Germania

El sentimiento de lo trágico

 GERMANIA hermanos

El circuito de exhibición alternativo de la ciudad ha vuelto a su plena actividad, y con él la posibilidad de acceder a una pequeña parte de la riquísima multiplicidad de estéticas y formas que ostenta el cine contemporáneo del mundo, con el argentino incluido. Un buen ejemplo es el estreno nacional que ofrecerá desde hoy, hasta el domingo, el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en http://www.cineclubmunicipal.org.ar/contenidos/2013_03/sec_ciclo_03.php?sec=cine), que viene de ganar el Premio Especial del Jurado en el último Bafici y el Premio a la Mejor Ópera Prima del Hamburgo Film Festival. Germania, de Maximiliano Schonfeld, es un filme que parece de otro planeta si se lo compara con los tanques hollywoodenses que dominan nuestras carteleras: suerte de ensayo íntimo sobre la decadencia de las formas de vida tradicionales en el interior argentino, retrato existencial de las relaciones sociales y familiares en un microcosmos rural, el filme es también una experiencia estética de otro orden para el espectador urbano. No sólo porque haga de la ambigüedad un planteo narrativo, sino por lograr que la captación del espacio se convierta en una verdadera poética, es decir una forma que genera significados (y un modo de habitar ese mundo).

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La primera escena ya sugiere una búsqueda particular. En plano general, a considerable distancia de los protagonistas, Schonfeld registra el juego de unos adolescentes en medio del campo sembrado. Se trata sin dudas de un escenario bucólico, aunque en adelante el director no hará más que complejizar al extremo la idea de un paraíso perdido (y el roce de los cuerpos ya anticipa uno de los ejes centrales de la película: la represión sexual y el deseo como escape a una existencia anulada). Ya en la tercera escena se habrá planteado el conflicto principal: en un pueblo rural de Entre Ríos, una familia de ascendencia alemana vive una suerte de marginación social a partir de una extraña peste que se ha desatado en su granja, cuyas gallinas y vacas mueren sin explicación, por lo que debe protagonizar un éxodo obligado a tierras más promisorias, donde un familiar les ofrece trabajo con la soja. Lo que narra Schonfeld es precisamente el último día en Sata Rosa de la familia compuesta por una madre viuda (Margarita Greifenstein) y sus dos hijos adolescentes, Brenda (Brenda Krütli) y Lucas (Lucas Schell), aunque de fondo registra en realidad la vida entera de una comunidad, tanto en su expresión material como simbólica. Porque Germania no es tanto lo que se narra en la superficie como lo que late y se desarrolla de fondo, una especie de malestar existencial colectivo, quizás la silenciosa extinción de una comunidad que ha entrado en decadencia, posiblemente a causa de los nuevos modos de producción del campo.

Lo cierto es que cada quién vivirá su propio (y secreto) derrotero. Por un lado, Brenda está embarazada y analiza escapar con el supuesto padre de su hijo, un obrero que intenta evitarla; mientras que Lucas se preocupa por el destino de sus perros y secretamente se debate por la relación con su hermana; y la madre enfrenta el rechazo de la comunidad con el único apoyo del hermano de su ex marido, con quien tal vez tenga un interés amoroso. La tensión sexual atraviesa todas las relaciones y el incesto es una posibilidad siempre sugerida, ya que la gran virtud del director es el manejo de la información y el uso de la ambigüedad, que por momentos acercan al filme al thriller (sobre todo con los climas generados por la música en off, inquietantes cuerdas que refleja la turbación de los protagonistas), aunque en realidad está lejos del género. Porque Germania es un filme sobre el sentimiento de lo ominoso, sobre la violencia íntima que implica toda pérdida, y que suelen experimentan los excluidos o los condenados, aun en un plano meramente simbólico.

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Resulta notable el modo en que Schonfeld capta esta experiencia: con planos medios fijos o planos secuencia modestamente virtuosos, que aprovechan a fondo la profundidad de campo y contienen casi siempre el desarrollo total de una escena, el director consigue un complejo equilibrio entre lo explícito y lo implícito, entre la información que continuamente la película agrega desde los diálogos y aquello que se desarrolla bajo la superficie, lo verdaderamente importante, esa tragedia sorda que experimentan los protagonistas, y que contrasta con el hábitat que los rodea. La dialéctica entre el espacio físico y la intimidad de los personajes se vuelve así una clave interpretativa central, un modo de enriquecer los significados de la película, así como también el uso virtuoso del sonido y de la luz (protagonista excluyente del hermoso plano final, entre otros), que quizás sea el mejor modo de habitar esas existencias en lucha.

Por Martín Iparraguirre

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