Amor / Amour

El plano ético

 amour contra

La película más exitosa del austríaco Michael Haneke resultó ser, no sin cierta lógica, un filme sobre el amor. Ocurre que el cineasta de la maldad por excelencia es también el cineasta de la delicadeza: pocos directores han podido filmar la decadencia del cuerpo humano con tanta rigurosidad, tanto respeto y precisión como Haneke en Amor, filme que mereció dos de los mayores premios que otorga el cine mundial (la Palma de Oro del Festival de Cannes 2012 y el último Oscar a Mejor Película Extranjera). Se dirá como se ha dicho que se trata de su película más amable, que los filmes sobre enfermedades suelen garantizar premios y aplausos, o que la propuesta esconde una enorme vanidad (como si el tema fuera tabú): allí están las imágenes (que podremos volver a ver desde hoy hasta el domingo en el Cineclub Hugo del Carril, y seguramente en el Cine Teatro Córdoba más adelante) para contrarrestar las críticas livianas. Amor no es precisamente un filme simpático ni condescendiente con el espectador, como tampoco una obra que busque manipular arbitrariamente sus sentimientos. Más bien, Haneke filma con la mayor objetividad a la que pueda aspirar la ficción, la tragedia íntima de toda experiencia humana, su enfrentamiento final con la muerte.

amour espacios

Quienes vivirán esta odisea serán Georges y Anne (interpretados magistralmente por los míticos Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, en lo que puede considerarse su obra testamentaria), un matrimonio de músicos ancianos de la burguesía acomodada parisina. El plano de apertura es, en realidad, el plano final del filme: tras unos títulos en negro, unos bomberos irrumpen en una vivienda. La cámara, que filma desde el interior del lujoso departamento, seguirá en plano secuencia a los investigadores recorriendo todos los espacios del lugar hasta dar con el cuerpo de una anciana recostado en la cama matrimonial. Lo que seguirá es el registro cuidado de cómo se llegó a esa situación. Tras una secuencia en la que se muestra al matrimonio protagonista en un concierto de piano, Haneke se internará en ese departamento para registrar la vida íntima de la pareja y nunca salir de ése espacio físico y existencial. Es que a la mañana siguiente del concierto, Anne vivirá un lapsus y su conciencia quedará suspendida por unos segundos. Hasta ese momento, la cámara habrá mantenido una distancia prudente de los protagonistas; recién allí recurrirá al primer plano: se trata de la irrupción de lo ominoso. Elipsis mediante, en la escena siguiente veremos a Georges explicándole a su hija (Isabelle Huppert) que Anne ha sido operada sin éxito, por lo que tiene la mitad de su cuerpo paralizado, no puede caminar y necesita de su cuidado.

amour atención

El cine es siempre una dialéctica entre el espacio público y el espacio privado, y en el modo en que cada uno son registrados finca la ética de un filme. Aquí, el posicionamiento de Haneke es siempre respetuoso con sus personajes, y preciso en su pertinencia formal: apelando mayormente a planos medios fijos, el director mantiene siempre una distancia prudente de los cuerpos de sus protagonistas, y el énfasis está dado más por los acontecimientos que por el posicionamiento de la cámara o el uso de otros elementos (como sonidos o el montaje) para enfatizar lecturas o sentimientos. Y es que lo que veremos no es cualquier cosa: se trata de la progresiva decadencia física y mental de una persona y de los esfuerzos de su compañero para ayudarla, aunque se verá cada vez más superado por los acontecimientos al mismo tiempo que intenta resguardar la intimidad de la pareja de toda irrupción externa, incluida la de su propia hija (cuya reacción pasa de la frialdad a la perplejidad y la incomprensión). Se trata de un acto de entrega amorosa que no se expresa en gestos ampulosos, sino en la cotidiana atención del compañero, aún a costa de su propia salud y estabilidad emocional. Lo notable es la delicadeza con que Haneke registra esa intimidad en decadencia sin agotar lecturas ni agregar explicaciones a las imágenes, con excepción quizás de dos momentos: un sueño en el que Georges se ve ahogado por una mano extraña (expresión de su propia angustia ante la situación) y la ya polémica irrupción de una paloma en ése hábitat cerrado, en dos escenas que despertaron críticas por doquier (por su gratuidad y por constituir una metáfora gruesa de lo sucedido). Pero en su relación con los seres que pueblan su película, Haneke no solamente es impecable sino que demuestra que el plano es también una cuestión moral: su dignidad no está en el tema que aborda sino en el modo en que filma a los otros. La elegancia formal de Amor no quita potencia a su cine ni banaliza las situaciones que muestra, más bien al contrario, aquí no hay alivio que valga: para muestra, bastan los planos finales de esa casa abandonada, con la hija de ambos en busca de explicaciones para lo inexplicable.

Por Martín Iparraguirre

Copyleft 2013

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