Adoro la fama

La vida, en otra parte

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Sofía Coppola, la hija más reconocida de Francis Ford, se ha convertido en la mayor exégeta de su propio universo, la aristocracia estadounidense perteneciente al show business hollywoodense. A los 42 años ya, y en su quinta película, Coppola vuelve a desplegar una mirada sin dudas fascinada sobre ése mundo tan lejano para la inmensa mayoría de los mortales, paradigma absoluto del tiempo que transitamos y por tanto modelo de existencia globalizado, que sin embargo vuelve a ser también tanto una crítica inclemente como un inconsciente tratado antropológico sobre sus prácticas: Adoro la fama es quizás la película que mejor sintetice las obsesiones de la directora (aunque no sea su mejor obra, basta compararla con Perdidos en Tokio para comprobarlo).

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Quizás su particularidad resida en que, acaso por primera vez, el punto de vista elegido sea levemente ajeno a ese universo: basada en un caso real ocurrido en la propia California, la película narra el raid delictivo protagonizado por un grupo de estudiantes secundarios en las casas de las estrellas cinematográficas de la industria. No se trata de jóvenes carecientes precisamente, pues todos pertenecen a la clase media alta y tienen sus necesidades más que satisfechas, pero su sueño sigue siendo lejano: ingresar a ése paraíso terrenal que parecer ser el mundo de las “celebrities”, donde el hedonismo es la regla y todo está confeccionado para alimentar el ego.  Especie de fantasía cool, en su primera hora la película narrará éste sueño adolescente a través de la mirada de Marc (Israel Broussard), un estudiante recién llegado a la escuela secundaria que inmediatamente se sumará al periplo liderado por Rebecca (Katie Chang) en compañía de Nikki (Emma Watson) y Sam (Taissa Farmiga), entre otras, que consiste simplemente en meterse a los hogares de las estrellas californianas cuando éstas se ausentan por trabajo o fiestas privadas: basta llegar al lugar para entrar con pasmosa facilidad, sin que suenen alarmas ni molesten guardias privados (Paris Hilton, por ejemplo, deja la llave bajo la alfombra de la puerta de ingreso). Una vez allí,  la idea consiste en vivir por unas horas la vida de las estrellas que idolatran, aunque también robarán dinero, joyas, drogas, ropa y bienes de lujo, lo que les permitirá extender la fantasía a sus vidas cotidianas. El imperativo es el consumo infinito, cuyo correlato es una exhibición del propio cuerpo como mercancía del lujo: la identidad como un producto de venta para la mirada ajena en las redes sociales, escenario virtual donde la existencia cobra sentido porque efectivamente puede imitar aquél universo que tanto anhelan integrar, que no es otro que el culto al fetichismo y el hedonismo perpetuo. Aunque los placeres del sexo les serán ajenos a nuestros protagonistas, obsesionados como están por reproducir las imágenes que adoran de sus ídolos de barro, que también son los de sus padres y de su entorno, círculo vicioso al fin que los deja sin posibilidades de desarrollarse a sí mismos ni establecer otros lazos con sus pares.

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Mirada sin dudas ácida de la sociedad contemporánea, por momentos decididamente paródica (ver si no el montaje que relaciona las fechorías de  los protagonistas con un robo protagonizado por la propia Lindsay Lohan, o reparar en que la casa de Paris Hilton es su verdadera casa, y está abarrotada de imágenes de… sí, Paris Hilton), al mismo tiempo Coppola no puede dejar de hipnotizarse por ése mundo que tan bien retrata: en ésa contradicción fincan las inseguridades de la película, que la llevan a recargar las tintas en juicios morales que expliciten sus críticas a ése tipo de vida. Basta ver los videoclips que la pueblan para comprobar que hay una cultura compartida, un mismo mundo simbólico que atraviesa y relaciona a la forma con el contenido. Pero en esa puesta en escena de una delicada pulcritud, dominada por planos medios y planos secuencia sutilmente virtuosos, que bascula entre la fascinación y el distanciamiento, el espectador puede acceder a un retrato preciso de un imaginario político y social que domina las culturas de todo Occidente, quizás del mundo entero. Una cultura donde la imagen se sobrepone cada vez más a todo contacto verdadero con el otro, y hasta con la propia humanidad de las personas.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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