Frankenweenie

El regreso de la pasión

 

Ya hablamos alguna vez de la relación ambigua que Tim Burton mantiene con Hollywood: ¿Dónde debemos encuadrarlo? ¿Cómo aprehender su particular universo estético, que últimamente debe tanto a su desbordante imaginación como a las imposiciones de la Disney? Se trata -como sostiene Roger Koza en su blog ojosabiertos.wordpress.com- del autor cinematográfico del “sistema”, aquél al que la industria permite mayores márgenes de libertad para mantenerlo entre los suyos y aprovechar simultáneamente su prestigio, su relativa excentricidad, atractiva mientras se mantenga dentro de ciertos márgenes civilizados. Es justamente por esto que su nueva película, “Frankenweenie”, resulta un acto de justicia poética, una sutil pero merecida revancha que confirma el talento y la potencialidad que anidan en el cine de Burton, sin dudas un verdadero artesano consciente de su medio (y de sus formas) como pocos.

Justicia poética no tanto porque Disney financie ahora el filme que en su momento significó la expulsión de sus filas del propio Burton, hace más de 30 años (cuando consideró que el corto homónimo que había filmado el director era muy oscuro para su público), sino porque el hombre pudo volver a desplegar aquí su propio universo, sin tantas ataduras como en Alicia en el país de las maravillas o, en menor grado, Sombras tenebrosas. “Frankenweenie” es, efectivamente, un regreso de Burton a su propio hábitat, tanto a la animación cuadro por cuadro (que lo ha sabido distinguir más que los filmes que ha rodado con intérpretes de carne y hueso), como a su inigualable fantasía dark, que vuelve a anudar una poética compuesta de múltiples referencias  ajenas, pero indiscutiblemente propia. El ambiente vuelve a ser aquí el mundo infantil, con Víctor como protagonista excluyente, niño inquieto, solitario e inteligente -sin dudas alter ego de Burton-, cuya afición por la ciencia es complementada por una cinefilia vital: las primeras imágenes del filme mostrarán un corto realizado por él mismo, con una evidente vocación artesanal, donde soldaditos de juguete y su perro “Sparky” (“Chispas”) componen una historia de aventuras fantásticas. No muy diferente terminará siendo la propia “Frankenweenie” -por lo que el inicio constituye toda una declaración de principios de Burton-, ya que el conflicto central sobrevendrá cuando Víctor desafíe los límites de la muerte para recuperar a Sparky, su único amigo, atropellado en un partido de béisbol al que su padre lo obligó a ir.

Adaptación lúdica de la novela de Frankenstein, Víctor resucitará a Sparky con el consabido método de la descarga eléctrica sobre su cuerpo, aunque las cosas se complicarán cuando sus compañeros de escuela -uno más extravagante que el otro, remedando personajes clásicos del género- se enteren de la proeza e intenten ellos mismos imitarlas con sus propias mascotas, para competir en la feria de ciencias de la escuela. El resultado será un festival de cine de clase B, con monstruos al estilo Godzilla, ratas gigantes o unos Sea Monkeys que terminarán convertidos en descontrolados émulos de los Gremlins.  Fantasía en gran medida autobiográfica, “Frankenweenie” constituye también un ajuste de cuentas con el provincianismo típico de los pueblos republicanos, incluso con el oscurantismo que domina a la cultura estadounidense actual: un apasionado profesor de ciencia (que recuerda al Bela Lugosi de Ed Wood) será denostado por la comunidad cuando los padres no puedan contener a sus hijos, y necesiten un chivo expiatorio para tranquilizarse. La mira de Burton no es compasiva, pero aún menos tranquilizadora, ya que la oscuridad volverá a dominar la narración: no sólo por la supremacía de los tonos oscuros en el blanco y negro fuertemente contrastado en que está filmada la película, sino también por la puesta formal en el momento de surgimiento de los monstruos.

Un plano subjetivo en picado de un gato convertido en vampiro marca la irrupción de lo atroz, aunque la incertidumbre no durará mucho y la resolución se precipitará como atención a los espectadores más pequeños, que constituyen su público natural. Lo cierto es que Burton jugó a fondo en este homenaje al terror de los años ´70 y ´80, aunque su conciencia sobre la forma le permite evitar los excesos (véase por ejemplo la resolución del choque a Sparky), componiendo una película de una extraña elegancia, que emana tanto de una cuidadísima puesta de cámara como del uso expresionista de la luz y de las sombras (no tanto de la omnipresente banda sonora). Ocurre que Burton vuelve a convocar a la experiencia cinéfila en todos los sentidos de la expresión, a la vinculación amorosa con el cine, y nosotros recuperamos a un autor que parecía haberse extraviado.

 

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 12 noviembre, 2012 at 21:06  Dejar un comentario  
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