Reality

El mundo como espectáculo

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Huérfano hace tiempo de la gloria que supo ostentar en el siglo pasado, el cine italiano ha conseguido aún dar en los últimos años algunas películas que se encuentran entre lo mejor de la cartelera mundial. Dos de ellas confluirán este fin de semana en el imprescindible Cine Teatro Córdoba: “César debe morir”, de los legendarios Paolo y Vittorio Taviani (que la próxima semana se estrenará también en el Cineclub Hugo del Carril), que constituye un conmovedor experimento entre cine, realidad y ficción a través del registro de la adaptación de “Julio César” de Shakespeare en la cárcel Rebibbia de Roma, a cargo de sus propios habitantes. Y “Reality” (que también se repondrá en octubre en el Hugo del Carril), una lúcida interpretación de la Italia contemporánea a cargo de Matteo Garrone, director de “Gomorra”, protagonizada nada casualmente por otro preso, Aniello Arena, condenado a prisión perpetua en la Toscana (con lo que las cárceles italianas se muestran como un inesperado semillero de talentos gracias a sus programas de teatro).

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Claro que también se puede decir que las lecturas que provoca Reality tienen un alcance universal, como lo explicita su tema, nada menos que la versión tana de ese emblema de la era moderna que es Gran Hermano, síntesis siniestra de las sociedades globalizadas. Pero su anclaje es inevitablemente italiano, como lo confirman no sólo su protagonista, encarnación misma de la idiosincrasia napolitana,  sino también las tradiciones cinematográficas que convoca Garrone, uno de los pocos directores de la península que siguen abrevando en los grandes maestros del pasado. Suerte de fábula oscura, esencialmente popular y por tanto pesimista, Reality aborda la odisea que vivirá un napolitano de la clase obrera para llegar a ese paraíso metafísico que constituye il Grande Fratello, vehículo no sólo de salvación financiera, sino principalmente de reconocimiento social, especie de paradigma existencial del hombre contemporáneo. De una factura formal impecable, la gran panorámica aérea que inicia la película –que del registro lateral de la ciudad baja de a poco para encuadrar un carruaje monárquico de otro siglo que transporta a una pareja de recién casados–, ofrecerá una síntesis de todo el filme: el imperativo es mostrarse, exhibir impúdicamente una apariencia acorde al espectáculo, triunfo perverso del panóptico como modelo de vida social.

Sus consecuencias serán funestas para Luciano (Aniello Arena, excepcional), dueño de una pescadería en una barriada popular napolitana y cabeza de una familia numerosa que puede mantener bien pero con gran esfuerzo cotidiano. Carismático y entrador, líder de su comunidad, Luciano en algún momento se aventurará con cierto escepticismo a un casting para entrar al programa, impulsado por el entusiasmo de sus hijos y su familia que lo ven como candidato a enamorar a todas las audiencias. Sin embargo, lo que comienza como un juego lentamente se tornará en una obsesión enfermiza a partir de la certidumbre de que Gran Hermano constituye su única oportunidad en la vida, la posibilidad de trascendencia no sólo de él sino también para su familia, que sublima sus propias fantasías en la odisea de este antihéroe condenado. Preso de una paranoia mística, traducción precisa de la existencia bajo vigilancia, el protagonista comenzará a sentirse observado por los productores del programa, e iniciará un plan delirante para agradarles, que no sólo dividirá a su propia familia, sino que también lo despojará de los pocos bienes que posee ya que los donará para mostrar caridad hacia el prójimo.

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Comedia sin dudas trágica, que tiende lazos tanto hacia el neorrealismo como al Fellini más ácido y desatado, Reality construye un realismo paradójico a partir del predominio de planos secuencia en su puesta, que si por un lado intensifican el sentido de realidad al resolver las escenas en un único plano,  al mismo tiempo registran un delirio colectivo, un mundo surrealista plagado de colores chirriantes que explicita una fantasía perversa: basta ver el shopping donde se desarrolla el casting o la actualidad de Cinecittá para comprobar que el mundo se ha convertido en un escenario grotesco. Resulta significativa además la preocupación de Garrone por registrar el espacio público y la arquitectura como una dimensión significante, traducción de las condiciones existenciales de los personajes, lo que se relaciona directamente a la naturaleza popular de la película, que a pesar de cierto espíritu paródico nunca hace de sus protagonistas una caricatura, a quienes siempre trata con humanidad y entereza.  Aunque su mayor acierto y subversión está en la identificación de la lógica televisiva con la religiosa, sugiriendo quizás que la primera está reemplazando a la segunda: lo explicita –además del plano inicial y el final, que traducen una potencial mirada divina– una escena notable sobre una ceremonia en el Vaticano, que muestra la posición de poder de los obispos sobre una masa alienada, sumisa, condenada a la adoración de ídolos de barro, y anticipa quizás el choque que momentos después tendrá Luciano con la más vulgar de las realidades.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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