundanidad” que ofrece Roma, el protagonista comenzará a vivir una suerte de crisis o desencanto existencial que se traducirá en una mirada inclemente sobre su entorno: a ése viaje nos invitará Sorrentino, que hará desfilar ante nuestros ojos una serie asombrosa de freaks, snobs, performance ridículos, princesas frívolas, dirigentes corruptos y hasta altos dignatarios de la Iglesia en medio de fiestas, eventos artísticos y escenarios fastuosos, por momentos surrealistas y oníricos. Un embriagante “tour de force” propio del virtuosismo formal del director, que ofrecerá una experiencia física, colorida y material de ese apocalipsis moderno que parece haber hundido toda posibilidad de belleza en la llamada “ciudad eterna”. Poco a poco, el cinismo de Gambardella irá cediendo al examen retrospectivo, pero ni él ni la película podrán articular un relato coherente, con un sentido preciso: es como si el cambalache que expresan desafiara toda lógica posible y sólo fuera aprehensible mediante ese estallido visual donde todo se mezcla con todo, y cuyas luces apenas pueden disimular la certidumbre del vacío.

Muy diferentes son los paisajes que muestra Nebraska, especie de oda despojada a los olvidados de Estados Unidos, representados por un protagonista, el viejo Woody Grant (Bruce Dern, glorioso), que inevitablemente será desahuciado por el “sueño americano”: el hombre ha recibido una carta que lo anuncia como ganador de un premio de un millón de dólares y, aunque todos saben que se trata de una estafa publicitaria, él se lo cree. Como lo mostrarán los primeros planos, el tozudo Woody está decidido a viajar a Lincoln, Nebraska (a 1.200 kilómetros de su pueblo), aunque sea a pié para cobrar su premio, a pesar de la férrea resistencia de su familia, que ve en su resolución signos de un incipiente Alzheimer. Su hijo menor, David (Will Forte), finalmente accederá a llevarlo en auto, y la película se transformará entonces en una road movie de autodescubrimiento, aunque bien alejada de la sensiblería que suele dominar a los productos de este género (y sobre todo con estos protagonistas): Alexander Payne tiene el oficio suficiente para transformar Nebraska en una lúcida radiografía de la América profunda, una sociedad detenida en el tiempo y abandonada por el Estado ante una crisis económica paralizante. Por eso resulta tan pertinente el delicado blanco y negro con que está filmada la película, dominado por los tonos grises y claros, con planos abiertos que se preocupan por captar el entorno y los paisajes desérticos a pesar de su belleza, acaso los protagonistas secretos del filme.

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Lo cierto es que en su camino, Woody y David terminarán parando en Hawthorne, pueblo original del octogenario, donde sus habitantes parecen vivir en otro siglo, en estado de perpetua alienación: basta ver el reencuentro del protagonista con sus hermanos, sentados todos en silencio frente a la TV, para percibir el vacío que los aqueja. Sensación que aumentará cuando la noticia del premio que ganó Woody comience a diseminarse como virus por el pueblo y empiecen a aflorar entonces las esperables miserias humanas, pues el dinero parece ser el único valor rector de la sociedad. Pero si el trazo puede parecer grueso, no hay un gramo de desprecio ni cinismo en la propuesta de Payne (a excepción quizás con dos hermanos que paren ser una figura conceptual para aclarar ideas), como tampoco ninguna bajada de línea: el director mantiene su proverbial contención para dotar al filme de un humanismo inusual, capaz de superar toda mezquindad o manipulación. Como en su protagonista, la dignidad está, al fin, en su capacidad de enfrentar con franqueza al mundo.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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