El etnógrafo

Una mirada amorosa

El cine puede ser un modo de habitar el mundo (y la cinefilia es la mejor expresión de esa idea, pues significa entender la vida a través del cine, aunque aquí nos interesa más bien su traducción formal): un modo de conocerlo y relacionarse con el entorno, una forma de acercarnos a la ajenidad. ¿Cómo se debe filmar la otredad?  ¿Cómo hacer de lo extraño un espacio próximo, habitable, sin cercenar sus particularidades ni convertirlas en obscenas mercancías de exhibición? Ulises Rosell, director argentino ya conocido por Sofacama (2006) y Bonanza, en vías de extinción (2001), ha encontrado una respuesta: es El etnógrafo, su último filme, que se exhibirá desde hoy hasta el domingo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril (ver horarios en la Agenda Cultural), en un programa doble imperdible con La araña vampiro, de Gabriel Medina (director de Los Paranoicos).

Se trata de una oportunidad única para acercarnos a una forma de existencia que precisamente se encuentra en vías de extinción, la de los pueblos originarios del norte argentino. Hay, claro, una disposición formal que lo permite, ya que El etnógrafo hace etnografía con otros medios, esta vez visuales: a través de planos “invisibles”, Rosell consigue hacernos convivir con la comunidad wichi de Lapacho Mocho desde su interior, desde sus mismas entrañas. O, mejor, desde las entrañas de su protagonista, el antropólogo inglés John Palmer que a mediados de los ´70 vino a investigar a los wichis para su tesis doctoral y prácticamente no se fue más,  enamorado de esa cultura tan ajena a él, aunque hoy sea parte fundamental de la comunidad: casado con una wichi llamada Tojweya (que significa “mujer distante”), con la que tiene cuatro hijos y un quinto en camino, el etnógrafo del título articula la narración e indirectamente la mirada de la película.

Ocurre que Palmer no sólo es el hombre blanco de la comunidad sino también su defensor más acérrimo, aquel que se encarga de lidiar con la Justicia para defender a algún miembro comprometido con las leyes de nuestra sociedad, que no comprenden ni contemplan la cultura wichi, o con los grandes empresarios que atropellan a los pueblos originarios de Salta o Santiago del Estero y les roban sus tierras, así como también con los problemas más pedestres que se puedan imaginar. “Mi marido trabaja pero sin ganar nada, porque trabaja ayudando a los whichis”, se queja en algún pasaje la mujer de Palmer, que vive con la falta de dinero como preocupación constante. Pero el reproche no ocultará una mirada amorosa, como tampoco lo hará la película de Rosell, que a través del seguimiento de Palmer irá explorando la vida de esta comunidad desde una posición ciertamente afectiva: cual “mosca en la pared” (metáfora que hace referencia a una forma de documental, donde los realizadores pasan desapercibidos, como si fueran un insecto),  la cámara del director literalmente logrará atrapar una intimidad colectiva en su existencia cotidiana. No se trata, empero, de un documental netamente observacional, ya que el propio Palmer funcionará como articulador del relato, a veces como alter ego del director al interrogar a sus compañeros, aunque principalmente como narrador (de hecho, su voz en off abrirá el filme con el relato del padecimiento de Qa´Tu, un wichi que está en prisión acusado de violar a una menor, aunque la relación fue consentida por la joven y aceptada por la comunidad).

Formalmente impecable, Rosell ostenta una sensibilidad estética que por su sutileza puede pasar desapercibida: sus planos generales que unen el cielo con el rancherío donde viven los wichis expresan una búsqueda de belleza pictórica (incluso cuando los protagonistas se cruzan con una empresa de capitales chinos que intenta apropiarse de su territorio), así como también los primeros planos de los rostros de los protagonistas, elocuentes y hermosos en su alteridad. Pero no se trata de un frívolo regodeo estético, más bien lo contrario: pura funcionalidad en orden a transmitir las condiciones existenciales de sus protagonistas,  desde todas las coordenadas estéticas posibles. ¿Podrá deducirse de allí una posición política? Probablemente, ya que El etnógrafo consigue acercarnos así a una alteridad, lo que sin dudas tendrá consecuencias (políticas) en nosotros.

Por lo demás, otro prometedor acercamiento a las culturas originarias se presentará hoy en el Espacio INCAA km 700 (ver también en Agenda) con el preestreno de “Quechua”, de Santiago Ramos, promocionado como un “un docu-ficción musical cantado y narrado en quechua”, que cuenta la historia de esta cultura milenaria, cuyo idioma “todavía posee más de 16 millones de habitantes”. La cita está hecha.

Por Martín Iparraguirre

miparraguirre@hoydiacordoba.info

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One CommentDeja un comentario

  1. Alguien me podria pasar el link del documental asi lo puedo ver?


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