La humanidad escondida

La humanidad escondida

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Una de las mejores representantes del otrora célebre cine “indie” norteamericano –cada vez más ausente de las salas argentinas, acosado como parecer estar por la crisis económica del primer mundo–, se repone esta semana a nuestra ciudad: el Cine Teatro Córdoba (ver: http://www.cineteatrocordoba.com.ar/) albergará nuevamente hasta el domingo el reestreno de Starlet, última y luminosa película de Sean Baker (director conocido aquí por Prince of Broadway). Filme de una ambición estética, temática y formal inversamente proporcional a su economía de medios, Starlet ofrece una visión del Estados Unidos contemporáneo absolutamente ausente en las grandes pantallas, capaz de capturar sin dobleces ni manipulaciones vanas la experiencia cotidiana de sus clases populares, y de proponer incluso una secreta utopía social a través de la relación que plantea entre sus protagonistas centrales, pertenecientes a los polos generacionales de la sociedad.

Starlet campo

Filme de una honestidad notable, gracias  a una rigurosa coherencia entre medios y fines, Starlet  se centra en Jane (la debutante Dree Hemingway, hija de la actriz Mariel y nieta del famoso Ernest), una hermosa y despreocupada joven que vive en una casa en los suburbios de Los Angeles junto a su amiga Melissa y su pareja, quienes parecen estar en estado de perpetuo conflicto. Sin grandes apremios económicos, las existencias de estos jóvenes semejan a una fábula burguesa: el mundo adulto está ausente de sus vidas, tienen sus necesidades y caprichos satisfechos, y tiempo de sobra para disfrutarlos. El hedonismo es aquí regla incuestionable, y su complemento una visión entre ingenua y sumamente frívola de la existencia. Los medios con que ganan su dinero se revelarán recién a la hora del metraje, por eso no vale la pena adelantarlos, pero sí comentar que en la introducción Jane comprará un termo en una feria de garaje a una antipática anciana, que determinará el desarrollo de la trama. Ocurre que la adquisición vendrá con una sorpresa extra: 10 mil dólares que estaban escondidos en la vasija de plástico, que Jane no tardará en hacer propios. Sin embargo, pronto le surgirán remordimientos que la llevarán a intentar inútilmente devolver el dinero, y ante el fracaso ayudar a la anciana llamada Sadie (la también debutante Besedka Johnson, en su único trabajo para cine a los 85 años de edad, pues falleció este año) en su vida cotidiana: lentamente, se comenzará a construir una tierna amistad entre ellas, hecha de soledades y necesidades mutuas, superando las desconfianzas y diferencias generacionales que las dividían. Visión ciertamente amable de la situación, mas nunca ingenua, Starlet incluso se adentrará en algún momento en el mundo de la industria pornográfica (con escenas de sexo explícito incluidas), aunque ni siquiera allí el director concederá a la sordidez, ni mucho menos se pondrá por encima de los personajes: la mirada humanista de Baker es el eje luminoso del filme, aunque sin dudas la fotografía de Radium Cheung aporta lo suyo. Ocurre que Starlet es también un tratado sobre el uso de la luz natural en cine, pues tanto en el exterior como en los espacios privados el sol cobrará un protagonismo inusitado, bañando todo el cuadro de una cálida pátina anaranjada o delatando la presencia de la cámara con hermosos reflejos de sus rayos que se cruzan entre nosotros y los objetos de ese universo tan particular, cuya textura remite al fílmico aunque haya sido filmada en digital.

Starlet con tipo

Lo importante es la coherencia formal de la puesta: los planos medios dominan el registro, en su mayoría con cámara en mano, permitiendo un grado de verosimilitud que difiere del documental pues aquí traduce el punto de vista de la protagonista, así como su ostensible belleza no busca la emoción del espectador sino plasmar una visión particular del mundo. Basta reparar en que la empatía del director con los personajes no le impide cuestionar a la sociedad norteamericana actual, como demuestra el rol central del dinero en toda la trama: para algunos será una instancia que los llevará a descubrir otra humanidad posible, para otros seguirá siendo un fin en sí mismo, preocupados sólo en alimentar un nihilismo a la deriva, bien elocuente de la sociedad contemporánea. En esos contrastes se cifra la lectura de Baker de los Estados Unidos actual, que si se piensa bien es inclemente, aunque el director se arriesgue a apostar por una utopía posible: lo significativo es precisamente que entre tanto egoísmo e individualismo descerebrado, proponga otras formas de relaciones, donde la ternura y la compañía no sean un valor de cambio, y donde la humanidad encuentre aún gestos que la rediman.   Por Martín Iparraguirre miparraguirre@hoydiacordoba.info Copyleft 2013

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