El espacio entre los dos

Deseo e identidad

 EspacioEntreLosDos

Como en otras oportunidades, el complejo de cines Gran Rex apostó nuevamente al cine local con el reestreno de “El espacio entre los dos”, la esperada película del joven Nadir Medina, que ya fuera proyectada el año pasado en el circuito de exhibición independiente de la ciudad (y se verá hasta el jueves en el complejo de la avenida General Paz). La noticia es bienvenida porque se trata de uno de los filmes más representativos de esa entidad un tanto difusa, ciertamente heterogénea, pero en franco crecimiento que es el nuevo cine cordobés, capaz de confirmar también las posibilidades técnicas y cualitativas que habitan en su seno. Ocurre que el filme de Medina responde a un modelo de cine autogestionado, financiado con el sistema “crowdfunding” (cooperación colectiva de personas que financian proyectos de desconocidos), e impulsado por las ganas y necesidades del director y sus compañeros de equipo. Y el resultado es una obra que retrata un universo preciso con una honestidad inusual. Ese universo es, claro, el del propio Medina, que filmó su película con sólo 22 años y plasmó en ella las vivencias y dilemas de ésa edad en la que se empieza a abandonar la adolescencia para ingresar al mundo adulto, con una dignidad que comenzaremos por destacar.

el espacio 1

Lo primero en el filme es el sonido, uno de sus protagonistas: sobre un fondo negro, escuchamos la voz de Malena (Florencia Decall, casi una revelación), que presenta el último tema que tocará la banda que compone junto a su novio Pablo (Santiago Zapata) y el mejor amigo de ambos, Tomás (Gustavo Kreiman, ambos muy bien). El plano se abrirá a los rostros y los cuerpos de los intérpretes, que acaso están viviendo un pequeño sueño, aunque sea actuando en una fiesta de amigos: la adrenalina del escenario se trasladará a los primeros momentos fuera de él, cuando los tres puedan charlar en la barra del lugar. Pero ya se podrá advertir allí una tensión oculta, que momentos después se explicitará en una escena sutilmente virtuosa (más allá de su resolución) en un baño: Tomás siente celos de la relación de sus amigos de la infancia, hay un extraño triángulo en curso.  Esa primera parte de la película, filmada mayoritariamente con planos cerrados en cámara en mano y compuesta de climas inquietantes por su ambigüedad, culminará con otra escena heterodoxa, esta vez en el techo de la casa, donde la película se permite abandonarse a la contemplación existencial que experimenta Tomás, que se entregará al amanecer del nuevo día. Son diez minutos donde el filme cede a todo impulso narrativo y se abre a la contemplación extasiada del mundo: esa apuesta por la ambigüedad es lo mejor de la película de Medina, pues allí logra captar la experiencia existencial de sus protagonistas, la incertidumbre ante el mundo que se avecina.

Poco después comenzará la segunda parte, cuando los protagonistas emprendan el regreso a casa por las calles de Río Ceballos, nada casualmente la ciudad original del director. Entre anécdotas, juegos y canciones enteras intercaladas por Medina en la trama (convirtiendo legítima y coherentemente a la música en un protagonista más, aunque roce la estética del videoclip), se comenzarán a conocer las motivaciones de Tomás, que mezclan el deseo, la nostalgia del pasado y cierta inocencia perdida, alguna búsqueda de identidad y el temor al porvenir: nada, sin embargo, quedará muy explicitado, pues sólo asistimos a un día en la vida de estos personajes. Precisamente, la virtud de Medina está en resistirse a las categorías convencionales para narrar el estado de la adolescencia: ni el minimalismo abúlico de algunos filmes del Nuevo Cine Argentino, ni el oscurantismo gratuito y políticamente abyecto de sus contrapuntos norteamericanos. Estos personajes pertenecen a otra categoría y otros espacios geográficos y culturales, por eso resulta pertinente cierta inocencia que destilan en los diálogos, más cercana a la cosmovisión de la juventud que existe en los pueblos del interior argentino.

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Filmada casi completamente con cámara en mano, las mayores virtudes de “El espacio entre los dos” son formales: gracias a los planos secuencia, la cámara se convierte por momentos en una entidad más que recorre las escenas como un testigo silente, aunque Medina muestra cierta predilección por filmar los cuerpos (ver el modo en que registra los besos), lo que lo lleva a cerrar los planos (aunque aún así puede utilizar la profundidad de campo, y volver significativo el fondo del plano). En ese sentido, es notable el trabajo de los intérpretes, que además de lidiar con una cámara cercana, deben trabajar escenas largas y traducir en ellas una multiplicidad de emociones a través de simples gestos. El sonido, a cargo de Álvaro Martin, es otro punto alto del filme, así como también la fotografía de Santiago Seminara, que cobra protagonismo en el espacio público y utiliza al sol como una pátina para embellecer las escenas. Nada hay para reprochar en esos aspectos: quizás lo más flojo pase por el guión (también a cargo de Medina, así como la producción), que muestra problemas a la hora de resolver ciertas escenas y explicitar lo que antes permanecía sugerido. Esa tentación por cerrar interpretaciones, acompañada a veces por cierto abuso de la música extradiegética, terminan jugando en contra de las posibilidades de la película, aunque no mellan para nada la honestidad y la frescura de la propuesta.

 

Por Martín Iparraguirre

Cpyleft 2013

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  1. Reblogueó esto en Cineclubes de Cordoba.

  2. […] Nota sobre “El espacio entre los dos” […]


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