Este es el fin

Camino al Paraíso

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Hace tiempo ya que la llamada Nueva Comedia Americana (NCA) ha dejado de ser ese movimiento revulsivo de sus inicios para convertirse en otra cosa, tal vez una de las matrices productivas del imperio cinematográfico del norte: lo sugiere no sólo la poca vitalidad que exhibió en este ajetreado 2013 –donde las mejores obras de Hollywood provinieron, esta vez, de la ciencia ficción– sino también su gran estreno del año, “Este es el fin”, debut tras las cámaras de dos de sus más emblemáticos hacedores. Contra lo que puede parecer a primera vista, el filme de Evan Goldberg y Seth Rogen (que ya habían coescrito los guiones de “Supercool” y “Pineapple Express”) termina siendo el mejor ejemplo de los límites de la NCA y su destino inexorablemente conservador, como lo insinúa la propia parábola dramática que vivirán sus protagonistas –que son los propios actores interpretándose a sí mismos–, en un final cuya verdadera ironía parece ser la puesta en escena de un anhelo callado de todo el grupo más que una (auto)parodia feroz, como tanto presumen.

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Uno de los ejes de la película es, en efecto, el problema del éxito (y la institucionalización que implica), tratado a través de la relación entre Rogen y su amigo Jay Baruchel, un actor mucho menos conocido que aquél, que además odia la vida frívola de la comunidad artística de Los Angeles. Jay se ha trasladado hasta la ciudad de las celebridades para pasar un fin de semana con su amigo y revivir los viejos tiempos, como se mostrará en esos primeros minutos: el propio Rogen lo recibe en su fastuosa casa con una mesa atiborrada de diversas variedades de marihuana como obsequio. Pero esa dimensión de lo cotidiano, tan rica y cara a la NCA, se comenzará a dislocar cuando Rogen insista en ir a una fiesta que James Franco organizó para inaugurar su nueva mansión, muy a pesar de Baruchel porque no se lleva bien con la comunidad hollywoodense: si ambos personajes son más o menos parecidos a los de sus ficciones previas y sus imágenes públicas –tipos comunes y mediocres, adolescentes tardíos pero bonachones–, los del resto de los famosos operarán un contraste lúdico con las expectativas del público. Ya el propio Franco se tomará en solfa a sí mismo caricaturizando su afición por el arte, mostrándose como un snob tonto y descerebrado, mientras que Jonah Hill (Supercool) compone a un mojigato resentido y gay reprimido, ambos obsesionados con Rogen y celosos de Baruchel, a quien tratan con una condescendencia y un paternalismo tan grande como su esquizofrenia –por ahí anda también un Michael Cera (coprotagonista tímido de Supercool) sacado, en el mejor gag de la película, aspirando cocaína por doquier y molestando a todos a su alrededor–.

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Esa primera media hora, donde la autoparodia parece ir a fondo, es la mejor parte de la película pues no sólo cuestiona el nihilismo frívolo de sus protagonistas sino también toda la cultura del star system del que forman parte, a través de la mirada distanciada de Baruchel, que organiza los conflictos dramáticos desde su inadaptación. Pero la búsqueda mostrará pronto sus límites a partir de la irrupción de lo extraordinario –que no es otra cosa que el propio Hollywood–: de repente, la tierra temblará y se abrirá, saldrán volcanes a la superficie y aparecerán túneles lumínicos en el cielo que comenzarán a chupar gente. Es nada menos que el Apocalipsis, y nuestros amigos quedarán encerrados en la fortaleza de Franco junto a un lívido Craig Robinson y un Danny McBride pendenciero e insoportable: todas las miserias saldrán a la luz ante la convivencia obligada en la escasez y la lucha por la supervivencia. La película iniciará entonces un derrotero errático por el homenaje paródico a otros géneros como el terror y lo fantástico, mientras nuestros (anti)héroes experimentan sus propias odiseas para ingresar al paraíso prometido, y todo contacto con aquella cotidianeidad fértil queda definitivamente abolido.

Despareja e insustancial, Este es el fin termina ofreciendo al fin una metáfora bastante gruesa sobre las propias búsquedas de sus artífices, que acaso se sientan mejor bailando al son de los Backstreet Boys en un paraíso idílico de “celebrities” que fumando marihuana en el living de sus viejas casas populares: el hedonismo indulgente del capitalismo moderno resulta irresistible, aún para quienes osaron, alguna vez, rebelarse contra lo establecido.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2013

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