John Dies at the End

Viaje a lo inesperado

john 1 plano

La vitalidad del cine cordobés aún no es correspondida por otros actores del mercado cinematográfico local, aunque el público ya ha demostrado responder a sus propuestas. Ocurre que la hegemonía de Hollywood en las grandes salas impone límites infranqueables: ahora ocurrió con el estreno de “Amar es bendito”, de la reconocida directora Liliana Paolinelli, que se postergó una semana más debido a la prioridad que le asignaron a las películas del norte. Claro que, si todo va bien, desde el jueves que viene podremos verla en todos los cines comerciales de la ciudad, algo que resultaba impensable hace pocos años y que indica que aún hay razones para celebrar. O como lo sugiere también el vigoroso circuito de exhibición independiente de la ciudad (donde este fin de semana se reestrena  el filme cordobés “Salsipuedes”, en el Cineclub Municipal Hugo del Carril), que cada semana ofrece aquellas películas que no se ajustan del todo al canon hollywoodense: esta columna estará dedicada otra vez a ellas, aunque no sea más que una botella lanzada al mar.

Porque no todo el cine norteamericano es mediocre y previsible; también hay lugar allí para el riesgo, la fantasía y el amor sincero al séptimo arte. La mejor prueba se podrá ver este viernes en El Cinéfilo Bar (Bv. San Juan esquina Mariano Moreno), que estrenará en una única función el filme John Dies at the End (2012), de Don Coscarelli, director de culto de los años ´80, caído en el olvido por décadas pero renacido en este nuevo siglo con otra perla escondida, titulada Bubba Ho-Tep (2002). Diez años después, cuando todos habían vuelto a olvidarlo, Coscarelli pateó nuevamente el tablero con este filme que, como aquella antecesora (protagonizada por una versión de Elvis marchita, que debe salvar al mundo de una insólita maldición), hace del cine de clase B un género mayor capaz de destilar una creatividad y un amor inusitado por el cine y la ciencia ficción.

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Basado en una novela de horror homónima escrita por Jason Pargin, John Dies… es un verdadero caleidoscopio que se abre en todas direcciones, cada una más delirante que la otra. El inicio ya es demoledor: la voz en off de David Wong (Chase Williamson), su joven protagonista, abre la película planteando un acertijo que “revelará el horrible secreto que hay detrás del universo”. La anécdota narra el asesinato de un muerto-vivo, si vale el oxímoron, mientras un bello plano general se acerca al protagonista, que está realizando tan infausta tarea. Aquí se encuentran ya las coordenadas centrales de la película: un tono general humorístico, decididamente negro y absurdo, motorizado por un guión de precisión notable y una apuesta conmovedora al juego con los géneros fantásticos y el gore. David le narrará a un periodista (el gran Paul Giamatti, también productor) toda la historia detrás del delirio, que vale la pena sintetizar para no arruinar sorpresas: con su amigo John, accedieron a cierta droga llamada “salsa de soja” que les abre los sentidos a otras dimensiones del universo, por lo que han entrado en contacto con seres que pretenden apoderarse del planeta. John tiene además la habilidad de moverse en distintos planos del tiempo y la existencia, ya que efectivamente morirá aunque seguirá en contacto con su amigo. Claro que nada será tan determinante como en la vida real: Coscarelli plantea una ficción donde todo es posible, hasta un perro que se convierte en conductor o un hot dog que de repente sirve como teléfono.

John monstruo

El humor lúdico es la norma, aunque a una distancia considerable de los productos industriales equivalentes, como Scary Movie: John Dies ostenta un amor infinito por los géneros, a los que precisamente homenajea al plantear un juego constante con el imaginario clase B, capaz de llevar a la película a todas partes (a diferencia de aquéllos, que sólo estimulan los reflejos condicionados del espectador, repitiendo formulas conocidas en clave paródica). Al contrario, lo que se consigue aquí es una experiencia abierta a la sorpresa perpetua, a los giros inesperados, sea planteados  en el guión, sea desde el montaje, que interviene activamente en el relato incluso cortando el clímax de ciertas escenas para pasar a otra cosa. Se dirá que el relato vuelve episódico o desnivelado, pero es también parte de la libertad de la propuesta, que hace del desprejuicio su única norma. Semejante disposición es complementada por un planteamiento formal que reniega de los golpes de efecto y apuesta al plano secuencia (y a planos atípicos) como base de la narración: hay también una reivindicación de íconos cinematográficos de la misma estirpe del filme, que va desde filmes de David Cronenberg a Las alucinantes aventuras de Bill y Ted (1989), de Stephen Herek, su pariente más cercano; o citas incluso paródicas, como un pasaje de animación que remite a Kill Bill. Por cierto, los monstruos y los efectos especiales intencionalmente primitivos y bizarros son toda una declaración de amor a ese cine que alimenta a la película, en sí misma una celebración de las posibilidades de este arte múltiple, que definitivamente aún tiene mucho por descubrir.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

Copyleft 2013

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