28 Festival de Mar del Plata

Imágenes de la fragilidad

 la laguna

El martes fue un día netamente cordobés en Mar del Plata. El estreno de “La laguna”, ópera prima de Gastón Bottaro y Luciano Juncos, agitó la modorra en que transcurría la Competencia Internacional del encuentro, que viene mostrando un nivel desparejo con algunos pocos puntos altos: el western urbano bonaerense del gran José Celestino Campusano, “Fantasmas de la ruta”,  la curiosidad alemana “The Strange Little Cat”, de Ramon Zürcher, y la española “La herida”, de Fernando Franco. Virtuosa desde su forma, con un planteo narrativo sin dudas arriesgado, La laguna tiene méritos suficientes para ser considerada entre las candidatas, ya que su propuesta consiste en un viaje perceptivo por la geografía de las sierras cordobesas, en otro  western heterodoxo que explora la travesía de un hombre en un ambiente veladamente hostil como puede ser la naturaleza. El protagonista, Mario (Germán de Silva), llega a una estancia perdida en busca de un baqueano local, que pueda llevarlo a una misteriosa laguna de la zona que tiene poderes curativos, cuya ubicación pocos conocen. Ya su primer encuentro con el baqueano Ignacio (Gustavo Almada, en otra gran actuación) sugerirá un clima enrarecido, pues su silencio muestra cierta hostilidad inherente: será él, sin embargo, el encargado en llevarlo al destino. Ambos partirán al otro día munidos apenas de dos caballos y algunas guarniciones, por escenarios cuya belleza (registrada magníficamente gracias a la fotografía impresionista de David Herrero y Emiliano Serra) esconde innumerables peligros: “¿Cómo hace para ubicarse?”, le preguntará Mario al imperturbable guía, que con memorable parquedad le responderá simplemente que “uso la mirada”. Pero las inquietudes de Mario no harán más que multiplicarse a medida que avance la travesía, ante la hostilidad de su acompañante y los signos cada vez más evidentes de que han perdido el rumbo: ¿estarán efectivamente yendo hacia la laguna del título? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones del baqueano? ¿Por qué su hostilidad? Viaje de autodescubrimiento, en el que el protagonista deberá adaptarse para sobrevivir a un ambiente extraño, el filme contrapone al minimalismo de su trama un viaje contemplativo de la mirada: los precisos planos secuencia de Bottaro y Juncos –que con el uso de travellings o zooms suelen captar la totalidad de una acción–, y sus planos generales que expresan la relación de los personajes con el entorno, son una experiencia imponente por sí misma, una forma lúdica de captar el espacio que permite al espectador experimentar con sus propios sentidos la travesía de los personajes. En este sentido, hay una preocupación evidente por el encuadre, como si cada plano desde estuviera pensado obsesivamente desde la necesidad de la acción (por ejemplo,  cuando Mario intente revisar secretamente la mochila de su acompañante, la cámara lo registrará detrás de las ramas de un árbol, como si también estuviera espiando secretamente al personaje), a la vez que el notable trabajo con el sonido y la fotografía eleva la propuesta visual a una nueva dimensión que permite habitar la película, transformarla la visión en una experiencia hipnótica. Quizás haya algún problema en el guion, que en cierto momento corre el riesgo de volverse reiterativo y estancar la narración, aunque todo quedará salvado por una resolución sin dudas radical, que se abre a múltiples interpretaciones.

el_grillo

Pero no fue ésta la única novedad auspiciosa para Córdoba: el mismo día se estrenó, en la Competencia Latinoamericana, “El grillo”, debut en ficción de Matías Herrera Córdoba, producido por la incombustible El Calefón. Pieza de cámara que se concentra en un único ambiente y tres personajes, El grillo es en algún sentido la propuesta opuesta a La laguna, aunque no por eso sea menos virtuosa ni arriesgada. Ocurre que aquí, el desarrollo de los diálogos juega un rol central, motor incombustible de una película cuyas protagonistas son dos amigas que se han ido a vivir juntas en una casa que pretenden refaccionar. Se trata de Mecha (María Pessacq, notable), quien batalla por recuperarse de la muerte de su marido, y Holanda (la gran Galia Kohan), una experimentada actriz que vive una especie de crisis con su profesión acaso por la falta de reconocimiento, mientras prepara una nueva obra durante las vacaciones. Filme sutilmente existencial, las charlas, recuerdos, ensayos y reflexiones de las protagonistas serán su materia prima, intercaladas en ciertos momentos por la irrupción del amante de Mecha, un jardinero que se encuentra trabajando el patio de la vivienda. La bucólica parsimonia del verano, junto al discreto desencanto que transmiten los diálogos de las protagonistas (que pueden versar desde simples anécdotas personales a citas filosóficas o sofisticadas reflexiones sobre la actuación), irán configurando un ambiente, un estado existencial que es el motivo central de la película, que el director abordará medida que transcurra la trama. El grillo registra en efecto un estado de suspensión, un momento de tránsito emocional y acomodo en los personajes que han vivido o se aprestan a vivir experiencias límites, de aquellas que destruyen las seguridades mínimas que organizan toda vida: lo significativo es la sutileza con que Herrera Córdoba aborda estas dimensiones, que irá explorando progresivamente sin apenar a la explicitud del texto ni a subrayado alguno. La muerte, el sentido de la vida, la vocación, el amor y la pasión se abordarán así sin estridencias ni solemnidad en los diálogos y los textos que se citan, donde se destila sutilmente una propuesta de entender a la ficción como un modo de enfrentar al mundo. Filmada mayormente con primeros planos y planos detalle, la película reposa enteramente en la gran actuación de sus intérpretes, que deben lidiar con escenas largas en donde varias veces se apela al monólogo como forma expresiva, con lo que indirectamente se vuelve también un ensayo sobre el arte de la actuación y el teatro –lo que guarda absoluta coherencia con el homenaje que la misma película es al gran actor cordobés Héctor Grillo, aunque quizás el único lastre que tenga es una débil preeminencia de la teatralización en la puesta–, exploración que encontrará en el plano final su expresión más acabada, en un texto conmovedor de Jacques Prevért.

Por Martín Iparraguirre

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