La chica del sur / Villegas

El espacio de lo íntimo

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El autor quiere justificarse desde el comienzo, porque volverá a insistir otra vez con una película del circuito de exhibición alternativo de la ciudad: ocurre que por allí sigue pasando el mejor cine que se puede ver en Córdoba (aunque vale destacar algunos de los estrenos del jueves en salas comerciales, como Amor, de Michael Haneke, y The Master, de Paul Thomas Anderson), y desde hoy hasta el domingo el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver Agenda) estrenará otra joyita imperdible, nuevamente argentina para aumentar el encanto. Hablamos de La chica del sur, de José Luis García (responsable también de la excelente Cándido López: los campos de batalla), filme que por estos días cobra además una inusitada actualidad por el nuevo pico de tensión que vive la frontera entre las dos Coreas. Claro que primero se debe aclarar que el gran valor del filme no reside sólo en el registro de uno de los nudos gordianos de la historia política del Siglo XX, sino sobre todo en la exposición de dos intimidades atravesadas por esos vientos de pasiones colectivas.

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Porque sí, La chica del sur es un documento invalorable sobre una época pretérita que hoy parece literalmente de otro planeta: su trama inicia con un viaje que el director protagonizó por azar en 1989 a Pyongyang, capital de la Corea del Norte comunista, para participar de un Festival Mundial de Estudiantes organizado por la URSS. Era un encuentro que buscaba mostrar a Occidente ese mundo escondido, probablemente demonizado,  aunque la historia lo convertiría en uno de los últimos estertores de la utopía comunista, ya que unos meses después caería el Muro de Berlín y con él los sueños y pesadillas de más de un siglo político. Un joven José Luis García, de unos 22 años, registraría con notable pericia esa experiencia alucinante en una cámara VHS, y en la primera media hora asistimos en efecto a las imágenes de la vida multicolor de un mundo extinto: debates de los estudiantes (con consignas que revelan la mentalidad de su tiempo), marchas, desfiles, fiestas y encuentros variados, con una fastuosidad acorde a un evento mundial. Hasta que en medio del bochinche, aparecerá una joven que se convertirá en el centro del encuentro y acaparará la mirada de todos: Im Su-kyong, una estudiante de Corea del Sur que cruzó ilegalmente la “frontera más vigilada del mundo” para pedir la reunificación de su país. Una aparición que convertirá súbitamente a la pequeña Su-kyong en la máxima celebridad mediática del país, quizás en la encarnación física de su tiempo histórico, hasta el punto que el propio director quedará atrapado, quizás enamorado, de ella. Y la travesía tomará abruptamente otro camino, pues García se obsesionará desde entonces con Su-kyong y la seguirá durante todo el resto de su viaje.

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Tanto, que veinte años después el director intentará averiguar qué fue de su vida y comenzará la verdadera película, porque La chica del sur es también el diario íntimo de un hombre en su relación con el mundo y la historia. Junto a un amigo que oficiará de traductor, García emprenderá así otro viaje a Corea, esta vez al sur, para entrevistar a Su-kyong, convertida en una profesora de la universidad de Seúl, aunque lo que encontrará no será lo esperado: el tiempo ha cambiado tanto como sus mentalidades, y Su-kyong exhibe las heridas de una vida expuesta al ámbito público. Si bien su hospitalidad es ostensible, la mujer retrasará la entrevista pactada mientras director y traductor la acompañan en su vida cotidiana, hasta que la tensión los devolverá a Argentina sin aquel encuentro. Pero cuando todo parece perdido, la propia Su-kyong aparecerá en Buenos Aires para visitarlos y darles la entrevista prometida, aunque incluso aquí las cosas serán complicadas: lo notable es cómo García incorpora el azar y las dificultades que se le presentan a su propia obra sobre la marcha, componiendo un diario indirecto sobre el propio proceso de realización, además de una radiografía sobre esa otra intimidad atravesada por la historia y marcada por una vida de exposición pública. El resultado es un filme sumamente humanista, que como pocos es capaz de reflexionar sobre las consecuencias de la historia en la vida privada y en la constitución de las subjetividades de los sujetos que la habitan.

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Por lo demás, al menos una semana más permanecerá en las carteleras del Patio Olmos el muy recomendable filme Villegas, de Gonzalo Tobal, otra nueva incursión del cine joven en el interior argentino, aunque esta vez con un formato particular: especie de thriller asordinado por momentos, drama íntimo sobre la construcción de la identidad, la película narra el viaje de dos primos a su pueblo natal (General Villegas) para asistir al entierro de su abuelo. Cada uno carga con sus propios dilemas: Esteban (Esteban Lamothe) está a las puertas del casamiento, mientras Pipa (Esteban Bigliardi) ve que su carrera de músico fracasa, aunque hay resentimientos mutuos de un pasado nunca explicitado, además de personalidades opuestas. Será en realidad un viaje de autodescubrimiento, acaso también de arreglo de cuentas pendientes con el pasado, pero Tobal no apela nunca al énfasis y basa su narración en la construcción de los detalles y en la dosificación de la información, lo que permite multiplicar las interpretaciones: Villegas se convierte así en un ejemplo de relato honesto sobre el desarrollo de una intimidad en las relaciones familiares y de clase. Bastante más de lo que cualquier película de Hollywood suele ofrecernos cada semana.

 

Por Martín Iparraguirre

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