El misterio de la felicidad

Oda al hombre común

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El crítico Leonardo M. D’Espósito escribió, en el reciente número de El Amante Cine –la legendaria revista argentina hoy confinada a una existencia virtual– un diagnóstico seguramente desafiante para muchos amantes del séptimo arte, que atribuyó al cineasta Daniel Burman: “El cine es un arte burgués”. La sentencia, sin dudas certera para la mayoría de las películas que cada semana se estrenan en el circuito de exhibición de las grandes salas –por cierto, un universo vedado para cualquier representante de las clases populares–, resulta interesante para pensar el modo en que cada sociedad se representa en sonidos e imágenes: efectivamente, la mayoría del cine comercial reproduce un imaginario social destinado exclusivamente a lograr la identificación del consumidor de  clase media-alta, por lo que privilegia ciertas categorías sociales e ideológicas que representan a ese estrato social, marginando por tanto a otras que quedan fuera de todas las pantallas (pues el fenómeno se extiende a los otros medios de comunicación, sobre todo la TV).

El cine se convierte entonces en un espacio simbólico destinado a legitimar el statu quo, a ofrecer certezas que sellen todo nuevo interrogante, a pulir cualquier germen de diferencia que pueda surgir del contacto con la otredad: un mecanismo de control y estandarización social. Pero una mirada atenta puede descubrir, aún allí, signos de su tiempo histórico y de la cultura específica a la que pertenece: “El misterio de la felicidad”, la nueva película de Burman, es un ejemplo. Volcado decididamente ya hacia el “mainstream” nacional, Burman aborda nuevamente aquí la odisea del hombre corriente de los grandes centros urbanos contemporáneos, representado por el ícono televisivo más popular de todos: Guillermo Francella. El actor compone a Santiago, un comerciante soltero bastante exitoso que lleva adelante un negocio de venta de electrodomésticos junto a su mejor amigo y compadre de toda la vida, Eugenio (Fabián Arenillas), especie de alter ego “cronembergiano”, si no fuera porque Burman le quita toda arista inquietante a su relación (salvo cierto homoerotismo que apenas se anima a insinuarse): la secuencia inicial de la película explorará las vidas simétricas de ambos, que tienen el mismo auto –un buen plano en picado mostrará que hasta manejan a la misma velocidad–,  los mismos gustos, hobbies, manías y hasta gestos precisos.

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Una excelente oferta de compra del negocio servirá para certificar la propuesta de la película: se trata de la vida ideal, al menos para su protagonista, que cree cumplidos sus sueños con ése comercio que alcanza para que ambos vivan bien y puedan disfrutar de sus ratos de ocio (sea jugando al paddle o apostando a los caballos). Una vida ideal, agregaría el autor de esta nota, que refleja los tiempos que vivimos en Argentina, a una distancia importante del 2001, como sugiere la comparación con “El abrazo partido” (2003), la mejor película de Burman. Pero la normalidad que informa la vida de Santiago se romperá abruptamente cuando una mañana su socio no se presente a trabajar: el hombre habrá desaparecido sin previo aviso, y su lugar terminará siendo ocupado por Laura (Inés Estévez), la esposa conflictuada de Eugenio, que atraviesa una crisis existencial desatada por su abandono.  El conflicto pasará entonces a centrarse en el proceso de readecuación de ambos personajes a su nueva realidad, a partir de la búsqueda conjunta de Eugenio y la convivencia obligada en el trabajo. De fondo se desarrollará una subtrama de redescubrimiento interno que, por supuesto, no excluye (pero tampoco enfatiza) la posibilidad del amor.

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Si hay alguna particularidad en la película de Burman, más allá de su probada eficiencia formal (es notable, por ejemplo, la simetría de los planos en la primera media hora, lo que traduce la experiencia de vida de sus protagonistas), es su tono decididamente monocorde: casi no hay picos emotivos en sus 92 minutos, e incluso al promediar la película su desarrollo dramático termina estancándose en la perorata sobre los “sueños” de cada personaje, cuando las novedades humorísticas desatadas por la incursión de Laura en la vida íntima de la otra pareja formada por Santiago y Eugenio se hayan agotado. Incluso la irrupción de algún personaje secundario, como ese investigador/vidente compuesto por Alejandro Awada, no hará más que restar a una trama ya de por sí desprolija, que comenzará a volverse cada vez más explícita ante la necesidad de cerrar sus conflictos (incluso en su discurso político, que quedará reflejado en la visita que haga el protagonista a la casa de un empleado de menor status social). Pero, con todo, ésa medianía narrativa es coherente con el legítimo objetivo que persigue Burman, que no es otro que el de reivindicar las aspiraciones del hombre común representado por Francella, que por extensión es el personaje central de su cine: a diferencia del Walter Mitty de Ben Stiller –la otra película en cartelera sobre el hombre corriente– que necesita protagonizar eventos extraordinarios para encontrarse a sí mismo, Santiago puede darse por satisfecho con hallar una explicación para seguir con su pequeña vida, que no necesita de grandes epopeyas para encontrar la felicidad.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2014

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