28 Festival de Mar del Plata

Premios a la corrección

Why_Don't_You_Play_in_Hell?

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 Los galardones principales del Festival de Mar del Plata finalmente no reflejaron la notable calidad del encuentro; aunque el cine cordobés fue justamente reconocido.

El 28 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata finalizó con un palmarés que no hace honor al nivel que mostró, que seguramente estuvo entre las mejores de su historia: los premios más importantes recayeron en dos filmes latinoamericanos que, de modo más o menos velado, con formas más o menos estilizadas, proponen una visión de sus propias regiones que parecen pensadas para vender al mercado europeo, siempre anhelante de exotismo (y miserabilismo) tercermundista. La mexicana “La jaula de oro”, del español Diego Quemada-Diez, se convirtió en la gran ganadora del encuentro al llevarse no sólo el Astor de Oro a la Mejor Película de la Competencia Internacional sino también el Premio del Público, entre varios galardones más (los premios a mejor película de la Asociación de Cronistas Cinematográfico de Argentina, la Asociación de Directores de Fotografía y la asociación católica SIGNIS), sobreponiéndose a piezas mucho más valiosas, riesgosas y exigentes como la argentina “Fantasmas de la ruta”, de José Celestino Campusano; la alemana “The Strange Little Cat”, de Ramon Zürcher; la mexicana “Club sándwich”, de Fernando Eimbcke, o la griega “The Eternal Return of Antonis Paraskevas”, de Elina Psykou; mientras que la venezolana “Pelo malo”, de Mariana Rondón,  aún más maniquea que aquélla, se llevó el Astor de Plata al Mejor Director y  el dedicado al Mejor Guión.

Our Sunhi

Our Sunhi

Fuera del palmarés, Mar del Plata mostró sin embargo un nivel superlativo en la programación no sólo de sus secciones competitivas, que consiguieron aunar lo mejor de la región con hallazgos de directores noveles del mundo, sino sobre todo de las categorías paralelas, donde se proyectaron las mejores películas del año: se pudo comprobar por ejemplo la altísima calidad de algunas cinematografías, sobre todo las orientales, con obras maestras que quedarán entre lo mejor de la década, como “Why Don’t You Play in Hell?”, acaso la mejor película de Sion Sono y del Festival –una estilizadísima comedia de mafias que destila un amor inconmensurable al cine–, “R-100”, de Hitoshi Matsumoto, “Drug War”, de Johnnie To, “Our Sunhi”, la nueva y excelsa comedia de Hong Sang-soo, “A Touch of Sin”, gran debut de Jia Zhang-ke en el cine de acción, o la retrospectiva entera dedicada al gran cineasta coreano Bong Joon-Ho, que además ofició de jurado oficial. También se pudo acceder a las mejores obras contemporáneas de Europa, entre ellas la portuguesa “E agora? Lembra-me”, de Joaquim Pinto, un documental conmovedor del director sobre su propia vida íntima, marcada por el HIV y la Hepatitis C, pero atravesada también por la historia del mundo, la política y una pasión incandescente por el cine y la cultura; la francesa “L’Inconnu du lac”, de Alain Guiraudie, un sofisticado thriller que también repasa las prácticas amatorias de una comunidad homosexual en un paradisíaco lago nudista, o la española “Història de la meva mort”, del catalán Albert Serra, otra singularísima adaptación del mito de Casanova, cruzado con la aparición del Conde Drácula. Algunas de las joyas mayores provinieron del pasado, en ciclos con copias restauradas o proyectadas en 35 milímetros de grandes directores: se pudo repasar así la obra monumental del húngaro Micklós Jancsó, dueña de un virtuosismo formal y teórico monumental, a una distancia inconmensurable del cine de nuestros días, o los trabajos del fotógrafo mexicano Gabriel Figueroa, con filmes excepcionales como “Salón México”, de Emilio Fernández, o  “Los olvidados” y “Nazarín”, de Luis Buñuel. Por no hablar de los focos dedicados al primer Alfred Hitchcock, a Roberto Rossellini o al cine argentino clásico, con los filmes recuperados de Jorge Cedrón. Las visitas importantes de Bong Joon-ho, John Landis, Joâo Canijo o Pierre Étaix, entre otros, ratificaron también la importancia del encuentro, como insólitamente pidieron algunos comentaristas que ponen a las luminarias como sinónimo de calidad. El público respondió además como nunca ante tantas posibilidades, y a la noche del domingo ya 130.000 personas habían pasado por las diferentes salas de la feliz, lo que configura todo un récord.

Los ganadores

La jaula de oro

La jaula de oro

La juventud de los protagonistas y las buenas intenciones de los directores parecen haber sensibilizado al jurado presidido por el gran Bong Joon-Ho –secundado por Paula Astorga Riestra (directora de la Cineteca Nacional de México), el escritor argentino Guillermo Martínez y el crítico español Javier Angulo–, como lo sugiere también el premio otorgado a la norteamericana “Little feet”, de Alexandre Rockwell (nada menos que el Premio Especial del Jurado), un manipulador diario semiautobiográfico que sigue durante un día a dos niños casi abandonados por su padre en los suburbios de Los Angeles, con el recuerdo de la madre muerta como telón de fondo y falaz estrategia emotiva. Se diría que los tres ganadores oficiales comparten una misma voluntad de articular un mensaje político a través de las odiseas personales de sus protagonistas, aunque su visión resulte más bien maniquea y sumamente gruesa en vez de comprometida: el mejor ejemplo es “Pelo malo”, que pretende ilustrar acerca del supuesto autoritarismo mesiánico del gobierno venezolano a través de los padecimientos de un niño de clase baja, absolutamente incomprendido por su madre, que sospecha una tendencia homosexual en él. La representación decididamente miserabilista de las clases populares se mezcla con un guión por momentos absurdo, que llega a proponer los conflictos del pequeño Junior (Samuel Lange, lo mejor del filme), quien quiere ser cantante y está obsesionado con alisar su pelo ralo para lograrlo, como una alegoría de la asfixia política y cultural que vive la sociedad venezolana. Su único mérito tal vez resida en cierta preocupación por captar el espacio público y la arquitectura de los barrios populares, donde verdaderamente se puede atisbar las condiciones de vida de los protagonistas, aunque la obsesión por bajar línea de la directora trunca todo acercamiento auténtico a ese universo.

No muy distinta es la visión de Latinoamérica que despliega “La jaula de oro” –lo que por cierto le otorga una inusual coherencia al fallo del jurado–, aunque su posicionamiento ideológico sea supuestamente el opuesto y ostente una mayor sutileza: Quemada-Diez –asistente de cámara de Ken Loach y operador de Fernando Meirelles, Oliver Stone y Alejandro González Iñárritu– aborda la odisea de miles de inmigrantes ilegales que pretenden cruzar el muro instalado en la frontera con México para ingresar al paraíso norteamericano a través de la figura de cuatro adolescentes, uno de ellos un indígena mapuche que no habla una palabra de español. Filmada durante ocho años con un evidente virtuosismo formal, de naturaleza documental por momentos aunque en otros apueste a la postal “for export”, La jaula… va repasando en su trama todos los peligros que pueden encontrar los inmigrantes ilegales en su odisea al norte, sea al cruzarse con la policía, el narcotráfico o la trata de personas, sea con la explotación inhumana en trabajos esclavos o el secuestro por parte de mafias o grupos guerrilleros. Lo que por supuesto no constituye nada malo en sí mismo, sino fuera por el modo en que todo está tratado: un guión que privilegia el golpe bajo y la manipulación emocional, un relato que funciona por mera acumulación de acontecimientos, una relación paternalista con los personajes –que en el caso del mapuche llega al paroxismo de la caricaturización (parece un alienígena venido de otro planeta)–,  y una visión celadamente manierista, donde la humanidad queda irremediablemente condenada. Las buenas intenciones no alcanzan para elevar al cine, aunque al parecer sí para ganar premios (aquí y en el mundo, pues “La jaula” se llevó también el de Un Certain Regarde, prestigiosa sección de Cannes, entre muchísimos otros). Hasta la mención especial otorgada a la iraní “The Bright Day”, de Hossein Shahabi, parece obedecer también al imperativo de la corrección política, aunque este retrato de aspiraciones testimoniales sobre la sociedad iraní contemporánea, que por momentos es un asordinado thriller judicial, resulte un poco más auténtico y valioso que el resto de las películas premiadas en la sección.

Los argentinos

Fantasmas de la ruta

Fantasmas de la ruta

Si bien no fue una buena edición para el cine argentino en términos de reconocimientos –al punto que no recibió ningún premio oficial–, los cordobeses sí pisaron fuerte en Mar del Plata: la directora Ada Frontini  recibió un más que justo reconocimiento por el gran filme “Escuela de sordos” al llevarse el premio a Mejor Director dentro de la Competencia Argentina, mientras que el joven Mariano Luque (responsable de “Salsipuedes”) se adjudicó el premio homónimo en la competencia de Cortometraje Argentino por “Sociales”,  su último trabajo, para muchos el mejor de su carrera hasta el momento.

A su vez, el bonaerense José Celestino Campusano quedó nuevamente fuera de los premios mayores y se tuvo que conformar con una mención especial de SIGNIS y el premio Argentores al Mejor Guión Argentino por “Fantasmas de la Ruta”, que sin dudas merecía mejor suerte en la Competencia Internacional: nuevo western urbano inclemente, el filme confirma el crecimiento de su visión sobre un universo absolutamente ausente del panorama argentino, cuya extravagancia no tiene nada que ver con la estética premiada en la sección (lo que quizás explique su marginación). Lo que allá es belleza impostada y miseria estilizada para el canon occidental, en Campusano es directa fealdad, tanto estética como formal, pura autenticidad en busca de reflejar las experiencias de los habitantes de su cine, que son sus compañeros de ruta. Aquí, el relato aborda los mecanismos de la trata de persona a partir del secuestro de la novia de un amigo del legendario Vikingo (personaje de sus anteriores filmes), aunque la excusa servirá para que Campusano componga el retrato más completo que haya logrado sobre ese universo existencial, que ya no sólo abarcará al conurbano bonaerense, sino que se extenderá al norte del país. Se trata de un mundo sin ley, donde el Estado está ausente, estructurado a partir de tribus urbanas o mafias que se autorregulan y protegen según códigos no escritos pero conocidos por todos, hasta que alguien rompe la frágil armonía que las mantenía separadas y el infierno vuelve a desatarse.

Los insólitos peces gato

Los insólitos peces gato

Por lo demás, en la Competencia Latinoamericana, la gran ganadora fue “Los Insólitos Peces Gato”, de la mexicana Claudia Sainte¬Luce, que se llevó el premio a Mejor Largometraje, mientras que en la misma sección “La utilidad de un revistero”, de Adriano Salgado, una comedia filmada en un único plano secuencia de dos horas, obtuvo el premio a la Mejor Película y el premio DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) al Mejor Director. A su vez, el Premio Fipresci al Mejor Largometraje de la Competencia Latinoamericana fue merecidamente para “Penumbra”, de Eduardo Villanueva, mientras que el Astor de Plata a la Mejor Actriz correspondió a la española Marian Álvarez por su papel en “La Herida” y el Astor de Plata al Mejor Actor lo recibió Vincent Macaigne por su actuación en “La Bataille de Solferino”. Entre los galardones paralelos se destacan por último el Premio Mejor Película de la Sección Panorama Argentino para “El Crítico”, de Hernán Guerschuny, y el Premio MOVIECITY a la Mejor Película Argentina para “Choele”, de Juan Sasiaín. Por último, el Premio a la Mejor Película de la sección Banda de Sonido Original fue para “El Blues de los Plomos”, de Gabriel Patrono y Paulo Soria.

Vale la pena hacer un último comentario. Habrá que esperar para ver si este presente promisorio se mantiene en 2014, ante las versiones de recambio en la dirección y el plantel programador a raíz del alejamiento de Liliana Mazure de la presidencia del INCAA: ya hubo voces de actores de poder interesados en desestabilizar al festival (basta ver la patética polémica desatada por el crítico Jorge Carnevale en la Revista Ñ). Lo cierto es que Mar del Plata demostró ser un festival de primera línea, un encuentro central para la educación de la comunidad y los cientos de argentinos que se llegaron a la ciudad balnearia, además de la promoción del cine argentino y latinoamericano. Ojala las autoridades sepan apreciarlo.

Por Martín Iparraguirre

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28 Festival de Mar del Plata

Imágenes de la fragilidad

 la laguna

El martes fue un día netamente cordobés en Mar del Plata. El estreno de “La laguna”, ópera prima de Gastón Bottaro y Luciano Juncos, agitó la modorra en que transcurría la Competencia Internacional del encuentro, que viene mostrando un nivel desparejo con algunos pocos puntos altos: el western urbano bonaerense del gran José Celestino Campusano, “Fantasmas de la ruta”,  la curiosidad alemana “The Strange Little Cat”, de Ramon Zürcher, y la española “La herida”, de Fernando Franco. Virtuosa desde su forma, con un planteo narrativo sin dudas arriesgado, La laguna tiene méritos suficientes para ser considerada entre las candidatas, ya que su propuesta consiste en un viaje perceptivo por la geografía de las sierras cordobesas, en otro  western heterodoxo que explora la travesía de un hombre en un ambiente veladamente hostil como puede ser la naturaleza. El protagonista, Mario (Germán de Silva), llega a una estancia perdida en busca de un baqueano local, que pueda llevarlo a una misteriosa laguna de la zona que tiene poderes curativos, cuya ubicación pocos conocen. Ya su primer encuentro con el baqueano Ignacio (Gustavo Almada, en otra gran actuación) sugerirá un clima enrarecido, pues su silencio muestra cierta hostilidad inherente: será él, sin embargo, el encargado en llevarlo al destino. Ambos partirán al otro día munidos apenas de dos caballos y algunas guarniciones, por escenarios cuya belleza (registrada magníficamente gracias a la fotografía impresionista de David Herrero y Emiliano Serra) esconde innumerables peligros: “¿Cómo hace para ubicarse?”, le preguntará Mario al imperturbable guía, que con memorable parquedad le responderá simplemente que “uso la mirada”. Pero las inquietudes de Mario no harán más que multiplicarse a medida que avance la travesía, ante la hostilidad de su acompañante y los signos cada vez más evidentes de que han perdido el rumbo: ¿estarán efectivamente yendo hacia la laguna del título? ¿Cuáles son las verdaderas intenciones del baqueano? ¿Por qué su hostilidad? Viaje de autodescubrimiento, en el que el protagonista deberá adaptarse para sobrevivir a un ambiente extraño, el filme contrapone al minimalismo de su trama un viaje contemplativo de la mirada: los precisos planos secuencia de Bottaro y Juncos –que con el uso de travellings o zooms suelen captar la totalidad de una acción–, y sus planos generales que expresan la relación de los personajes con el entorno, son una experiencia imponente por sí misma, una forma lúdica de captar el espacio que permite al espectador experimentar con sus propios sentidos la travesía de los personajes. En este sentido, hay una preocupación evidente por el encuadre, como si cada plano desde estuviera pensado obsesivamente desde la necesidad de la acción (por ejemplo,  cuando Mario intente revisar secretamente la mochila de su acompañante, la cámara lo registrará detrás de las ramas de un árbol, como si también estuviera espiando secretamente al personaje), a la vez que el notable trabajo con el sonido y la fotografía eleva la propuesta visual a una nueva dimensión que permite habitar la película, transformarla la visión en una experiencia hipnótica. Quizás haya algún problema en el guion, que en cierto momento corre el riesgo de volverse reiterativo y estancar la narración, aunque todo quedará salvado por una resolución sin dudas radical, que se abre a múltiples interpretaciones.

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Pero no fue ésta la única novedad auspiciosa para Córdoba: el mismo día se estrenó, en la Competencia Latinoamericana, “El grillo”, debut en ficción de Matías Herrera Córdoba, producido por la incombustible El Calefón. Pieza de cámara que se concentra en un único ambiente y tres personajes, El grillo es en algún sentido la propuesta opuesta a La laguna, aunque no por eso sea menos virtuosa ni arriesgada. Ocurre que aquí, el desarrollo de los diálogos juega un rol central, motor incombustible de una película cuyas protagonistas son dos amigas que se han ido a vivir juntas en una casa que pretenden refaccionar. Se trata de Mecha (María Pessacq, notable), quien batalla por recuperarse de la muerte de su marido, y Holanda (la gran Galia Kohan), una experimentada actriz que vive una especie de crisis con su profesión acaso por la falta de reconocimiento, mientras prepara una nueva obra durante las vacaciones. Filme sutilmente existencial, las charlas, recuerdos, ensayos y reflexiones de las protagonistas serán su materia prima, intercaladas en ciertos momentos por la irrupción del amante de Mecha, un jardinero que se encuentra trabajando el patio de la vivienda. La bucólica parsimonia del verano, junto al discreto desencanto que transmiten los diálogos de las protagonistas (que pueden versar desde simples anécdotas personales a citas filosóficas o sofisticadas reflexiones sobre la actuación), irán configurando un ambiente, un estado existencial que es el motivo central de la película, que el director abordará medida que transcurra la trama. El grillo registra en efecto un estado de suspensión, un momento de tránsito emocional y acomodo en los personajes que han vivido o se aprestan a vivir experiencias límites, de aquellas que destruyen las seguridades mínimas que organizan toda vida: lo significativo es la sutileza con que Herrera Córdoba aborda estas dimensiones, que irá explorando progresivamente sin apenar a la explicitud del texto ni a subrayado alguno. La muerte, el sentido de la vida, la vocación, el amor y la pasión se abordarán así sin estridencias ni solemnidad en los diálogos y los textos que se citan, donde se destila sutilmente una propuesta de entender a la ficción como un modo de enfrentar al mundo. Filmada mayormente con primeros planos y planos detalle, la película reposa enteramente en la gran actuación de sus intérpretes, que deben lidiar con escenas largas en donde varias veces se apela al monólogo como forma expresiva, con lo que indirectamente se vuelve también un ensayo sobre el arte de la actuación y el teatro –lo que guarda absoluta coherencia con el homenaje que la misma película es al gran actor cordobés Héctor Grillo, aunque quizás el único lastre que tenga es una débil preeminencia de la teatralización en la puesta–, exploración que encontrará en el plano final su expresión más acabada, en un texto conmovedor de Jacques Prevért.

Por Martín Iparraguirre

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28 Festival de Mar del Plata

El mundo de los sordos

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Como adelantábamos ayer, el cine cordobés comenzó a tallar fuerte en el Festival de Cine de Mar del Plata con el estreno de “Escuela de sordos”, de Alda Frontini (que la semana próxima se estrenará en el Cineclub Municipal Hugo del Carril), dentro de la Competencia Argentina, donde sin dudas es firme candidata al lauro mayor. Fotógrafa notable nacida en Bell Ville, Frontini debuta aquí en el largometraje con un documental observacional de inusual sensibilidad estética y política: como su título lo indica, versa sobre una escuela de sordos del interior cordobés, cuya vida interna es registrada a través del trabajo incansable de su protagonista, María Alejandra Agüero, profesora de Lengua de Señas Argentina (LSA) y amiga de la infancia de la propia directora. Gracias a un posicionamiento formal preciso, el filme consigue revelar un universo en sus más diversas expresiones sin rozar nunca el golpe bajo o la manipulación, pero permitiendo al mismo tiempo una empatía inusual con sus habitantes, un grupo de unos 30 estudiantes de todas las edades. A partir del tercer plano el filme ya se concentrará en la escuela en cuestión, a través de planos medios en su mayoría fijos que registran el trabajo de Alejandra con tres alumnos principales: un niño pequeño que es introducido en la LSA, un adolescente que está aprendiendo a leer y escribir y un adulto que se instruye en el uso del celular. La distancia y posicionamiento de los planos permite una relación particular con las imágenes, donde la mirada del espectador nunca es condicionada, sino que puede acceder a fragmentos enteros de una experiencia política precisa que busca integrar a aquellos que no pueden oír.

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Como la propia directora explicó en una entrevista en el blog “Con los ojos abiertos” (http://ojosabiertos.otroscines.com/28-festival-internacional-de-cine-de-mar-del-plata-09-senales-de-vida/), semejante disposición formal busca representar también “cómo miran los sordos: tienen que ver en plano grande, pues no pueden perderse nada de lo que pasa en el entorno, no pueden sólo ver el detalle, necesitan de todo el plano para entender lo que está pasando”. Lo que implica una decisión política que se extenderá a otro gesto formal preciso cuando el filme salgar de los ambientes propios de la escuela para explorar la vida extramuros de Alejandra, dedicada igual de intensamente a su trabajo: tanto en una cena en su propia casa con Juan, un reputado profesor de LSA también sordo, como en un pick-nick o un asado con los estudiantes. En algún momento, los diálogos entre los protagonistas dejarán de ser traducidos, con lo que el espectador se convertirá por unos instantes en un analfabeto de un lenguaje extraño, ubicándose así en una posición análoga de los otros: la LSA se vuelve así en la protagonista silenciosa del filme, un modo distinto de relacionarse con el mundo y el entorno que puede ser entendido gracias a la película. Es que sobre todo hay en “Escuela de sordos” una voluntad didáctica por excelencia, que no busca imponer lecturas ni dar mensajes al espectador, sino permitirle comprender la vida interna de una comunidad a través de sus prácticas y experiencias, donde la solidaridad y el aprendizaje mutuo es regla. No se trata por eso de ubicar falsamente al espectador en la posición de los sordos, como lo demuestra el protagonismo central que tiene el sonido en todo el filme (que precisamente permite apreciar cómo suena el mundo, y captar así la distancia con los protagonistas), sino de aprehender un universo desconocido para quienes pueden mirar y oír una película. Resulta significativo por ejemplo el momento en que Ada registra el trabajo de algunos de los alumnos en una panificadora, como así también la citada cena con Juan, donde por un lado podremos ver las expectativas de los estudiantes, y por el otro conocer los obstáculos y posibilidades que esconde la educación de la LSA en nuestro país: ocurre que aquí la vida no está escindida del aprendizaje, pues naturalmente dependen absolutamente una de otra, de allí la singular intensidad que transmite esta experiencia formadora. En este sentido, sin desconocer los problemas que los sordos tienen en nuestra sociedad, el filme ostenta una mirada esperanzadora que coherentemente traduce la dimensión esencial de todo proceso educativo: con todas las dificultades que tienen nuestros protagonistas, el futuro sigue estando en sus manos.
Por Martín Iparraguirre
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28 Festival de Mar del Plata

El relato de los Otros

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El inicio del 28vo. Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ratificó las expectativas al ofrecer, en su primer día, un sinnúmero de posibilidades a quienes se animaran a adentrarse en sus programas paralelos, más allá de sus competencias oficiales, que recién el domingo comenzaron a desplegarse con fuerza. El sábado fue un día para el placer: cine clásico latinoamericano (con la grandiosa “Salón México, de Emilio Fernández, en un apartado que ya comentaremos) convivió con el último vanguardismo proveniente de Europa, o el mejor cine oriental de género de varias épocas con los nuevos clásicos norteamericanos de la década del ´80 y el más reciente “mumblecore” (cine independiente joven de Estados Unidos). Como suele suceder, la oferta impone entonces una fina selección donde siempre van a quedar joyas afuera: acaso una de las películas que generaba más expectativas –de la segunda categoría citada en la enumeración– era “Arboles”, del irredento colectivo español Los Hijos. Dueños de una poética sin duda singular y desafiante, los jóvenes ibéricos vuelven aquí a problematizar la herencia de sus antepasados aunque esta vez se enfoquen en un tema explícitamente político: el colonialismo en América. La forma de abordarlo sigue siendo, empero, el tan mentado ensayo de “asociación libre” típico de este colectivo, aunque el filme ostentará una mayor coherencia narrativa con respecto a sus inmediatos antecesores, sobre todo “Los materiales”. Los primeros planos son una incógnita: muestran, en blanco y negro, los rostros de dos jóvenes reaccionando a una conversación que no oímos, pues el sonido está ausente. El paisaje cambiará drásticamente con la irrupción de un plano general de un bosque imponente, donde el sonido sí cobrará un protagonismo central, ya que transmitirá la experiencia precisa del ambiente que vemos. Estamos ya en la Guinea Ecuatorial, como pronto informará un cartel sobreimpreso, donde Los Hijos comenzarán a explorar en planos fijos la vida de una comunidad empobrecida, que poco a poco comenzará a relatarse a sí misma a partir del testimonio de una familia: en sus propios dialectos originales, los protagonistas narrarán  la historia de su pueblo relacionada al colonialismo español. Sin una voz en off que articule las imágenes, los directores organizarán la narración a partir de capítulos que exploran estos relatos que pertenecen a otra concepción de la historia, que adopta la forma del mito transmitido de forma oral: escucharemos así la leyenda de un cura colonizador en perpetua búsqueda de un pueblo nómade, que cada vez que encontraba se trasladaba completamente mientras él dormía, u otro relato sobre la imposición de la cultura occidental en las colonias españolas, ya sea a través de la religión o la imposición de urbes que luego eran abandonadas por los indígenas. La voz es la de los descendientes de aquellos pueblos sometidos, lo que sin duda cobra un significado político: Los Hijos buscan rescatar aquí los relatos segados por sus propios ancestros (de allí la inclusión de informes históricos de los colonizadores sobre la misión en América, donde se desnuda la explotación que escondía la evangelización). Pero en algún momento llegará el capítulo de “La Nueva Ciudad – parte 2”, donde el filme registrará sin más explicaciones y en un tono casi onírico la arquitectura de un condominio de departamentos que contrasta fuertemente con la geografía previa registrada: donde antes había una naturaleza apabullante aquí hay un gris omnipresente y deprimente. También se verán y escucharán a niños jugando, aunque lo harán tras una reja: el nuevo mundo semeja a una cárcel, donde la única belleza que encuentran está en la luz que atraviesa los muros que aprisionan a sus habitantes. La última secuencia retomará los planos iniciales, aunque esta vez con sonido, donde escucharemos las voces de los protagonistas antes acallados: el hombre primero dialogará por teléfono con algún amigo o pariente que está desempleado, y aparentemente planea visitarlos por una temporada junto a su familia. El diálogo seguirá con un proyecto para una película que se parece a “Poltergeist”, donde una familia tiene que soportar la herencia de los crímenes contra los pueblos originarios al comprar una casa construida sobre un cementerio indígena: sin explicaciones, el filme llegará a su fin. ¿Cuál es la relación entre los capítulos? ¿Se trata de mera provocación, como interpretan algunos? Si la propuesta es la “asociación libre”, ¿por qué no pensar que Los Hijos están problematizando la construcción de relatos sobre el colonialismo, contraponiendo la palabra de sus víctimas con la apropiación que realiza la propia cultura occidental a través del espectáculo encarnado en la industria cinematográfica? Quizás la interpretación no pueda ir más allá, algo que se podría interpretar como una debilidad insalvable de la propuesta de Los Hijos –pues está inscripta en la propia forma de la película, que también busca reflexionar sobre el propio dispositivo–, aunque sin duda los realizadores se ubican del lado de la balanza, e incorporan a la política como una dimensión más explícita de su cine, lo que a juicio del autor resulta un avance. Por lo demás, el cine cordobés comenzó ayer a desandar una senda que puede resultar histórica con el estreno de “Escuela de sordos”, de Ada Frontini, en la Competencia Argentina, que será acompañada por otros dos filmes locales en las otras instancias competitivas del festival. El destino está abierto a las sorpresas.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 18 noviembre, 2013 at 14:10  Dejar un comentario  
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28 Festival de Mar del Plata

Pasión y éxtasis en la feliz

L alaguna 

El 28vo. Festival Internacional de Cine de Mar del Plata comenzará el próximo sábado a desplegar una programación de una variedad y calidad inusual, que ratifica su condición de  ser el único “Clase A” de Latinoamérica, y que reunirá la friolera de 415 películas entre largos y cortometrajes distribuidas en numerosas secciones, llegadas desde 45 países del mundo. A tono con el Bafici, el otro gran festival de Argentina y la región, Mar del Plata viene creciendo progresivamente en los últimos años en base a una programación que resulta cada vez más rigurosa y variada, con una alta calidad en todas sus secciones.

Esta edición del festival puede quedar además en los anales de la historia cordobesa, ya que tres largometrajes locales participarán de sus tres secciones competitivas: “La laguna”, ópera prima de Gastón Bottaro y Luciano Juncos –ambos egresados de La Metro–, disputará el premio mayor del encuentro, el Astor de Oro, en la Competencia Internacional; mientras que “El grillo”, primer largo ficcional de Matías Herrera Córdoba (ya conocido por la excepcional “Criada”), producido por El Calefón, lo hará en la Competencia Latinoamericana; y “Escuela de sordos”, de la reconocida Ada Frontini –estrenado por estos días en el Espacio INCAA de la Ciudad de las Artes–, participará de la Competencia Argentina.  A toda esta cosecha, inédita en la historia de la cinematografía local, hay que sumar la participación del nuevo cortometraje de Mariano Luque (director de “Salsipuedes”), titulado “Sociales”, en la Competencia Argentina de Cortos, cerrando un presente más que promisorio para la producción cinematográfica local, que hace unos años nomás resultaba una verdadera utopía.

Fiesta cinéfila

Club sándwich

Club sándwich

La misión de todo festival es celebrar al cine en sus más diversas manifestaciones, brindándole al público la oportunidad de esquivar la hegemonía cultural que Hollywood ejerce en todos los mercados y poder acceder durante nueve días a ese otro cine que se produce en el mundo, de una calidad y variedad que sólo se puede descubrir en estos encuentros. En efecto, la política de un festival se destila en el programa que selecciona para ofrecer a su público; y este año Mar del Plata será una verdadera fiesta cinéfila, ya que por un lado sigue ampliando la variedad de sus propuestas pero sin resignar pertinencia ni rigurosidad: cada quien encontrará aquí el cine que lo identifique, pero también podrá acceder a otras narrativas y estéticas que sin dudas modificarán su modo de ver el séptimo arte.

Basta un repaso para apreciar la heterogeneidad que puebla al programa. La Competencia Internacional, que entrega el premio mayor del festival, incluirá por ejemplo a las películas argentinas “Fantasmas de la ruta”, de José Celestino Campusano –filme que vuelve a abordar la áspera realidad del conubarno bonaerense a través de la trata de personas–, y la citada cordobesa “La laguna”,  especie de western heterogéneo que narra un viaje de redescubrimiento personal del protagonista. Ambos filmes se medirán con “Club sandwich” (México), de Fernando Eimbcke, “The Strange Little Cat” (Alemania), de Ramon Zürcher, “Yvy maraey – Tierra sin mal” (Bolivia/México), de Juan Carlos  Valdivia, “La herida” (España), de Fernando Franco, “Drinking Buddies” (Estados Unidos), de Joe Swanberg, “Little Feet” (Estados Unidos), Alexandre Rockwell,  “Bright Day” (Irán), de Hossein Shahabi, “La Bataille de Solferino” (Francia), de Justine Triet, “The Eternal Return of Antonis Paraskevas” (Grecia), de Elina Psykou,   “La jaula de oro” (México/España), de Diego Quemada-Diez, “Pelo malo” (Venezuela), de Mariana Rondón, y “Las analfabetas” (Chile), de Moisés Sepúlveda, que será la película de apertura.

El jurado oficial estará integrado por Paula Astorga Riestra (directora de la Cineteca Nacional y Archivo de Cine Mexicano), el escritor Guillermo Martínez (también matemático argentino); Luciano Sovena (productor y ex directivo de Cinecittà), Javier Angulo (crítico y director español), y el cineasta coreano Bong Joon-Ho, a quien el festival le dedicará además una imperdible retrospectiva de sus películas.

O sol nos meus olhos

O sol nos meus olhos

Por el lado de la Competencia Latinoamericana, además de la cordobesa “El grillo”, el cine argentino ofrecerá otros tres exponentes: “El amor a veces”, de Eduardo Milewicz, “Choele”, de Juan Pablo Sasiaín, y “Tiro de gracia”, de Nicolás Lidijover. Ellas disputarán el premio con “Los insólitos peces gato” (México), de Claudia Sainte-Luce, “Mambo cool” (México-EE.UU.), de Chris Gude, “El verano de los peces voladores” (Chile), de Marcela Said, “Penumbra” (México), de Eduardo Villanueva, “A estas alturas de la vida” (Colombia), de Alex Cisneros y Miguel Calisto, “Las Niñas Quispe” (Chile, Francia), de Sebastián Sepúlveda, “Esclavo de Dios” (Ecuador), de Joel Novoa, “O sol nos meus olhos” (Brasil), de Flora Dias y Juruna Mallon, y “Aja Por Instinto” (Brasil), de Paulo de Tarso Disca, entre otras. El jurado estará compuesto por la realizadora Lucía Murat, premiada en la vigésima edición del festival por su película “Casi hermanos”; el reconocido guionista y director argentino Juan Bautista Stagnaro, y el más célebre aún João Canijo, cineasta portugués de amplia y galardonada trayectoria (de quien en nuestra ciudad se pudo ver recientemente su penúltimo filme, “Sangre de mi sangre”).  A su vez, en la Competencia Argentina, concursarán la citada “Escuela de sordos”, de Ada Frontini; “7 Salamancas”, de Marcos Pastor; “Liberen a García”, de María Boughen; “I am MAD”, de  Baltazar Tokman; “Mujer conejo”, de Verónica Chen; “Algunos días sin música”, de Matías Rojo; “Diamante”, de Emiliano Grieco; “El aire”, de Santiago Guidi; “Polvareda”, de Juan Schmidt; “Tres muertos”, de Jerónimo Atehortúa Arteaga e Iñaki Dubourg; “La utilidad de un revistero”, de Adriano Salgado; “Imprescriptible”, de Alejandro Ester; y “Maravilla, un luchador adentro y afuera el ring”, de Juan Pablo Cadaveira. El jurado estará integrado por la directora chilena Isabel Orellana Guarello (programadora del Festival de Cine de Valdivia), Carlos María Domínguez (escritor, dramaturgo y crítico del diario uruguayo El País), y el alemán Sven  Pötting (crítico y programador del Festival de Cine Kino Latino).

Panorama y focos

A Fuller life

A Fuller life

 

Pero esta enumeración es apenas el inicio de un programa inabarcable. A las secciones competitivas se sumará como siempre la amplia sección Panorama, que reúne las películas de los grandes maestros o jóvenes promesas que están despuntando en el mundo, además de numerosos focos. Se verán aquí, por ejemplo, las nuevas películas de Andrzej Wajda (“Walesa. Man of Hope”), Bruno Barreto (“Flores raras”), Jia Zhang-Ke (“Tian zhu ding”), Claire Denis (“Les Salauds”), Kim Ki-Duk (“Moebius”), Xavier Dolan (“Tom à la ferme”), Yves Montmayeur (“Michael H. Profession: Director”), Samantha Fuller (“A Fuller Life”), Nicole Holofcener (“Enough Said”), Maria de Medeiros (“Repare bem”), Ettore Scola (“Che strano chiamarsi Federico! – Scola racconta Fellini”), Hong Sang soo (“Our Sunhi”), Frederick Wiseman (“At Berkeley”) y Philippe Garrel (“La jalousie”), sólo en el apartado “Autores”.

Ocurre que Panorama incluye una gran diversidad de focos y subsecciones donde, por ejemplo, estarán los últimos filmes del honkongés Johnnie To (“Blind detective” y “Drug War”), de Hitoshi Matsumoto (“R100”) y Sion Sono (“Why Don’t You Play in Hell?”) –todas de la sección “Hora cero”–; de Jonas Mekas (“Outtakes from the Life of a Happy Man”), Albert Serra (“Historia de la meva mort”), Valerie Massadian (“America”), John Smith (“Dad’s Stick”), Ben Rivers  (con Ben Russell en “A Spell to Ward Off the Darkness”), Jean-Marie Straub (“Un conte de Michel de Montaigne”) y el irredento colectivo español Los Hijos (“Une histoire seule”) –en la sección Estados Alterados–, reuniendo efectivamente las últimas obras de los mayores autores contemporáneos junto a la de las jóvenes promesas que han surgido en el mundo. Panorama se completa además con una amplia retrospectiva de cine argentino, titulada “Panorama Argentino”, otra latinoamericana (“Las venas abiertas”), una sección dedicada al humor (“Sentidos del humor” ),  otra dedicada al cine juvenil (“Busco mi Destino”), otra al formato Súper 8, entre varias más, que incluyen un foco a la directora española María Cañas, “que trabaja de manera muy irónica sobre imágenes de archivo televisivo que ella toma y resignifica”, se adelanta.

Pero si hablamos de focos, cómo no destacar la visita de Boon Joon-Ho, que será sin dudas una de las grandes atracciones del festival, pues se trata de uno de los directores coreanos más reconocidos en la actualidad, y el público podrá apreciar obras maestras del cine de género como la comedia negra “Barking Dogs Never Bite”, el policial “Memorias de un asesino”, la película de ciencia ficción “The Host” y el policial “Mother”. El encuentro también ofrecerá una selección de clásicos del estadounidense John Landis  como “Colegio de animales”, “Los hermanos caradura” y “Un hombre lobo americano en Londres”, mientras que el cineasta brindará una de las Charlas con Maestros, al igual que su esposa, la reconocida diseñadora de vestuario Deborah Nadoolman Landis. Y el gran autor francés Pierre Etaix también tendrá una retrospectiva dedicada a su obra. A todo esto, hay que agregaron los focos dedicados a grandes autores ya clásicos como Roberto Rossellini, Alfred Hitchcock y Juan Antonio Bardem, que se sumarán una retrospectiva de siete filmes del argentino Jorge Cedrón, autor de la adaptación cinematográfica de “Operación Masacre”, de Rodolfo Walsh, y un homenaje a los 20 años del estreno de “Un muro de silencio”, de Lita Stantic. Otro tributo al cine nacional se centrará en la película “No habrá más penas ni olvidos” (1983), de Héctor Olivera, adaptación de la novela homónima de Osvaldo Soriano, acaso como homenaje a los 30 años del regreso de la democracia.

Eso es amor

Eso es amor

Por último, mas no al último, vale destacar el foco “Portugal alterado: las últimas películas” que continúa la sección abierta en 2012 titulada “España alterada”, que reúne ahora a los nuevos realizadores que trabajan por fuera del sistema, resistiendo incluso la falta de subsidios y el peligro del cierre de la Cinemateca portuguesa. La muestra ofrecerá ocho cortos, un programa especial dedicado a Patrick Mendes (quien estará presente) y otros seis largometrajes, entre los que figuran “La madre y el mar”, de Gonçalo Tocha, y “Eso es amor”, de Joao Canijo, jurado en la sección Latinoamericana. Con lo que se completa un programa que sin dudas provocará el éxtasis de los amantes del séptimo arte. Bienvenido sea.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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Published in: on 15 noviembre, 2013 at 1:11  Dejar un comentario  
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La humanidad escondida

La humanidad escondida

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Una de las mejores representantes del otrora célebre cine “indie” norteamericano –cada vez más ausente de las salas argentinas, acosado como parecer estar por la crisis económica del primer mundo–, se repone esta semana a nuestra ciudad: el Cine Teatro Córdoba (ver: http://www.cineteatrocordoba.com.ar/) albergará nuevamente hasta el domingo el reestreno de Starlet, última y luminosa película de Sean Baker (director conocido aquí por Prince of Broadway). Filme de una ambición estética, temática y formal inversamente proporcional a su economía de medios, Starlet ofrece una visión del Estados Unidos contemporáneo absolutamente ausente en las grandes pantallas, capaz de capturar sin dobleces ni manipulaciones vanas la experiencia cotidiana de sus clases populares, y de proponer incluso una secreta utopía social a través de la relación que plantea entre sus protagonistas centrales, pertenecientes a los polos generacionales de la sociedad.

Starlet campo

Filme de una honestidad notable, gracias  a una rigurosa coherencia entre medios y fines, Starlet  se centra en Jane (la debutante Dree Hemingway, hija de la actriz Mariel y nieta del famoso Ernest), una hermosa y despreocupada joven que vive en una casa en los suburbios de Los Angeles junto a su amiga Melissa y su pareja, quienes parecen estar en estado de perpetuo conflicto. Sin grandes apremios económicos, las existencias de estos jóvenes semejan a una fábula burguesa: el mundo adulto está ausente de sus vidas, tienen sus necesidades y caprichos satisfechos, y tiempo de sobra para disfrutarlos. El hedonismo es aquí regla incuestionable, y su complemento una visión entre ingenua y sumamente frívola de la existencia. Los medios con que ganan su dinero se revelarán recién a la hora del metraje, por eso no vale la pena adelantarlos, pero sí comentar que en la introducción Jane comprará un termo en una feria de garaje a una antipática anciana, que determinará el desarrollo de la trama. Ocurre que la adquisición vendrá con una sorpresa extra: 10 mil dólares que estaban escondidos en la vasija de plástico, que Jane no tardará en hacer propios. Sin embargo, pronto le surgirán remordimientos que la llevarán a intentar inútilmente devolver el dinero, y ante el fracaso ayudar a la anciana llamada Sadie (la también debutante Besedka Johnson, en su único trabajo para cine a los 85 años de edad, pues falleció este año) en su vida cotidiana: lentamente, se comenzará a construir una tierna amistad entre ellas, hecha de soledades y necesidades mutuas, superando las desconfianzas y diferencias generacionales que las dividían. Visión ciertamente amable de la situación, mas nunca ingenua, Starlet incluso se adentrará en algún momento en el mundo de la industria pornográfica (con escenas de sexo explícito incluidas), aunque ni siquiera allí el director concederá a la sordidez, ni mucho menos se pondrá por encima de los personajes: la mirada humanista de Baker es el eje luminoso del filme, aunque sin dudas la fotografía de Radium Cheung aporta lo suyo. Ocurre que Starlet es también un tratado sobre el uso de la luz natural en cine, pues tanto en el exterior como en los espacios privados el sol cobrará un protagonismo inusitado, bañando todo el cuadro de una cálida pátina anaranjada o delatando la presencia de la cámara con hermosos reflejos de sus rayos que se cruzan entre nosotros y los objetos de ese universo tan particular, cuya textura remite al fílmico aunque haya sido filmada en digital.

Starlet con tipo

Lo importante es la coherencia formal de la puesta: los planos medios dominan el registro, en su mayoría con cámara en mano, permitiendo un grado de verosimilitud que difiere del documental pues aquí traduce el punto de vista de la protagonista, así como su ostensible belleza no busca la emoción del espectador sino plasmar una visión particular del mundo. Basta reparar en que la empatía del director con los personajes no le impide cuestionar a la sociedad norteamericana actual, como demuestra el rol central del dinero en toda la trama: para algunos será una instancia que los llevará a descubrir otra humanidad posible, para otros seguirá siendo un fin en sí mismo, preocupados sólo en alimentar un nihilismo a la deriva, bien elocuente de la sociedad contemporánea. En esos contrastes se cifra la lectura de Baker de los Estados Unidos actual, que si se piensa bien es inclemente, aunque el director se arriesgue a apostar por una utopía posible: lo significativo es precisamente que entre tanto egoísmo e individualismo descerebrado, proponga otras formas de relaciones, donde la ternura y la compañía no sean un valor de cambio, y donde la humanidad encuentre aún gestos que la rediman.   Por Martín Iparraguirre miparraguirre@hoydiacordoba.info Copyleft 2013

Adoro la fama

La vida, en otra parte

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Sofía Coppola, la hija más reconocida de Francis Ford, se ha convertido en la mayor exégeta de su propio universo, la aristocracia estadounidense perteneciente al show business hollywoodense. A los 42 años ya, y en su quinta película, Coppola vuelve a desplegar una mirada sin dudas fascinada sobre ése mundo tan lejano para la inmensa mayoría de los mortales, paradigma absoluto del tiempo que transitamos y por tanto modelo de existencia globalizado, que sin embargo vuelve a ser también tanto una crítica inclemente como un inconsciente tratado antropológico sobre sus prácticas: Adoro la fama es quizás la película que mejor sintetice las obsesiones de la directora (aunque no sea su mejor obra, basta compararla con Perdidos en Tokio para comprobarlo).

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Quizás su particularidad resida en que, acaso por primera vez, el punto de vista elegido sea levemente ajeno a ese universo: basada en un caso real ocurrido en la propia California, la película narra el raid delictivo protagonizado por un grupo de estudiantes secundarios en las casas de las estrellas cinematográficas de la industria. No se trata de jóvenes carecientes precisamente, pues todos pertenecen a la clase media alta y tienen sus necesidades más que satisfechas, pero su sueño sigue siendo lejano: ingresar a ése paraíso terrenal que parecer ser el mundo de las “celebrities”, donde el hedonismo es la regla y todo está confeccionado para alimentar el ego.  Especie de fantasía cool, en su primera hora la película narrará éste sueño adolescente a través de la mirada de Marc (Israel Broussard), un estudiante recién llegado a la escuela secundaria que inmediatamente se sumará al periplo liderado por Rebecca (Katie Chang) en compañía de Nikki (Emma Watson) y Sam (Taissa Farmiga), entre otras, que consiste simplemente en meterse a los hogares de las estrellas californianas cuando éstas se ausentan por trabajo o fiestas privadas: basta llegar al lugar para entrar con pasmosa facilidad, sin que suenen alarmas ni molesten guardias privados (Paris Hilton, por ejemplo, deja la llave bajo la alfombra de la puerta de ingreso). Una vez allí,  la idea consiste en vivir por unas horas la vida de las estrellas que idolatran, aunque también robarán dinero, joyas, drogas, ropa y bienes de lujo, lo que les permitirá extender la fantasía a sus vidas cotidianas. El imperativo es el consumo infinito, cuyo correlato es una exhibición del propio cuerpo como mercancía del lujo: la identidad como un producto de venta para la mirada ajena en las redes sociales, escenario virtual donde la existencia cobra sentido porque efectivamente puede imitar aquél universo que tanto anhelan integrar, que no es otro que el culto al fetichismo y el hedonismo perpetuo. Aunque los placeres del sexo les serán ajenos a nuestros protagonistas, obsesionados como están por reproducir las imágenes que adoran de sus ídolos de barro, que también son los de sus padres y de su entorno, círculo vicioso al fin que los deja sin posibilidades de desarrollarse a sí mismos ni establecer otros lazos con sus pares.

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Mirada sin dudas ácida de la sociedad contemporánea, por momentos decididamente paródica (ver si no el montaje que relaciona las fechorías de  los protagonistas con un robo protagonizado por la propia Lindsay Lohan, o reparar en que la casa de Paris Hilton es su verdadera casa, y está abarrotada de imágenes de… sí, Paris Hilton), al mismo tiempo Coppola no puede dejar de hipnotizarse por ése mundo que tan bien retrata: en ésa contradicción fincan las inseguridades de la película, que la llevan a recargar las tintas en juicios morales que expliciten sus críticas a ése tipo de vida. Basta ver los videoclips que la pueblan para comprobar que hay una cultura compartida, un mismo mundo simbólico que atraviesa y relaciona a la forma con el contenido. Pero en esa puesta en escena de una delicada pulcritud, dominada por planos medios y planos secuencia sutilmente virtuosos, que bascula entre la fascinación y el distanciamiento, el espectador puede acceder a un retrato preciso de un imaginario político y social que domina las culturas de todo Occidente, quizás del mundo entero. Una cultura donde la imagen se sobrepone cada vez más a todo contacto verdadero con el otro, y hasta con la propia humanidad de las personas.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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