28 Festival de Mar del Plata

El mundo de los sordos

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Como adelantábamos ayer, el cine cordobés comenzó a tallar fuerte en el Festival de Cine de Mar del Plata con el estreno de “Escuela de sordos”, de Alda Frontini (que la semana próxima se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril), dentro de la Competencia Argentina, donde sin dudas es firme candidata al lauro mayor. Fotógrafa notable nacida en Bell Ville, Frontini debuta aquí en el largometraje con un documental observacional de inusual sensibilidad estética y política: como su título lo indica, versa sobre una escuela de sordos del interior cordobés, cuya vida interna es registrada a través del trabajo incansable de su protagonista, María Alejandra Agüero, profesora de Lengua de Señas Argentina (LSA) y amiga de la infancia de la propia directora. Gracias a un posicionamiento formal preciso, el filme consigue revelar un universo en sus más diversas expresiones sin rozar nunca el golpe bajo o la manipulación, pero permitiendo al mismo tiempo una empatía inusual con sus habitantes, un grupo de unos 30 estudiantes de todas las edades. A partir del tercer plano el filme ya se concentrará en la escuela en cuestión, a través de planos medios en su mayoría fijos que registran el trabajo de Alejandra con tres alumnos principales: un niño pequeño que es introducido en la LSA, un adolescente que está aprendiendo a leer y escribir y un adulto que se instruye en el uso del celular. La distancia y posicionamiento de los planos permite una relación particular con las imágenes, donde la mirada del espectador nunca es condicionada, sino que puede acceder a fragmentos enteros de una experiencia política precisa que busca integrar a aquellos que no pueden oír.

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Como la propia directora explicó en una entrevista en el blog “Con los ojos abiertos” (http://ojosabiertos.otroscines.com/28-festival-internacional-de-cine-de-mar-del-plata-09-senales-de-vida/), semejante disposición formal busca representar también “cómo miran los sordos: tienen que ver en plano grande, pues no pueden perderse nada de lo que pasa en el entorno, no pueden sólo ver el detalle, necesitan de todo el plano para entender lo que está pasando”. Lo que implica una decisión política que se extenderá a otro gesto formal preciso cuando el filme salgar de los ambientes propios de la escuela para explorar la vida extramuros de Alejandra, dedicada igual de intensamente a su trabajo: tanto en una cena en su propia casa con Juan, un reputado profesor de LSA también sordo, como en un pick-nick o un asado con los estudiantes. En algún momento, los diálogos entre los protagonistas dejarán de ser traducidos, con lo que el espectador se convertirá por unos instantes en un analfabeto de un lenguaje extraño, ubicándose así en una posición análoga de los otros: la LSA se vuelve así en la protagonista silenciosa del filme, un modo distinto de relacionarse con el mundo y el entorno que puede ser entendido gracias a la película. Es que sobre todo hay en “Escuela de sordos” una voluntad didáctica por excelencia, que no busca imponer lecturas ni dar mensajes al espectador, sino permitirle comprender la vida interna de una comunidad a través de sus prácticas y experiencias, donde la solidaridad y el aprendizaje mutuo es regla. No se trata por eso de ubicar falsamente al espectador en la posición de los sordos, como lo demuestra el protagonismo central que tiene el sonido en todo el filme (que precisamente permite apreciar cómo suena el mundo, y captar así la distancia con los protagonistas), sino de aprehender un universo desconocido para quienes pueden mirar y oír una película. Resulta significativo por ejemplo el momento en que Ada registra el trabajo de algunos de los alumnos en una panificadora, como así también la citada cena con Juan, donde por un lado podremos ver las expectativas de los estudiantes, y por el otro conocer los obstáculos y posibilidades que esconde la educación de la LSA en nuestro país: ocurre que aquí la vida no está escindida del aprendizaje, pues naturalmente dependen absolutamente una de otra, de allí la singular intensidad que transmite esta experiencia formadora. En este sentido, sin desconocer los problemas que los sordos tienen en nuestra sociedad, el filme ostenta una mirada esperanzadora que coherentemente traduce la dimensión esencial de todo proceso educativo: con todas las dificultades que tienen nuestros protagonistas, el futuro sigue estando en sus manos.
Por Martín Iparraguirre
Copyleft 2013

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