De jueves a domingo

El espacio compartido

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Más allá de las categorías de realidad y ficción -que suelen funcionar más como guiños publicitarios al espectador que como conceptos fértiles para pensar las películas- el cine es un arte capaz de abrir nuevos espacios existenciales: sentados en una sala oscura, con la mirada de frente a la luz que nos interpela, la gran pantalla se convierte en una ventana privilegiada al mundo, que nos permite acceder a las infinitas formas de existencias que lo habitan, sean éstas reales, inventadas o una mezcla indiscernible entre ambas. Esta verdad palpita en cada fotograma: que el cine es un modo de (re)descubrir nuestro entorno, tanto público como privado, y la ética y la conciencia de una película pasa por el modo en que está orquestada dicha mirada (puesto que las decisiones formales son las que van a condicionar nuestro acceso a esa otredad y nuestras posibilidades interpretativas). Un problema que se complejiza cuando el espacio a filmar es una intimidad: ¿Cómo registrar la dimensión de lo privado? “De jueves a domingo”, ópera prima de la chilena Dominga Sotomayor -que desde se podrá ver en el Cineclub Municipal Hugo del Carril-, es una respuesta sorprendentemente lúcida a estos interrogantes.

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Ocurre que su tema no podría ser más personal: la separación de un matrimonio joven mirada desde el punto de vista de sus hijos. O más precisamente, de uno de sus hijos, la pequeña Lucía (gran trabajo de Santi Ahumada), niña preadolescente que a sus diez años se prepara para ingresar al mundo de los adultos, alter ego indisimulable de la directora, que privilegiará su mirada para descubrir la crisis que  experimentan Fernando (Francisco Pérez-Bannen) y Ana (Paola Giannini) en un pequeño viaje familiar de fin de semana largo, junto a su pequeño hermano Manuel (Emiliano Freifeld), de siete años. El primer plano de la película resulta una síntesis de su propuesta formal: en una toma general fija se registra la habitación de Lucía, que duerme en su cama al frente del plano, mientras por atrás podemos ver a través de una gran ventana y en profundidad de campo el auto familiar preparado para el viaje. Es una propuesta tanto visual como narrativa, que busca aprovechar todas las dimensiones del plano y confiar en el espectador para que las interprete, aún cuando la narración se desarrolla través de los detalles, nunca en forma explícita: “¿Estás seguro de que querés que vaya?”, le preguntará Ana a su marido en el fondo de la pantalla, dando el primer indicio de que las cosas no andan bien, mientras Lucía es arrancada de la seguridad de su lecho para enfrentar la incertidumbre que se avecina; que como veremos trascenderá el simple viaje que inician hacia el norte chileno. Road movie intimista, “De jueves a domingo” se internará desde allí en más en el automóvil familiar para registrar el progresivo descubrimiento infantil de las complejidades del mundo adulto: la cámara adoptará su mirada lateralmente, filmando el vehículo desde todos los ángulos posibles, pero reponiendo el punto de vista perceptivo de la niña. El espectador irá descubriendo junto a ella los conflictos que acechan a la pareja, la decepción de Ana y su posible interés amoroso por un amigo que se cruzarán en la ruta, la intransigencia de él, sus conflictos apenas sugeridos y los celos que siguen vigentes. El propio viaje fungirá como una metáfora del destino familiar: la primera parada será en un templo improvisado a una familia muerta en la ruta, se quedarán en un camping serrano y terminarán en el desierto, en un terreno familiar abandonado que podría ser el futuro hogar de Fernando.

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Formalmente delicada, con una cuidadísima fotografía a cargo de Bárbara Álvarez, el filme resuelve las incógnitas planteadas al inicio de esta nota con un respeto absoluto a la intimidad creada por su realidad diegética: nada está enfatizado, ningún juicio está dirigido, todo se dispone para que el espectador descubra por sí mismo los significados de la trama. De allí la predominancia de planos fijos, tanto en el espacio íntimo como en los lugares públicos, aunque en los segundos se impone la distancia a partir de la apertura del cuadro, acaso porque allí se quiebra esa intimidad compartida hasta entonces sólo por nosotros, que Sotomayor parece cuidar al extremo ante la progresiva disolución que experimenta. Película sobre la maduración, la máxima intervención de la joven directora (que al filmar la película contaba con sólo 25 años) se limita al recurso de la metáfora formal, lo que demuestra su propia madurez cinematográfica: el hermoso plano final sintetiza la situación de la familia, y en vez de clausurar abre las interpretaciones hacia nuevas direcciones. Es que nada es definitivo en “De jueves a domingo”: al espectador, que pudo acceder a una realidad existencial limitada a un fin de semana, le tocará completar la historia.

Por Martín Iparraguirre

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