El Hobbit: La desolación de Smaug

El problema de la repetición

 el hobbit anillo

Hace un año ya, con curiosa exactitud, hacíamos referencia en la presente columna a un vicio endémico del cine industrial contemporáneo: cierta tendencia a privilegiar la producción de series que garanticen un público cautivo para estirar al máximo los dividendos. La razón era el estreno de “El Hobbit”, la nueva y poco feliz incursión de Peter Jackson en el universo de J.R.R. Tolkien, que con singular crudeza mostró los efectos del paso del tiempo en su cine. “La voluntad de exprimir una obra hasta sus últimas gotas se acepta como natural, lógica, hasta digna de elogio, aún cuando los resultados pueden volver una caricatura aquello que en su momento pareció una revelación. Y es que las películas no se gestan ni se consumen en una burbuja: sus efectos se juegan en el contacto con el mundo, que siempre está en constante cambio”, decíamos entonces. Ocurría que el contexto de recepción era radicalmente distinto al de la serie original, “El Señor de los Anillos”, aunque hubieran pasado sólo (¿sólo?) nueve años. “¿Cómo adaptar la obra de Tolkien a las nuevas sensibilidades? ¿Qué novedades podría aportar esta trilogía que se basa además en un libro menor, de apenas 300 páginas?”, se preguntaba allí el autor. La respuesta era un déjà vu originado en la absoluta dependencia que la película mostraba de la serie original, a pesar de las novedades introducidas por Jackson –cierta apuesta al humor, el musical y un realismo digital radicalizado–, en su mayoría reducidas ahora en la secuela que se acaba de estrenar, confirmación rotunda del agotamiento de una propuesta que ni siquiera funciona en sus propios términos (no pidamos ya que busque expresar alguna necesidad artística del director o una idea nueva sobre su propio universo).

El hobbit3

Si tomamos por ejemplo a “La desolación de Smaug” desde el punto de vista meramente narrativo, nos encontraremos con una paradoja: el ímpetu que exhibe en su acumulación de acciones y tramas es inversamente proporcional al interés que genera. Hay una suerte de incontinencia narrativa en la nueva entrega de “El Hobbit” que, sumada a cierta impericia en el manejo de los tiempos y la construcción del suspenso –alguna vez, las virtudes más celebradas de Jackson–, la convierten en la obra más descuidada de toda la serie, la más endeble en su propuesta y por tanto la más intrascendente en sus alcances.

Acaso de fondo haya un síntoma ya sugerido en estos párrafos, la repetición rutinaria y cansina de un formato que lleva a obturar las propias posibilidades de la obra en cuestión. En este sentido, la primera escena es ya una síntesis acabada de lo que vendrá: Thorin (Richard Armitage) se encuentra sólo en El Poni Pisador, la mítica taberna de la obra de Tolkien, cuando advierte que está rodeado por rufianes que lo tienen encerrado. Cuando están por atacarlo, en el punto álgido de la tensión, aparece de repente Gandalf (Ian McKellen) y los malhechores desisten de su empresa, aunque la función del mago será en realidad reintroducirnos en la ficción. La película avanzará doce años al momento en que terminó la primera entrega, con el grupo asediado por una tropa de orcos furiosos en medio de un bosque: la persecución seguirá hasta una cabaña donde nuestros protagonistas llegarán a cerrar la puerta con las fieras mordiéndoles los talones, al borde de la tragedia. Pues bien, con baches narrativos, contradicciones y elipsis varias, la propuesta se limitará a repetir el formato hasta el hartazgo: los protagonistas asediados por un peligro superlativo, enfatizado por una banda de sonido invasiva, que se resolverá cuando parece imposible gracias al ingenio y la pericia de los personajes principales o el mero azar.

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Se dirá que toda la saga funciona de esta manera. Pero el problema es que los conflictos aquí ni siquiera tienen un desarrollo suficiente que los vuelva mínimamente verosímiles (si es que se puede usar el término): todo se sucede a una velocidad que no permite generar tensión –o siquiera entender a veces el desarrollo de las peleas–, como tampoco funcionan los guiños humorísticos en los tiempos calmos ni las tramas románticas insertadas a la fuerza. Una premura expresada incluso formalmente por el movimiento incesante de la cámara. La única secuencia que se diferencia es una batalla coreográfica que transcurre en un río acaudalado, con los enanos navegando sobre barricas y el elfo Legolas (Orlando Bloom) batallando con los orcos en sus márgenes: la razón no es sólo el notable uso del plano secuencia para registrarla, donde Jackson confirma por una vez su habilidad para filmar la acción en el espacio físico, sino su correcto procesamiento desde la irrupción sorpresiva de los orcos hasta la resolución final.

Tampoco hay desarrollos dramáticos consistentes en cuanto a los conflictos de los personajes, que apenas están esbozados, ni exploración de nuevos temas o dimensiones dramáticas: la trama de la ambición individual y la seducción del poder, representada aquí por una piedra que repondrá el Reino Enano de Erebor –pues el anillo funciona como mera arma de guerra en esta película–, contra la solidaridad comunitaria respecto al grupo resulta casi una caricatura que irrumpe como inserto del guión. Todo suena y se ve artificial en “La desolación de Smaug” –sensación intensificada por el realismo digital de última tecnología que ostenta–, como si Jackson quisiera escapar rápidamente hacia adelante: el resultado es un filme insulso, al que ni siquiera pueden salvar la fastuosidad de sus planos aéreos o los grandes escenarios construidos digitalmente. El cine sigue viviendo en otra parte.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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