El caballo de Turín

El sollozo del mundo

 

Octubre será un mes cinéfilo como pocos: el Cine Teatro Córdoba (27 de abril 275) lo iniciará hoy con el estreno de uno de los mejores filmes del año, El caballo de Turín, un verdadero prodigio de puesta en escena del gran director húngaro Béla Tarr, que podremos apreciar allí hasta el domingo (ver agenda), aunque también se proyectará el miércoles 31 en El Cinéfilo Bar y el mes próximo en el Cineclub Municipal Hugo del Carril. Literalmente, se trata del último filme de este  verdadero autor cinematográfico, uno de los pocos que merecen calificarse con dicha categoría, quien anunció su retiro con esta obra maestra, acaso porque constituye la cumbre máxima de su cine, tal vez también su culminación lógica. ¿O acaso Béla Tarr no venía filmando ya el apocalipsis en sus diferentes formas, al menos de Satantango en adelante? Pues bien, aquí el fin del mundo será materializará como nunca, aunque sin una pizca de la espectacularidad con que suele pensárselo.

El inicio contiene una clave. Con fondo negro, una voz en off narrará la famosa anécdota que terminó con la cordura de Friedrich Nietzsche. El 3 de enero de 1889, en Turín, el gran filósofo se abalanzó sobre un caballo que estaba siendo azotado por su dueño para protegerlo, con lágrimas en los ojos. Fue el inicio de su demencia: Nietzsche viviría diez años más, pero absolutamente alienado, en el más puro silencio. El filme se quedará empero con el supuesto caballo de la historia, ya que tras la introducción se abrirá un magistral plano secuencia de 7 minutos que, en contrapicado, irá siguiendo de frente y lateralmente al equino en una lucha titánica para transportar la carreta y a su dueño contra un viento feroz, hasta una desvencijada granja. Es un escenario ominoso, enfatizado por el blanco y negro de la estética, la fotografía sombría y el sugestivo motivo musical de Mihaly Vig (unos violines lúgubres que suenan sobre un órgano aún más sugerente, que orquesta una melodía cíclica que progresivamente gana y pierde intensidad). Ya en la granja, la hija (Erika Bók, aquella niña del episodio más oscuro de Satantango) saldrá a ayudar al cochero, un anciano hemipléjico (János Derzsi) que no puede mover su brazo derecho. Lo que sigue será el relato del fin del mundo según Thar, sin duda la puesta en escena de la famosa frase de Nietzsche sobre la muerte de Dios y el advenimiento del “desierto”, a través de la cotidianeidad del anciano y su hija. Dividido en seis días (los mismos de la creación), veremos así a nuestros protagonistas en sus esfuerzos diarios por vestirse, buscar agua en un pozo cercano, hacer algún trabajo en el hogar, comer y contemplar la inclemencia del viento, aunque habrá pequeñas variaciones (narrativas y formales): ya la primera noche, se advertirá la ausencia del ruido de las termitas, al día siguiente el caballo se negará a trabajar e incluso a comer. Aparecerá algún vecino pidiendo aguardiente, que traerá una revelación funesta: “El hombre ha degradado todo porque lo ha adquirido todo (…) y no ha comprendido” la muerte de Dios, sostiene (seguramente de Zarathustra); y luego un grupo de gitanos en busca de agua, que están escapando del eclipse rumbo a América. Lo cierto es que el mundo se está apagando lentamente: en algún momento, el pozo de agua se habrá secado, luego se apagará la luz y al final se extinguirá el fuego. La oscuridad volverá a dominar el mundo.

Formalmente prodigiosa, El caballo de Turín es una síntesis depurada del estilo de Tarr: compuesta enteramente de planos secuencias, que nunca se elevan más de la vista de un hombre promedio, la cámara constituye una entidad fantasmal, un ser flotante que se desplaza levemente por el espacio, entre los seres y las cosas, permitiéndonos habitar su mundo. Es notable cómo un mismo plano puede contener, en su progresión, todos los planos: basta ver la escena citada del diálogo, que comienza con un plano general (con la hija en el frente pero los hombres hablando en profundidad de campo), y termina con la cara del visitante en primer plano, perfectamente encuadrada, en un solo movimiento. El dominio formal es absoluto, y de allí el carácter hipnótico del cine de Thar, su naturaleza eminentemente cinematográfica, aunque el rasgo más distintivo es la capacidad que tiene para registrar la materialidad del mundo: no hay nada más físico que el viento de El caballo de Turín, ningún efecto especial puede igualar la presencia de los elementos en su cine, como tampoco el registro que ostenta de la luz natural (y su progresivo eclipse). Al final de cuentas, El caballo de Turín podría considerarse la materialización perfecta de aquel famoso presagio de T. S. Eliot: “Y así se acaba el mundo, no con un estallar, sino con un sollozo”.

 

Por Martín Iparraguirre

 

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Quizás desde el punto de vista técnico y hasta del poético sea una joyita, pero como espectadora común y corriente me pareció un tedio. Sí rescato la música y el arte, pero si hubiera durado la mitad del tiempo seguramente la hubiera sobrellevado mejor.

  2. Gracias por tu comentario! Entiendo tu punto de vista aunque disiento con él. Por un lado, el tedio (o el aburrimiento) es el criterio más subjetivo de todos: habla siempre más del intérprete que de la obra de arte en sí misma. Sí hay algo en El Caballo de Turín del orden de la repetición (y de la variación en la repetición) que puede interpretarse de ése modo, aunque creo que allí se esconde algo mucho más interesante para analizar: la cotidianeidad de un tiempo histórico, las condiciones existenciales de una clase social, una forma radicalmente diferente de narrar y construir el suspenso, quizás alguna clave interpretativa desconocida. Es un tema a pensar con más profundidad, que a mí me resulta muy interesante, así que tal vez vuelva a responder. Abrazos!

    Martín Ipa


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