Iron Man 3

Otra vuelta de tuerca

 Iron Man 3 with Robert Downey Jr

Los superhéroes parecen ser los grandes protagonistas del Hollywood actual, no sólo en términos financieros -ya que hoy por hoy protagonizan los filmes más rendidores, como demostraron Los Vengadores y el Batman de Christopher Nolan- sino también políticos: se trata del género que ha mostrado mayor empeño en abordar los dilemas del Estados Unidos post 11 de septiembre de 2001 (no tanto sus consecuencias). Algo que por cierto resulta absolutamente coherente puesto que los cómics fueron siempre un modo de simbolizar los grandes conflictos del imperio del norte, por cierto un método fantástico de creación de sentido y naturalización de ciertas ideologías. Suerte de terapia colectiva por momentos, destinada a restaurar la moral del cuerpo social y la fe en el “American way of life” en sus peores versiones, el género puede servir también para problematizar esos mismos temas y repensar la coyuntura histórica bajo una nueva óptica.

La última entrega de Iron Man, dirigida esta vez por Shane Black (reconocido guionista de Arma mortal, El último Boy Scout y El último gran héroe) es un buen ejemplo: el clásico tono irónico de la serie está apuntado esta vez a los discursos políticos y mediáticos que se tejen en torno al terrorismo internacional, e incluso también a las construcciones que sobre el tema proponen otras franquicias del género (al autor, le parece la mejor respuesta a Batman: The Dark Knight Rises). Aún con ciertos dobleces que parecen inevitables (¿cómo olvidar que el héroe en cuestión es un millonario que hizo su fortuna vendiendo armas?), Iron Man 3 se presenta como uno de los productos del mainstream norteamericano que mejor han sabido leer el derrotero de la guerra contra el terror, con la virtud de evitar todo tipo de ampulosidad y destilar su mirada crítica a través del humor y la parodia.

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La propia voz en off  de Robert Downey Jr., imprescindible intérprete de Tony Stark/Iron Man (no sólo por su carisma: las referencias metalingüísticas a su vida privada son una clave en la construcción del personaje), abrirá el filme narrando un acontecimiento del pasado, ocurrido en la noche de la llegada del nuevo milenio. Dandy empedernido, Stark intentó allí seducir a una hermosa científica (Rebecca Hall) que quería mostrarle sus experimentos para modificar el ADN de las personas a nivel cerebral, momento en el que también dejó desahuciado a otro seguidor, Aldrich Killian (Guy Pearce), que le había llevado sus propias ideas. Planteo más bien clásico, unos diez años después el pasado volverá para cobrarle sus deudas: será con la irrupción del villano El Mandarín (Ben Kingsley), una estereotipada reencarnación de Osama Ben Laden que amenaza al presidente norteamericano con videos caseros, donde pretende darle algunas lecciones que son acompañadas por diversos atentados en suelo estadounidense.  ¿El método? El más clásico hombre-bomba que se detona en espacios públicos, aunque cada ataque tiene la particularidad de no dejar ningún rastro del ejecutante, lo que entronca directamente la trama con los experimentos auspiciados por aquella señorita. Para complicarla, Stark vive en un estado de ansiedad constante y acosado por episodios de ataque de pánico generados por la experiencia vivida en Los Vengadores, cuando tuvo que enfrentar a la banda del Dios Loki.

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Narrativamente ágil, al punto de ostentar cierta ansiedad que la lleva a repetir elipsis en su trama y a abusar a veces del montaje, Iron Man 3 practica cierta deconstrucción de los formatos audiovisuales que adopta (o se adosan al) terrorismo en el norte: los mensajes de El Mandarín irrumpen en medio de la narración con su estética de televisión basura, colores contrastados y montaje acelerado. Pero lo central es que nada aquí es lo que parece, y el propio terrorismo puede llegar a ser una farsa detrás de la cual se esconden oscuros negociados (ni siquiera el presidente norteamericano –de ficción– se salva de los dardos de Black, que lo vincula con negocios petroleros y hasta lo hace ver como un títere). Con escenas de acción apoteósicas, filmadas con una suficiencia que estos productos rara vez alcanzan a cubrir (privilegiando planos abiertos que permiten entender los acontecimientos y ubicarlos en el espacio), el tono general del filme es, empero, la comedia y el humor irónico, con eje por supuesto en Stark/Downey Jr., pero plagado de comentarios laterales que exceden a la franquicia Marvel (por ejemplo, la irrupción del Iron Man del gobierno en un taller clandestino de ropa deportiva en Medio Oriente). Con lo que el género recupera posibilidades que parecían perdidas entre tanta gravedad impostada: la ventura de unir comedia con inteligencia, placidez estética con cierta voluntad por problematizar las miradas ingenuas que se presentan sobre el mundo contemporáneo. Nada mal para un tanque que, supuestamente, sólo buscaba divertir.

 

Por Martín Iparraguirre

Copifelpt 2013

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