Escándalo americano

El mundo de las apariencias

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Cada inicio de año, la Academia de Hollywood establece una agenda –política, además de estética– a través de las películas que privilegia para los premios Oscar, por lo que no es raro encontrar similitudes entre las principales ternas: 2014 parece ser el año de los estafadores, o cómo la industria se decide a revisar, finalmente, las bases mismas del sistema económico norteamericano. Una opción sorprendente fue “El lobo de Wall Street”, celebrado regreso a las cámaras de Martin Scorsese, donde el autor desplegó un retrato tan desaforado y salvaje como preciso sobre el capitalismo financiero nacido en la década de los ´90. Y ahora llegó la que parece ser, con diez nominaciones (junto a “Gravedad”, de Alfonso Cuarón), la gran candidata: “Escándalo americano”, de David O. Russell; filme no menos excesivo que aquél, capaz de revisar también a su modo una época histórica (fines de los ´70 e inicios de los ´80) aunque lo haga desde un costado lúdico en vez de comprometido, muy coherente con los preceptos del Hollywood actual.

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“Algo de esto realmente pasó”, reza la inscripción que abre el filme, una aclaración humorística que sin embargo sintetiza el espíritu de la película: las búsquedas de Russell no pueden estar más lejos del realismo histórico o el ensayo político, aunque su propuesta no deja de orquestar una visión interesante de los Estados Unidos, sin dudas más humana y popular que la de su compadre Scorsese. Especie de farsa sutilmente libertaria a partir de la apropiación singular que realiza de los géneros, “Escándalo americano” es sin embargo un filme desparejo, tan inestable como sus protagonistas, que encuentra su mejor vertiente en cierta ambigüedad que la atraviesa de punta a punta. Una indeterminación que es también la propia sustancia de su narración, pues estamos ante otro relato sobre las apariencias y el engaño como forma de supervivencia: ya lo anticipa la escena de apertura, donde Irving Rosenfeld (un Christian Bale que nuevamente transformó su cuerpo para el papel), intenta orquestar un complicado peinado para tapar la abrumadora calvicie de su cabeza. Pero se trata más de una puesta en escena que de un complejo estético, como nos enteraremos pronto, pues Irving es un estafador de poca monta que se encuentra ante uno de los desafíos de su vida: engañar a un grupo de políticos corruptos para una investigación del FBI.

Filme auténticamente coral, Irving asumirá la voz del relato para volver en el tiempo y narrar en “off” su infancia pobre y su presente exitoso como empresario textil, aunque su mayor ingreso provenga de la venta de obras de arte falsas y estafas como prestamista de gente desesperada. Pronto conoceremos a Sidney, alias Edith (Amy Adams en otra gran performance, más sexy que nunca), una mujer en busca de éxito a toda costa que se convertirá en su amante y asumirá alternativamente la voz del relato. Casado con una joven desequilibrada y manipuladora (Jennifer Lawrence, también muy bien), de cuyo hijo se ha hecho cargo, Irving no dudará en establecer una férrea asociación amorosa y empresaria con Sidney, que se sumará entusiastamente a sus estafas al por mayor. Todo será color de rozas hasta que aparezca el agente del FBI Richard DiMaso (Bradley Cooper, desatado en exceso), tercer vértice del relato, que los obligará a participar de un plan destinado a atrapar “peces gordos”, usándolos como carnada para tender trampas a estafadores más importantes, aunque la cosa se comenzará a desmadrar cuando sus propias ambiciones los lleven a apuntar al poder político y a la mafia del juego y los casinos.

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Más allá de la trama policial, cuya aparente complejidad no es tal, resulta muy significativa la ausencia de toda mirada moral por parte de Russell, cuyo proverbial amor por los personajes vuelve aquí a estar presente: su universo es, como dirá alguna vez Irving, irremediablemente gris, donde los estereotipos sobre el bien y el mal son trastocados hasta volverlos impracticables. Basta reparar en el político compuesto por Jeremy Renner, probablemente el personaje más noble, capaz de exhibir una auténtica preocupación por su comunidad a pesar de que caiga en la trama de la corrupción para lograr sus objetivos, que no son otros que reconstruir Atlantic City –aunque sea a través de la industria del juego–. Los personajes son todos hijos de las clases desplazadas, arrojados sin protección a un mundo donde el engaño es una forma de supervivencia, y el dinero se equipara al amor. A semejante trastrocamiento de los estereotipos, Russell le sumará una distorsión análoga de los códigos genéricos a partir de una apuesta decidida por el absurdo que en sus mejores momentos resulta liberadora: sus típicos diálogos o situaciones disparatadas irrumpen en medio de las secuencias de tensión, con lo que el filme va construyendo una zona de indeterminación que no puede sostener del todo a medida que crece la envergadura de los acontecimientos.

La puesta en escena le corresponde con un desborde estético que acumula signos y referencias de época en todos los rubros artísticos (sean los vestuarios y peinados exagerados, los escenarios fastuosos o la música omnipresente, con un verdadero seleccionado de canciones de la década), que llega a embriagar en la puesta de cámara, con planos movedizos y flotantes que van basculando entre los cuerpos y los gestos de los actores, imprimiéndole un ritmo que, como todo el filme, termina componiendo un cambalache que en su irregularidad encuentra también un indiscutible encanto.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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El misterio de la felicidad

Oda al hombre común

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El crítico Leonardo M. D’Espósito escribió, en el reciente número de El Amante Cine –la legendaria revista argentina hoy confinada a una existencia virtual– un diagnóstico seguramente desafiante para muchos amantes del séptimo arte, que atribuyó al cineasta Daniel Burman: “El cine es un arte burgués”. La sentencia, sin dudas certera para la mayoría de las películas que cada semana se estrenan en el circuito de exhibición de las grandes salas –por cierto, un universo vedado para cualquier representante de las clases populares–, resulta interesante para pensar el modo en que cada sociedad se representa en sonidos e imágenes: efectivamente, la mayoría del cine comercial reproduce un imaginario social destinado exclusivamente a lograr la identificación del consumidor de  clase media-alta, por lo que privilegia ciertas categorías sociales e ideológicas que representan a ese estrato social, marginando por tanto a otras que quedan fuera de todas las pantallas (pues el fenómeno se extiende a los otros medios de comunicación, sobre todo la TV).

El cine se convierte entonces en un espacio simbólico destinado a legitimar el statu quo, a ofrecer certezas que sellen todo nuevo interrogante, a pulir cualquier germen de diferencia que pueda surgir del contacto con la otredad: un mecanismo de control y estandarización social. Pero una mirada atenta puede descubrir, aún allí, signos de su tiempo histórico y de la cultura específica a la que pertenece: “El misterio de la felicidad”, la nueva película de Burman, es un ejemplo. Volcado decididamente ya hacia el “mainstream” nacional, Burman aborda nuevamente aquí la odisea del hombre corriente de los grandes centros urbanos contemporáneos, representado por el ícono televisivo más popular de todos: Guillermo Francella. El actor compone a Santiago, un comerciante soltero bastante exitoso que lleva adelante un negocio de venta de electrodomésticos junto a su mejor amigo y compadre de toda la vida, Eugenio (Fabián Arenillas), especie de alter ego “cronembergiano”, si no fuera porque Burman le quita toda arista inquietante a su relación (salvo cierto homoerotismo que apenas se anima a insinuarse): la secuencia inicial de la película explorará las vidas simétricas de ambos, que tienen el mismo auto –un buen plano en picado mostrará que hasta manejan a la misma velocidad–,  los mismos gustos, hobbies, manías y hasta gestos precisos.

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Una excelente oferta de compra del negocio servirá para certificar la propuesta de la película: se trata de la vida ideal, al menos para su protagonista, que cree cumplidos sus sueños con ése comercio que alcanza para que ambos vivan bien y puedan disfrutar de sus ratos de ocio (sea jugando al paddle o apostando a los caballos). Una vida ideal, agregaría el autor de esta nota, que refleja los tiempos que vivimos en Argentina, a una distancia importante del 2001, como sugiere la comparación con “El abrazo partido” (2003), la mejor película de Burman. Pero la normalidad que informa la vida de Santiago se romperá abruptamente cuando una mañana su socio no se presente a trabajar: el hombre habrá desaparecido sin previo aviso, y su lugar terminará siendo ocupado por Laura (Inés Estévez), la esposa conflictuada de Eugenio, que atraviesa una crisis existencial desatada por su abandono.  El conflicto pasará entonces a centrarse en el proceso de readecuación de ambos personajes a su nueva realidad, a partir de la búsqueda conjunta de Eugenio y la convivencia obligada en el trabajo. De fondo se desarrollará una subtrama de redescubrimiento interno que, por supuesto, no excluye (pero tampoco enfatiza) la posibilidad del amor.

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Si hay alguna particularidad en la película de Burman, más allá de su probada eficiencia formal (es notable, por ejemplo, la simetría de los planos en la primera media hora, lo que traduce la experiencia de vida de sus protagonistas), es su tono decididamente monocorde: casi no hay picos emotivos en sus 92 minutos, e incluso al promediar la película su desarrollo dramático termina estancándose en la perorata sobre los “sueños” de cada personaje, cuando las novedades humorísticas desatadas por la incursión de Laura en la vida íntima de la otra pareja formada por Santiago y Eugenio se hayan agotado. Incluso la irrupción de algún personaje secundario, como ese investigador/vidente compuesto por Alejandro Awada, no hará más que restar a una trama ya de por sí desprolija, que comenzará a volverse cada vez más explícita ante la necesidad de cerrar sus conflictos (incluso en su discurso político, que quedará reflejado en la visita que haga el protagonista a la casa de un empleado de menor status social). Pero, con todo, ésa medianía narrativa es coherente con el legítimo objetivo que persigue Burman, que no es otro que el de reivindicar las aspiraciones del hombre común representado por Francella, que por extensión es el personaje central de su cine: a diferencia del Walter Mitty de Ben Stiller –la otra película en cartelera sobre el hombre corriente– que necesita protagonizar eventos extraordinarios para encontrarse a sí mismo, Santiago puede darse por satisfecho con hallar una explicación para seguir con su pequeña vida, que no necesita de grandes epopeyas para encontrar la felicidad.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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En el futuro – Accidentes gloriosos

El cine del asombro

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Accidentes gloriosos

 

Hace tiempo ya que el consumo de cine se ha independizado de la tradicional sala oscura, lo que parece augurar un nuevo tiempo en el que, esta vez sí, la experiencia comunitaria de ver una película haya sido definitivamente abolida por la visión individual desde la red infinita. Lo comprobó una vez más el crítico Luciano Monteagudo en su muy recomendable balance de 2013 publicado el último 31 de diciembre en Página/12, donde, hermosamente, escribió: “Es como si más de un siglo después de sus primeras batallas, los hermanos Lumière, inventores no sólo del aparato cinematográfico sino también del acto social que conlleva ver una película en una sala, hubieran finalmente perdido la partida frente al viejo y taimado Thomas Alva Edison, que con su primitivo Kinetoscopio (pensado para un único espectador que debía asomar sus ojos por una ranura) ya parecía profetizar que las imágenes en movimiento finalmente iban a ser consumidas de manera individual antes que colectiva” (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-30949-2013-12-31.html). El futuro del cine es una incógnita amenazante, aunque la masificación de Internet ha permitido también sortear los males causados por la hegemonía norteamericana en la distribución organizada por los grandes complejos (cuya anomia se evidencia en estas épocas tórridas en que el valiosísimo circuito de exhibición independiente de la ciudad está de vacaciones): la cinefilia puede resistir en sus mares, donde casi todo puede ser hallado.

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En el futuro

 

Quien subscribe estas líneas tomará entonces la posta dejada por algún colega cordobés (http://vos.lavoz.com.ar/cine/clasicos-para-ver-en-la-web) para dedicar su columna a uno de los tesoros que pueden encontrarse en la red: las últimas dos películas del argentino Mauro Andrizzi, estrenadas como un díptico el año pasado por el  Cineclub Municipal Hugo del Carril. “En el futuro” (2010) y “Accidentes gloriosos” (2011) –que pueden verse en sitios legales como http://www.elcairocinepublico.gob.ar, tal vez en http://www.cinemargentino.com– son dos experiencias radicalmente novedosas en este arte centenario, no sólo en términos estéticos sino también narrativos, que encuentra escasos parangones en el cine contemporáneo del mundo –tal vez, en parte, el canadiense Guy Maddin–.  Ocurre que la singularidad de ambas películas viene dada por las propias búsquedas de Andrizzi, que en sus obras mixtura tradiciones literarias clásicas con el primer clasicismo del cine, el de su época silente, pero en una apropiación eminentemente moderna pues rompe con los principios básicos de unicidad, transparencia e invisibilidad de los procedimientos en la puesta en escena. Sus películas son fragmentarias, inciertas o directamente opacas, abiertas al asombro permanente y dedicadas a la problematización constante de los procedimientos representativos y los cánones con que solemos pensarlos y juzgarlos, de allí su potencia transgresora. Filmadas ambas en un blanco y negro fuertemente contrastado, donde las sombras y la luz juegan un protagonismo central, “En el futuro” es un falso documental que explora, en un tono lúdico y fantástico, las experiencias amorosas de un conjunto heterogéneo de parejas. Organizado bajo el esquema de un libro (con preámbulo, capítulos y un epílogo en Súper8), el inicio del filme es un conjunto de planos sobre distintas parejas besándose, donde ya puede percibirse el particular lirismo que destilan sus imágenes, una cierta poetización del mundo a través del uso de la luz, los contrastes y la imagen granulada, intensificado por el uso naturalista del sonido. Le seguirá el relato en primera persona de un fantasma (interpretado en off por el propio Andrizzi), especie de síntesis de la mirada de la película, pues se postula como “parte del pasado pero también del futuro”. Aunque el tramo central del filme serán un conjunto de parejas o personas, filmadas en planos fijos de frente, que narrarán sus desventuras a la cámara, como en un típico documental: desde una mujer que relata el descubrimiento de una vida paralela de su esposo, hasta un novio que discute con su amada por la participación de ella en una película pornográfica, o un matrimonio que narra un acoso telefónico del que fue víctima. La norma, empero, es la sorpresa permanente, el asombro ante las posibilidades que abre un relato en perpetua expansión, en constante avance hacia todos los puertos posibles, como lo demuestran ciertos planos directamente contemplativos interpuestos en el medio de los relatos, como la hermosa subjetiva de un gato o el plano en contraluz del pelo de una mujer soltado al viento.

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Accidentes gloriosos

Pero la propuesta se intensificará aún más en “Accidentes gloriosos”, firmada junto al dramaturgo danés Marcus Lindeen, donde Andrizzi despliega un amor inconmensurable por la narración al encontrar quizás su ambiente natural: en base a una concepción sin dudas heterodoxa de los accidentes automovilísticos (que remite en parte a “Crash” de David Cronenberg) –y que incluso serán postulados por algún personaje del filme como “obras de arte instantáneas”–, los autores van hilvanando nueve relatos diferentes sobre la muerte, las pérdidas, el placer, la pasión y el desencanto. Las imágenes que acompañan los relatos en off (siempre narrados por una impecable Cristina Banegas) no necesariamente ilustran lo que cuentan: pueden ser tanto una alegoría poética (como el pasaje que transcurre en un juego de pool de jubilados, en el que se lee una carta de despedida de un marido a su mujer, porque su misión al Polo Sur ha fracasado y probablemente morirá) como una interpretación artística (aquellos donde el relato es dibujado por un artista en una hoja blanca). Lo importante, en todo caso, es la multiplicidad de recursos que exhibe Andrizzi: basta tomar el pasaje más desafiante para comprobar su capacidad para hacer del minimalismo una fuente inagotable de ideas. Es el relato de un famoso “chupapija” porteño, un amante exquisito que una vez al año va a un baño de la capital para realizar la mejor “felatio” que pueda imaginarse: con sólo un plano fijo que, en un progresivo “zomm in”, encuadra una pared con un agujero en su centro, Andrizzi logra un pasaje hipnótico pleno de erotismo y sugestión. Su cine se podría sintetizar en esa pared estropeada en un sucio antro bonaerense desconocido: el lugar menos pensado en el que los afortunados pueden encontrar, empero, el placer más sublime que puedan experimentar.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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El lobo de Wall Street

Un espejo incómodo

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El amanecer del nuevo año cinematográfico ofreció un panorama inmejorable para la cinefilia cordobesa gracias al estreno de dos filmes extraordinarios, que prometen acompañar a los espectadores por largo tiempo en este 2014 que se inicia: “La vida de Adéle”, de Abdellatif Kechiche –ganadora de la Palma de Oro del último Festival de Cannes, aunque al momento de publicarse este comentario estará ya fuera de las carteleras, por lo que convendrá dejarla para otra ocasión–, y “El lobo de Wall Street”, celebrado regreso de Martin Scorsese a las pantallas y a sus fuentes, con el que acaso sea uno de los retratos más furiosos, desbordados y precisos al mismo tiempo que se hayan hecho sobre el capitalismo contemporáneo. Basado muy libremente en las memorias de Jordan Belfort, un corredor de la bolsa neoyorkina que en la década del ´90 acumuló dinero y fama en base a estrategias non sanctas, el filme de Scorsese propone una inmersión radical en un universo particular pero paradigmático de nuestro tiempo, que fue comparado con sus incursiones en el mundo de la mafia en “Buenos muchachos” (1988) y “Casino” (1995), aunque su narración es dominada en forma mucho más extrema aquí por los excesos, algo que la abre a una multiplicidad inusual de posibilidades, un signo de libertad que parecía ya extinguido en Hollywood.

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Ocurre que la película puede ser entendida tanto como una farsa ácida, juguetona y políticamente incorrecta del mundo de Wall Street que como una crítica inclemente de la sociedad actual, como un retrato lúdico y desprejuiciado de la vida de los jóvenes ricos o una deconstrucción sin contemplaciones del mito del “american dream”: posibilidades todas que conviven simbióticamente en un relato de tres horas que en su ritmo endiablado, en el manejo los códigos genéricos, los tiempos, el montaje y la música –el lenguaje cinematográfico al fin– encuentra la marca indeleble de un autor como Scorsese. Vale aclarar que aquella multiplicidad de opciones no significa que el director evite tomar postura ante lo que narra: al contrario, basta el comienzo de la película para captar su dimensión crítica, que trasciende el cuestionamiento abstracto para apuntar a las propias representaciones del género, como ya veremos.

Tres secuencias mostrarán una filosofía política precisa y su traducción práctica en la vida de los personajes: lo primero que se verá será un comercial de la consultora de negocios de Belfort, donde el capitalismo es parangonado al estado de naturaleza selvático, en el que todos son enemigos potenciales y la única ley es la del más fuerte (y por tanto el símbolo de la firma será un león); el montaje interpondrá entonces la primera imagen de Belfort (Leonardo Di Caprio, en un papel descollante) que literalmente aparecerá lanzando a un hombre enano hacia un gran blanco en medio de una fiesta de la oficina. La propia voz del personaje cortará entonces la narración para, en modo omnisciente, relatar directamente al espectador su vida actual de lujo y de-senfreno y su desembarco en Wall Street a fines de los ´80, donde aparecerá fugazmente otro personaje crucial: su mentor, un corredor de bolsa inescrupuloso interpretado por Matthew McConaughey que le revelará el secreto de todo el circo, que básicamente consiste en engañar permanentemente a los inversores para mantener sus ganancias dentro del círculo financiero mientras ellos cobran las comisiones de las operaciones que realizan a su nombre, y se enriquecen obscenamente. La base de todo, postulará el “broker”, está en las adicciones, tanto de quienes quieren ganar plata sin producir nada como de quienes les sirven de medio para tal fin, los agentes de bolsa, cuyo insumo básico de trabajo es la cocaína, especie de síntesis química del capitalismo, que precisamente se concibe aquí como un sistema basado en el consumo adictivo y desenfrenado.

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La traducción de toda esta visión se verá en la propia vida de Belfort, que Scorsese seguirá narrando desde la primera persona al orquestar la película desde su punto de vista, en base al clásico esquema de ascenso y caída del héroe. Algo que por cierto podría resultar problemático pues la identificación absoluta que propone es nada menos que con un estafador consumado que comenzará a hacer fortuna esquirlando a inversores pobres de las clases populares (esquema que el director incluso enfatiza cuando rompe el verosímil ficcional, en los pasajes en que Di Caprio le habla directamente al espectador o en momentos donde algún personaje, por ejemplo, directamente se choca la cámara). Pero allí está también la gran virtud de la película, que no tardará en contagiarse del frenesí descontrolado de drogas, sexo y excesos varios que vivirá el protagonista, cuyo ascenso meteórico en el mundo de las finanzas estará acompañado por una progresiva enajenación del mundo circundante, amén de una troupe de compinches comandada por su mano derecha, Donnie Azoff (el mejor Jonah Hill de los últimos años), con quien vivirá algunas de las secuencias más desopilantes que se hayan filmado: “El lobo de Wall Street” presenta también un mundo fascinante que problematiza el enjuiciamiento tranquilo de los personajes, que constituyen no sólo estereotipos sociales que gozan de amplia aceptación pese a su mala imagen pública, sino también íconos cinematográficos que Scorsese no duda en dar vuelta. Porque se trata de un mundo cuya atracción se desprende de la transgresión desatada, salvaje y sin dudas deshumanizada de los protagonistas, una analogía precisa de la visión del capitalismo que ostentan. Tanto, que la última batalla que dará Belfort será contra el propio Estado y las leyes que rigen a la sociedad que habita: es la última frontera del “self made man”, ese mito constitutivo del capitalismo global llevado en la película a su máxima y retorcida expresión. Lo que consigue  al fin Scorsese es construir así un espejo fascinante para problematizar los mitos que rigen a nuestra sociedad, y por tanto un espacio donde pensarnos mejor a nosotros mismos.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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