El gran Gatsby

El brillo de las superficies

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Toda transposición de una obra literaria al cine es necesariamente infiel, ya que se trata de lenguajes distintos: lo que aquél narra con palabras, éste lo debe traducir a imágenes y sonidos. En el caso del australiano Baz Luhrmann, director de la en su momento resonante Romeo y Julieta (1996) y la elogiada Moulin Rouge (2001), la supuesta infidelidad se debe dar por descontado desde el inicio, pues sus apropiaciones resultaron siempre tan personales como controvertidas, al punto de que su filmografía puede ostentar una coherencia inusual, que algunos incluso elevarían a la categoría de autor (a pesar de que está bien lejos de articular una visión que ofrezca un posicionamiento sobre el mundo que nos rodea). Los problemas de El gran Gatsby, su nueva versión del clásico estadounidense de Francis Scott Fitzgerald (que recientemente inauguró la 66 edición del Festival de Cannes), pasan entonces por otro lado: el comentarista arriesga que por el propio universo que construye Luhrmann, tan superficial como las luces de colores que lo animan.  Y no es que el gusto del director por los excesos estéticos y musicales sea malo en sí mismo. Incluso, se diría que la película logra funcionar en sus propios términos durante los primeros 45 minutos, cuando la trama aún no se ha encauzado y Luhrmann puede regodearse con ese universo de fantasía pop que nos ofrece, cual producto de la Disney embelesado con el lujo y la exuberancia ilimitada de la aristocracia, con un diseño de arte deslumbrante que no excluye el uso de tecnología digital ni tiene miedo de abrumar al espectador con su pomposidad y barroquismo. Los problemas aparecen cuando debe ir más allá de esta superficie brillante: Luhrmann se revela entonces como un narrador mediocre, incapaz de construir personajes creíbles, ni profundizar en el desarrollo dramático de los conflictos que plantea. Todo se queda en la pura artificialidad.

Gran Gatsby

Organizada a través del relato en off de Nick Carraway (un insulso Tobey Maguire), un inocente aspirante a escritor de clase media que azarosamente se encontrará en medio de una tragedia amorosa, el filme adoptará su punto de vista para ingresar al mundo de fantasía del misterioso Gatsby (Leonardo Di Caprio,  por lejos el mejor): una existencia marcada por el lujo y los excesos típicos de nuevo millonario, cuya mayor expresión son las portentosas fiestas desarrolladas en su mansión ubicada a la orilla del mar, que Luhrmann musicalizará nuevamente con sonidos de nuestro tiempo (con clásicos del jazz adaptados a la marcha del hip hop o la música electrónica, a cargo de Beyoncé y al rapero Jay Z), en patente contradicción con la época diegética de la película. Es que corren los años ´20, y Nueva York parece ser una fiesta perpetua capaz de alcanzar a todas las clases sociales, al menos en la visión de Luhrmann, que apelará a imponentes panorámicas aéreas para reconstruir digitalmente una ciudad de fantasía, donde todas las luces de sus edificios relucen al anochecer. Pero en medio de todo el goce y el desenfreno, una tragedia de aires clásicos se cocina silenciosamente. Ocurre que Gatsby ha tomado contacto con Nick con un propósito secreto: recuperar a Daisy (Carey Mulligan), el gran amor de su vida, casada ahora con un millonario que la engaña y subestima, pero que ostenta toda la suficiencia y prepotencia de su clase social. La propuesta será entonces resolver este triángulo amoroso mientras a través de Nick descubrimos la verdadera cara de Gatsby, sin dudas la encarnación del mayor mito norteamericano de todos los tiempos, aquél del hombre que puede construirse a sí mismo.

Gran frente a frente

Filmada con una especie de fruición narrativa que apela a un bombardeo de estímulos visuales y cortes abruptos de montaje para intentar darle dinamismo a la película, la paradoja es que el propio esquema narrativo planteado por Luhrmann conspira contra ese objetivo: el relato en off (que incorpora pasajes textuales de la obra original) se vuelve pesado por momentos, redundante la mayoría de las veces, otras directamente intrascendente. Este lastre literario termina apoderándose de la película, que al sumar baches y elipsis varias, acaba siendo una mera ilustración de lo que narran las palabras, sin poder generar un universo con vida propia (y su máxima expresión serán pasajes del relato oral que aparecerán sobreimpresos en la imagen, con letras que vuelan hacia el espectador en la versión 3D). La pirotecnia visual encontrará así su complemento lógico en el relato: una intrascendencia dramática que rara vez podrá superar la apatía. Y es que el artificio y el lujo no se suelen llevar bien con los verdaderos sentimientos.

 

Por Martín Iparraguirre

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