Salsipuedes

La intimidad de lo atroz

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Ya no se trata de una promesa: el cine joven cordobés es una realidad pujante y promisoria, que puede ofrecernos múltiples espejos para mirarnos (y pensarnos) a nosotros mismos, un privilegio que pocas sociedades consiguen darse. El lector podrá constatarlo nuevamente desde hoy jueves con el estreno en el Espacio Incaa de la Ciudad de las Artes -y su posterior reposición en el Cineclub Hugo del Carril desde mañana hasta el domingo-, del esperado filme “Salsipuedes”, de Mariano Luque, acaso una de las mayores promesas de las nuevas generaciones de cineastas que están asomando. No es un elogio complaciente, como lo sugiere la participación de la película en algunos de los festivales más importantes del mundo, como Cannes o Berlín. O como cualquiera puede comprobar al enfrentarse a sus imágenes, que ostentan una sorprendente madurez formal, capaz de entender que el cine es un arte que trabaja con las huellas de la realidad: los rastros del mundo expresados en su más cruda materialidad, donde finalmente finca toda su magia y su misterio.

Salsipuedes auto
Una virtud que se potencia por el tema nada sencillo de la película: la violencia de género, que suele ser excusa repetida en los medios de comunicación y el cine industrial para explotar las emociones del espectador y provocar su morbo, como en estos días confirma el caso de Angeles Rawson. Nada de eso ocurre en Salsipuedes, que apuesta por la sutileza y el cuidado extremo para retratar un día de descanso en las sierras cordobesas de una pareja en crisis. La primera escena ya confirma otra vocación estética y narrativa, acaso también política: en plano medio vemos a Carmen (Mara Santucho) en un auto típico de clase obrera, ensimismada en su congoja, escondiendo las huellas físicas de la violencia que su pareja aplicó sobre ella. Al fondo del plano, su marido Rafa (Marcelo Arbach) se encuentra armando la carpa, mientras un reggaetón suena en los parlantes del automóvil. Alguien pedirá a los gritos, fuera de campo, que bajen la música, y entonces Rafa se acercará al auto con gesto autoritario y palabras amables para dialogar con Carmen: la voluntad de reconciliación durará poco, y volverá a resurgir abruptamente la violencia. La escena, de unos ocho minutos y probablemente la mejor del filme, resume un ethos formal, que evita toda manipulación o énfasis discursivo, apuesta a la variedad de signos y gestos para transmitir la situación de dominación ejercida sobre Carmen, y permite al mismo tiempo la libertad interpretativa del espectador. La música, los diálogos, los gestos de los cuerpos expresan no sólo la situación particular que vive la protagonista sino también un contexto social y simbólico que la precede, la promueve y la avala, aunque esta intuición se confirmará pronto con la llegada de la madre y la hermana de Carmen (Mariana Briski y Camila Murias, respectivamente), que lejos de escandalizarse por la situación, la admitirán y justificarán veladamente, al punto que su propia progenitora le enseñará cómo maquillar y esconder los signos de la violencia física en su cuerpo. El conflicto, por supuesto, no hará más que profundizarse en el transcurso del fin de semana, hasta que Carmen intente en absoluta soledad una medida desesperada para salvarse.

Salsipuedes pla frontal
De una inteligencia formal infrecuente, la mayor virtud de Salsipuedes está en su posicionamiento político, que asume el punto de vista de la víctima sin demonizar al victimario: los primeros planos de Arbach y Briski hablando directamente a cámara (que viene a representar a Carmen) son su expresión más evidente, aunque también lo es la utilización expresiva del fuera de campo (con la irrupción amenazante de otros personajes en el plano, violando la intimidad espacial de la protagonista) y los planos secuencia que siguen las caminatas solitarias de Carmen, sus únicos momentos de sosiego. Acaso el paisaje bucólico de las sierras de Camaluchita -que con la inclusión de bellos planos generales de la naturaleza es utilizado como contrapunto de la situación de Carmen, filmada predominantemente con planos cerrados para denotar su angustia- sirve también para morigerar el impacto de los acontecimientos: al ser un espacio público (registrado con una muy buena fotografía de Natalia König y José Benassi), consigue el efecto de desnudar la naturalización de la violencia de género en la sociedad, al permitir que lo atroz adopte una extraña familiaridad (ver sino la escena en que madre y hermana maquillan a Santucho). Algo que es complementado con un uso virtuoso del sonido (a cargo de Erwin Otoño) y el lenguaje por parte de los actores (que exhiben un gran nivel, sin excepción), pero sobre todo por el personaje de Arbach, que compone al estereotipo del cordobés gracioso y entrador, inscribiendo a la ficción en la más cotidiana de nuestras realidades. Si algún reparo merece Salsipuedes, está en cierta repetición de las situaciones que al promediar el filme amenaza con estancarlo y hacerlo perder la sutileza conseguida, como si el tema se impusiera a la narración , aunque Luque sabe sortear el encierro y mantener a salvo una película que no es condescendiente con nadie.
Por lo demás, vale celebrar también el estreno simultáneo en las salas comerciales de dos joyas de la cinematografía internacional: la esperadísima “Antes de la Medianoche”, de Richard Linklater, y “En otro país”, de Hong Sang-soo (ésta sólo en Showcase), lo que compone el que quizás sea el mejor fin de semana cinéfilo del año.
Por Martín Iparraguirre
miparraguirre@hoydiacordoba.info
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Proyectan “Ice” en La Quimera

La revolución perdida

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Aunque a veces pase desapercibida, la diversidad de la oferta cinematográfica de nuestra ciudad es apabullante: mientras las grandes carteleras se ven copadas por el emblema máximo de una cultura que se pretende global, en el circuito de exhibición alternativo discurren silenciosamente otros cines mucho más valiosos y arriesgados, que incluso pueden llegar a constituir el reverso exacto del paradigma que representa el “Hombre de acero”. Es que los límites entre realidad y ficción suelen ser estrechos: como si hubiera planeado enfrentar utópicamente la llegada de la nueva versión de Superman, en consonancia ideológica y espiritual con los personajes que animan “Ice” (1969), el Cineclub La Quimera ubicado en el Teatro La Luna (Pje. Escuti 915, barrio Güemes) estrenará hoy, en una única función, ésa verdadera joya del cine contestatario estadounidense, perteneciente a uno de sus máximos representantes, Robert Kramer, un maestro olvidado en su propia tierra.
Forjado al calor de los movimientos contraculturales de la década del ´60, Kramer fue un testigo comprometido con su época: estuvo entre los primeros en registrar las consecuencias de la Guerra de Vietnam, filmó el nacimiento, desarrollo y decadencia de los movimientos contraculturales de izquierda norteamericanos, hasta que la terrible derrota que significó la era Reagan lo llevó a exiliarse en Francia, donde siguió su trabajo militante y nómada de captar los acontecimientos importantes del mundo donde fuera que ocurrieran, aunque una visión cada vez más desencantada lo ganaba. Creía que el cine era un modo de intervenir políticamente en su entorno, y por ello sus películas son un testimonio agudo e inclemente de su tiempo: “No podemos separar nuestras funciones de cineasta de las funciones de agitadores políticos”, explicó alguna vez.

Ice reunion
Pero su cine no era panfletario ni mucho menos doctrinario, más bien al contrario: Ice fue ya en su época una película inclasificable, tal vez una obra de ciencia ficción secretamente premonitoria, sin dudas una pieza imposible de encuadrar en un discurso que busque un acatamiento uniforme y actrítico a sus dictados. ¿Qué registra Ice? Una fantasía política colectiva sin dudas, expresiva de un tiempo histórico donde se creía que era posible cambiar el mundo, pesadilla para unos o sueño por el que valía la pena jugarse la vida para otros. Nada es cierto ni unívoco en Ice, he allí su fuerza política y su profundo valor evocativo: a través de sus imágenes podemos entender un tiempo completamente ajeno a nuestra cotidianeidad, del que nos separa un abismo cultural y simbólico.
Sus primeras imágenes son hipnóticas: sobre planos generales en picado de la ciudad de Nueva York, mientras escuchamos grabaciones de diferentes voces que leen pronósticos del clima, un texto sobreimpreso nos revela un mensaje del Comité Nacional de Organizaciones Revolucionarias, que alerta a los miembros de un movimiento sobre acuerdos alcanzados con otras fuerzas afines para lanzar una ofensiva en suelo norteamericano. El objetivo, sumar a la “gente blanca” de las ciudades a un plan de lucha armada. El pasaje terminará con un plano en contrapicado del puente de Manhattan y la leyenda “todo el poder para el pueblo”. Estamos ante una ucronía de tintes anarquistas, en la que un Frente de Liberación Mexicano está amenazando al Estado norteamericano desde el sur, y diferentes organizaciones de izquierda del propio Estados Unidos proponen organizarse para lanzar una ofensiva regional como anticipo de otra embestida nacional en primavera. ¿Una de acción sobre la revolución socialista? Bastante lejos, porque lo que propondrá Kramer es más bien a un ensayo documental sobre la vida interna de los grupos que podrían llevar a cabo ésa utopía: siguiendo principalmente a Ted, líder de uno de los colectivos, Kramer realizará una radiografía precisa y lúcida sobre los movimientos de izquierda de fines de los años ´60, un anticipo quizás del destino de los sueños liberadores de entonces. Habrá sí algún operativo coordinado y hasta enfrentamientos, pero lo central de la película pasará por las discusiones colectivas entre los miembros de los diferentes grupos revolucionarios durante la organización de las operaciones (donde se problematiza la idea de la revolución armada, el respaldo popular y la virtualidad de las consignas) y el registro de la experiencia de vida colectiva en un clima de paranoia general, con la entrega y camaradería recíproca, pero también los dilemas que acosan a los protagonistas.

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Formalmente virtuosa a pesar de su economía de medios, filmada en un blanco y negro fuertemente granulado propio de los 16 milímetros (sin dudas pariente de John Cassavetes), Ice es como se dijo la puesta en escena de una fantasía colectiva pero inserta en la más cruda realidad: Kramer filma los espacios de Nueva York en planos secuencia que captan la vida pública de su época. También privilegia los planos secuencia en los interiores, donde se desarrolla la ficción propiamente dicha, con el uso de la cámara al hombro y el zoom para llegar a abarcar a todos los personajes en una misma secuencia, elevando la ficción a un grado de realismo radical. Cada tanto, se intercalarán sin aviso nuevos carteles con consignas revolucionarias (alguna combinada con fotografías de marchas y manifestaciones de protesta), que encuadran simbólicamente la acción: “liberación” y “el poder para el pueblo” son las más repetidas. Sueños que a la distancia nos hablan de un mundo que estaba a punto de despertar a su peor pesadilla.

Por Marín Iparraguirre
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Se relanza la revista Cinéfilo

Los amantes incondicionales

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El pujante movimiento cinematográfico local vivirá hoy miércoles un pequeño hito largamente merecido: a las 19, y en el Centro Cultural España Córdoba (Entre Ríos 40), se presentará la primera revista de crítica de cine local de tirada masiva, titulada “Cinéfilo”. El nombre destaca en primer lugar la pasión que une a sus responsables, el amor incondicional al cinematógrafo, pero también refiere al lugar físico que los nuclea, el Cinéfilo Bar (Bv. San Juan 1020, esq. Mariano Moreno), convertido ya en un verdadero faro para los amantes cordobeses del cine, y de cuya entraña surge el equipo que concretará esta empresa que deberá enfrentar grandes riesgos financieros, estéticos y artísticos.
Porque como explica la presentación, la revista (que ya existía como edición de difusión de la programación del cineclub homónimo) ahora se independizará en las actividades de la ciudad, con el objetivo de constituirse en una publicación especializada a la altura de los referentes del género, tanto a nivel nacional como internacional. “La revista se propone acompañar y pensar la actualidad del cine según una agenda doble, que combine los estrenos locales con las novedades presentadas en el circuito internacional de festivales. Descubrir, describir y pensar los movimientos del cine contemporáneo: allí hace foco Cinéfilo”, adelanta la presentación. “Pero en el deseo de detectar, agrupar y pensar las tendencias que resultan más representativas del presente, también interesa volver al pasado en busca de los orígenes y/o antecedentes de los nuevos cines: un ida y vuelta capaz de enriquecer cada obra al enmarcarla en una historia mucho más amplia. Ofrecemos una revista moderna, de contenido exclusivo y de calidad; una revista de culto, de lectura y de colección”, finalizan los responsables de Cinéfilo. Que son ni más ni menos que un grupo de críticos locales que combinan experiencia con pasión y juventud, formado por Martín Álvarez, Martín Emilio Campos, José Fuentes Navarro, Santiago González Cragnolino, Inés Moyano, Leandro Naranjo, Fernando Pujato, Rosendo Ruiz y Ramiro Sonzini.
El primer número, que se presentará hoy, ya es una muestra de las ambiciones de la publicación: además de analizar estrenos tan disímiles como “Tabú”, del portugués Miguel Gomes, “La noche más oscura”, de Kathryn Bigelow, la impactante “The act of killing”, de Joshua Oppenheimer, o “Django sin cadenas”, de Quentin Tarantino; la revista incluye ensayos sobre los “Mundos de ficción” o el género del thriller, una cobertura diaria del último Bafici, entrevistas en profundidad con realizadores como Raúl Perrone y Matías Piñeiro -que abordan sus últimas películas, “P3ND3JO5” y “Viola”, respectivamente-, o verdaderas joyas escondidas como una charla pública con el director brasileño Júlio Bressane o un texto del crítico australiano Adrian Martin sobre la gran película “Jerry and me”. En la era de la realidad virtual, además, la revista apostará a una existencia en papel de alta calidad, con un precio de venta popular, un desafío para nada sencillo.
Diversidad y calidad a fin de abordar ese luminoso objeto del placer y el deseo que es el séptimo arte. Para hacer honor a dicho objetivo, la presentación de la revista incluirá una charla con Fernando Pujato, Roger Koza, José Fuentes Navarro y Martín Alvarez, bajo la moderación de Alejandro Cozza, con la proyección del citado filme “Jerry and me” (Irán/USA, 2012, 38 min.), de Mehrnaz Saeed-Vafa. La cita es el miércoles 12 de junio, a las 19, en el CCEC, con entrada gratuita.

Por Martín Ipa

Published in: on 12 junio, 2013 at 13:48  Comments (2)  
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El espacio entre los dos

Deseo e identidad

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Como en otras oportunidades, el complejo de cines Gran Rex apostó nuevamente al cine local con el reestreno de “El espacio entre los dos”, la esperada película del joven Nadir Medina, que ya fuera proyectada el año pasado en el circuito de exhibición independiente de la ciudad (y se verá hasta el jueves en el complejo de la avenida General Paz). La noticia es bienvenida porque se trata de uno de los filmes más representativos de esa entidad un tanto difusa, ciertamente heterogénea, pero en franco crecimiento que es el nuevo cine cordobés, capaz de confirmar también las posibilidades técnicas y cualitativas que habitan en su seno. Ocurre que el filme de Medina responde a un modelo de cine autogestionado, financiado con el sistema “crowdfunding” (cooperación colectiva de personas que financian proyectos de desconocidos), e impulsado por las ganas y necesidades del director y sus compañeros de equipo. Y el resultado es una obra que retrata un universo preciso con una honestidad inusual. Ese universo es, claro, el del propio Medina, que filmó su película con sólo 22 años y plasmó en ella las vivencias y dilemas de ésa edad en la que se empieza a abandonar la adolescencia para ingresar al mundo adulto, con una dignidad que comenzaremos por destacar.

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Lo primero en el filme es el sonido, uno de sus protagonistas: sobre un fondo negro, escuchamos la voz de Malena (Florencia Decall, casi una revelación), que presenta el último tema que tocará la banda que compone junto a su novio Pablo (Santiago Zapata) y el mejor amigo de ambos, Tomás (Gustavo Kreiman, ambos muy bien). El plano se abrirá a los rostros y los cuerpos de los intérpretes, que acaso están viviendo un pequeño sueño, aunque sea actuando en una fiesta de amigos: la adrenalina del escenario se trasladará a los primeros momentos fuera de él, cuando los tres puedan charlar en la barra del lugar. Pero ya se podrá advertir allí una tensión oculta, que momentos después se explicitará en una escena sutilmente virtuosa (más allá de su resolución) en un baño: Tomás siente celos de la relación de sus amigos de la infancia, hay un extraño triángulo en curso.  Esa primera parte de la película, filmada mayoritariamente con planos cerrados en cámara en mano y compuesta de climas inquietantes por su ambigüedad, culminará con otra escena heterodoxa, esta vez en el techo de la casa, donde la película se permite abandonarse a la contemplación existencial que experimenta Tomás, que se entregará al amanecer del nuevo día. Son diez minutos donde el filme cede a todo impulso narrativo y se abre a la contemplación extasiada del mundo: esa apuesta por la ambigüedad es lo mejor de la película de Medina, pues allí logra captar la experiencia existencial de sus protagonistas, la incertidumbre ante el mundo que se avecina.

Poco después comenzará la segunda parte, cuando los protagonistas emprendan el regreso a casa por las calles de Río Ceballos, nada casualmente la ciudad original del director. Entre anécdotas, juegos y canciones enteras intercaladas por Medina en la trama (convirtiendo legítima y coherentemente a la música en un protagonista más, aunque roce la estética del videoclip), se comenzarán a conocer las motivaciones de Tomás, que mezclan el deseo, la nostalgia del pasado y cierta inocencia perdida, alguna búsqueda de identidad y el temor al porvenir: nada, sin embargo, quedará muy explicitado, pues sólo asistimos a un día en la vida de estos personajes. Precisamente, la virtud de Medina está en resistirse a las categorías convencionales para narrar el estado de la adolescencia: ni el minimalismo abúlico de algunos filmes del Nuevo Cine Argentino, ni el oscurantismo gratuito y políticamente abyecto de sus contrapuntos norteamericanos. Estos personajes pertenecen a otra categoría y otros espacios geográficos y culturales, por eso resulta pertinente cierta inocencia que destilan en los diálogos, más cercana a la cosmovisión de la juventud que existe en los pueblos del interior argentino.

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Filmada casi completamente con cámara en mano, las mayores virtudes de “El espacio entre los dos” son formales: gracias a los planos secuencia, la cámara se convierte por momentos en una entidad más que recorre las escenas como un testigo silente, aunque Medina muestra cierta predilección por filmar los cuerpos (ver el modo en que registra los besos), lo que lo lleva a cerrar los planos (aunque aún así puede utilizar la profundidad de campo, y volver significativo el fondo del plano). En ese sentido, es notable el trabajo de los intérpretes, que además de lidiar con una cámara cercana, deben trabajar escenas largas y traducir en ellas una multiplicidad de emociones a través de simples gestos. El sonido, a cargo de Álvaro Martin, es otro punto alto del filme, así como también la fotografía de Santiago Seminara, que cobra protagonismo en el espacio público y utiliza al sol como una pátina para embellecer las escenas. Nada hay para reprochar en esos aspectos: quizás lo más flojo pase por el guión (también a cargo de Medina, así como la producción), que muestra problemas a la hora de resolver ciertas escenas y explicitar lo que antes permanecía sugerido. Esa tentación por cerrar interpretaciones, acompañada a veces por cierto abuso de la música extradiegética, terminan jugando en contra de las posibilidades de la película, aunque no mellan para nada la honestidad y la frescura de la propuesta.

 

Por Martín Iparraguirre

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