Amar es bendito

Camino a la liberación

Amar espejo

El cine cordobés volvió a vivir, acaso silenciosamente, otra semana importante en su historia: tras varias postergaciones impuestas por la hegemonía de estrenos norteamericanos, desde el jueves pasado se pudo ver finalmente en algunos cines comerciales de la ciudad “Amar es bendito”, tercera película de Liliana Paolinelli (que desde el jueves se proyecta además en el Cine Teatro Córdoba y los Espacio Incaa de la provincia), una de las principales representantes de la primera vanguardia de directores locales surgidos de la complicada primavera alfonsinista. Un estreno bienvenido además porque confirma la existencia de un camino personal comenzado a trazar por las anteriores películas de Paolinelli, “Por sus propios ojos” (2008) y sobre todo “Lengua materna” (2010), donde la directora logró construir una particular apropiación de los géneros populares, a la vez que abordaba situaciones caras a la realidad social y cultural de Córdoba. Una propuesta que aquí es potenciada a partir del relato de una crisis amorosa en una pareja formada por mujeres, narrada además en clave de comedia, lo que no significa que busque ser concesiva con el gran público puesto que Amar es bendito es probablemente la película más desafiante de Paolinelli. La razón es su inaudita libertad para abordar los códigos del género y jugar con las fórmulas naturalizadas de construcción dramática, algo que la convierte en una obra de inusual frescura y singular extrañeza.

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A decir verdad, Amar es bendito desafía todas las lecturas canónicas: una visión superficial dirá que algunas las actuaciones rozan el artificio, que la construcción dramática es primitiva, que hay diálogos que arrastran un tono literario, situaciones que resultan inverosímiles o giros injustificados, o incluso que sus grandes elipsis conspiran en contra de toda verosimilitud. Pero justamente allí reside lo más interesante de la propuesta, que se lanza a un juego exploratorio de posibilidades sin atender a más pautas que la fantasía, el desprejuicio y la voluntad de aventura de la directora y sus protagonistas, con lo que al final la película termina revelando, por oposición, los límites de nuestra propia mirada. Ocurre además que la propuesta está en perfecta sintonía con la experiencia de sus protagonistas, que justamente vivirán una odisea de autoconocimiento a partir de la liberación de los lazos tradicionales que reglaban a la pareja, aunque el resultado no será precisamente un lecho de rosas. Sintética y directa, la primera escena ya expondrá el conflicto en cuestión. Ofelia (Mara Santucho) y Mecha (Claudia Cantero) están cumpliendo su séptimo aniversario como pareja, pero un diálogo cotidiano e inofensivo revelará secretos escondidos. Una de ellas está saliendo con otra mujer llamada Ana Laura (Carolina Solari)  aunque sigue enamorada de su pareja: la disyuntiva de elegir a alguna de ellas le resulta irresoluble, por lo que la aventura desatará una crisis que eventualmente terminará en que su pareja acepte el desafío de incorporar a Ana a la vida amorosa de su amada. No se trata de un pacto consentido, aunque por despecho la afectada buscará su propio amante, que resultará ser un hombre llamado Mario (Carlos Possentini), con lo que el conflicto se disparará a las más diversas posibilidades: si hay algo que caracteriza a Amar es bendito es la apertura hacia lo inesperado y la sorpresa continua.

Amar es cine

Universal y desprejuiciada, la película de Paolinelli puede entenderse como una fábula pesimista sobre los meandros del deseo, que si bien se permite explorar las posibilidades del amor libre, nunca se despega del todo de los convencionalismos sociales en el tema (de allí su universalidad y el extraño realismo que construye). Lo contrario sucede con su trama, que se abre sin vueltas ni explicaciones a las situaciones más impredecibles: narrada con varias elipsis, la directora enfoca la película en los acontecimientos más relevantes, sin perder tiempo en escenas de transición ni justificaciones dramáticas. Lo que redunda en una particular apropiación de los cánones del género, al punto que toda la película puede entenderse como una relectura lúcida y lúdica de las comedias románticas y los culebrones de la TV, participando a veces de sus lógicas y muchas otras parodiándolas, para liberarse al fin de todo constreñimiento canónico y narrativo. Filmada con planos medios siempre a la altura de sus protagonistas, la mayoría fijos, y sin música extradiegética, la película confirma el virtuosismo formal de la directora, capaz de trabajar en profundidad los espacios dentro del cuadro y el fuera de campo, que en algunas escenas adquiere una significación política (ver una de las varias que aborda la violencia de género, donde un golpe es registrado parcialmente a través de un espejo). Con actuaciones sobresalientes de todas sus intérpretes (sobre todo Cantero y Santucho ), la irrupción final del Negro Videla con el tema “Guaracha, lo pasado pasó”, del gran Willy Colón, resulta absolutamente pertinente ya que confirma el tono tragicómico de la propuesta pero también su sutil invitación a liberar los límites de nuestras percepciones.

 

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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