Festival de Mar del Plata

Primeros apuntes de las Competencias

 

A comparación de otros grandes festivales (empezando por Cannes por supuesto, pero llegando también al Bafici), el de Mar del Plata es un festival amable: ofrece muchas funciones en el día -que comienzan a las 9 de la mañana y llegan al trasnoche-, la mayoría de las películas tiene tres pasadas en diferentes jornadas, las salas ostentan cierta contigüidad espacial y hay una programación más acotada, no digo manejable pero ciertamente más pequeña, que gracias a una fina curaduría reúne a gran parte de lo mejor que se ha filmado en el año, con apuestas nuevas, evidente pasión y riesgo. Claro que aún así, seguimos estando ante un monstruo inabarcable, que ofrece una variedad tan amplia de estrenos consagrados, nuevos (y antiguos) clásicos, posibles descubrimientos y promesas varias, que el cinéfilo no puede menos que amargarse: tiene que elegir, y la elección supone siempre pérdida, oportunidades desperdiciadas. De allí que cada experiencia en Mar del Plata sea única y arbitraria, aún para el cronista periodístico, que debe cubrir las competencias pero también las secciones paralelas.

Serán alrededor de 300 películas las que se verán en nueve días, y para muestra, el autor citará uno de los dilema del primer día: quien eligió asistir a la apertura oficial, con “El muerto y ser feliz”, del español Javier Rebollo (director de “Lo que se de Lola” y “La mujer sin piano”), estuvo condenado a perderse “Sleepless Nights Stories”, de Jonas Mekas, y “Journal de France”, del gran Raymond Depardon. Aunque posiblemente tenga otra oportunidad, porque eso es lo bueno de Mar del Plata, que suele dar revancha.

Lo cierto es que este año la oferta es rica y variada; no sólo por lo que ofrecen las competencias oficiales (Internacional, Latinoamericana y Argentina), sino también por los programas paralelos: la sección Panorama reúne las últimas películas del maestro Manoel de Oliveira, de Takashi Miike, Sion Sono, Alain Resnais, Sergei Loznitsa, Depardon, Raúl Ruiz, Michel Gondry y Tsai Ming-Liang. Todos, verdaderos autores, la mayoría en el sentido estético y político del término. Una especie en extinción para muchos, pero aún viva y reunida para nosotros en esta ciudad resucitada. Ni hablar de la auspiciosa sección de nuevos directores coreanos, o el muy prometedor programa de cine alternativo español (curado por la cordobesa Cecilia Barrionuevo junto a Marcelo Alderete, sugestivamente titulado “España alterada”), la retrospectiva del director francés Bertrand Bonnello (que además es jurado de la Competencia Internacional), la selección de la también actriz Sandrine Bonaire, y hasta un programa del flamante cineclub porteño de la entrega Filmoteca presenta (Canal 7), dirigido por de Fernando Martín Peña y Fabio Manes. Y la lista podría seguir un rato más.

Como se verá, abarcar todo es imposible, por lo que aquí intentaremos reseñar lo más interesante, que este año comenzó curiosamente con la apertura. Ocurre que la selección de “El muerto y ser feliz” (Competencia Internacional, fotos 2 y 3) para la ceremonia inicial confirma cierto riesgo en la programación: Rebollo no es de los directores más queridos por la prensa especializada, por decir lo menos, y su película tampoco muestra una Argentina amable para el nacionalismo que suele dominar a nuestros medios  de comunicación (tanto opositores como oficialistas). Especie de fábula dionisíaca, cuento filosófico sobre el absurdo de la existencia (o exploración en clave cómica de los modos de enfrentar a la muerte), el filme de Rebollo hace eje en un asesino a sueldo español llamado Santos (el gran José Sacristán), que ha venido hace años a nuestro país a encontrar finalmente su destino: le han detectado un cáncer terminal, ramificado al cerebro y páncreas, que lo condena a una muerte segura. Su modo de enfrentarla no será el más ortodoxo, ya que el hombre recurrirá a un abastecimiento de morfina para el dolor, un viejo pero impecable Ford Falcon Rural y el dinero de un trabajo que finalmente no concretará, para escapar hacia el interior argentino sin rumbo fijo, en compañía de una mujer que conocerá en una estación de servicio (Roxana Blanco). Se trata dos seres solitarios arrojados a la deriva, acosados ambos por sus propios fantasmas, en lo que lógicamente se convertirá en un viaje de autodescubrimiento y aceptación.

La estética retro del filme, intensificada por lo que parece ser el uso de filtros azulados que cubren el cuadro y potencian la gama cromática de colores afines, se corresponde con la pintura de una Argentina subdesarrollada, perteneciente a otro tiempo histórico, al igual que el mismo personaje: hay un paralelismo entre el interior del país que van encontrando Santos y Erika (que viajan por Rosario, Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero y Salta) y el propio protagonista, al punto de que el paisaje llega a parecer una extensión de su propia psiquis (el mejor ejemplo es el descubrimiento de Mar Chiquita, una “mezcla entre el paraíso y el apocalipsis”, según define la narradora omnisciente).

Pero la mirada de Rebollo sobre Argentina no es despectiva ni condenatoria, más bien se trata de una apropiación cariñosa del paisaje y la cultura ajenos, que busca redescubrir aquí su propia visión del mundo: el absurdo como clave interpretativa y cómica (que domina el relato en off que orquesta la narración, que al modo de Historias Extraordinarias va explicitando y anticipando aquello que sucede), se constata en cada ciudad que atraviesan, en cada pueblo perdido del norte argentino, donde el director sí intenta retratar la idiosincrasia de los argentinos. Un absurdo que se propone no como el polo opuesto a la razón iluminista europea, sino como el último refugio para los atormentados: la constatación de la ausencia de todo significado para la existencia, lo que aquí no implica tragedia sino su opuesto, la ansiada liberación. Lo notable es que Rebollo logre transmitir todo esto mediante una apuesta radical al relato, aunque no según los modos del cine canónico, sino en sus propios y personales términos: una escritura lúdica del cine que propone al espectador entregarse al juego y la sorpresa.

Por lo demás, el filme de Rebollo constituye una visión mucho menos estereotipada de Latinoamérica que el paraguayo “7 cajas” (Competencia Latinoamericana, fotos 4 y 5), de Juan Carlos Maneglia y Tana Schembori, que a juzgar por la reacción del público amenaza con ser el gran descubrimiento del festival: la apropiación precisa de los códigos del thriller norteamericano en su vertiente más cool (léase Tarantino-Rodríguez), junto al “explotation” en su versión esteticista, bastan para catapultar a esta película como la gran candidata del público. Difícilmente otro filme logre generar tanta adhesión, aunque sus méritos esconden problemas graves, empezando por la explotación de una visión miserabilista de las clases bajas y la cultura autóctonas (lo que revela cierta imposibilidad para concebir otra apropiación del género que no sea el modelo Ciudad de Dios, aún cuando esté mejorado).  7 cajas es, sí, un thriller “ágil” y “atrapante”, que puede constituir un mecanismo de relojería, capaz de hacer de un espacio físico real (el Mercado de Asunción), una entidad viva, un personaje laberíntico con mil riesgos a sortear. Y que incluso puede darse el lujo de orquestar un discurso político en torno al dinero: insinuar cómo las clases bajas se ven arrojadas a una competencia salvaje y amoral para obtener el vil metal. Pero lo que más se festejará del filme no es su supuesto humanismo (paternalista), ni siquiera su suspenso calculado al milímetro, sino su humor corrosivo, definitivamente negro y políticamente incorrecto, que encuentra cierta correspondencia en ésa visión estereotipada del paraguayo común.

Quizás su protagonista sea el único que se salve del escarnio (junto a su compañera). Víctor es un joven carretillero que se verá envuelto sin querer en una cruda disputa entre un mafioso local, la policía y un padre desesperado en busca de dinero para salvar a su hijo, cuando le encarguen transportar un botín que no lleva lo que todos creen que tiene.  Sin saberlo, Víctor se convertirá en el blanco de todos, y la película será una persecución continua dentro de ese escenario dramáticamente fascinante que constituye el mercado de Asunción. Que por supuesto no es fácil de filmar: los planos secuencia en los pasillos del mercado demuestran cierta pericia formal, así como también algunos encuadres heterogéneos que captan acontecimientos simultáneos, aunque el gusto por el montaje acelerado y los cambios de velocidad en las acciones registradas (o el uso del sonido de modo impresionista) revelan una concepción formal precisa. Es que como ocurría con el filme de Fernando Meirelles, la propuesta formal de 7 cajas está más cerca de la publicidad que del virtuosismo de Tarantino, así como también su supuesto discurso político: aquí no hay más que paternalismo culposo sobre los marginados.

Pero el filme que no concibe ninguna clemencia por el género humano viene de Inglaterra: “Sightseers” (Turistas, foto 6), de Ben Wheatley, fue la segunda película proyectada de la Competencia Internacional y constituye una comedia negrísima que orquesta todo su humor en torno a un desprecio infinito por sus personajes. Escrita por Steve Oram, que también es uno de sus protagonistas, Sightseers hace del patetismo un verdadero credo: se diría incluso que sus responsables son incapaces de concebir una belleza que no provenga de la naturaleza, ya que los planos generales de bosques, amaneceres y montañas son los únicos que se distancian de una mediocridad formal que parece ser una extensión de la personalidad de sus personajes. Tina Red (Alice Lowe) es una solterona de 34 años, que fatiga una existencia completamente opaca junto a una madre posesiva, tal vez despótica, capaz de volcar el resentimiento por su existencia anodina en el trato a su hija, obsesionadas ambas con un pequeño perro recientemente fallecido. Contra todas sus artimañas, Tina logrará irse de vacaciones en una casa rodante junto a su novio Chris (Steve Oram), un aspirante a escritor cuyo talento es inversamente proporcional a sus obsesiones y delirios de grandeza. El problema es que apenas se cruce con un rival potencial para su ego, el tipo no dudará en asesinarlo en la forma más explícita posible, a lo que luego se sumará la propia Tina, incapaz de distinguir la locura que los envuelve por la enorme necesidad de afecto que la acecha: la propuesta no tanto una road movie festivamente gore, como una sátira inclemente con las clases populares, que propone subir progresivamente la apuesta por el miserabilismo de sus protagonistas, cada cual más patético, infantil y estúpido que se pueda pensar. Nadie se salvará del desprecio de Wheatley y Oram, y los espectadores serán invitados a solazarse en su maltrato.

Pero por suerte hay otro cine en Mar del Plata: ya será el turno de hablar de verdaderas joyas como “Walker”, de Tsia Ming-Liang, o descubrimientos como “Sleepless Night”, del debutante coreano Jang Kun-Jae, que se exhiben en las secciones paralelas del encuentro, a veces las más lúcidas y estimulantes.

Por Martín Iparraguirre

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