Cómo estar muerto / Como estar muerto

Belleza y misterio en Bs.As.

 

El cine de riesgo, aquél que busca nuevas estéticas que puedan desafiar los cánones establecidos (y con ello al espectador), sigue viviendo lejos de las carteleras comerciales cordobesas. Basta una mínima práctica comparativa para comprobarlo: mientras las grandes salas se regocijan con la tercera entrega de Madagascar (¿hacía falta otra más?), algunos cineclubes de la ciudad apuestan todo a películas que se ubican a una distancia inconmensurable del mainstrem norteamericano. No es una tarea fácil, pues en el mejor de los casos se trata de películas alejadas de todo método interpretativo convencional, que propone una nueva forma de relación con las imágenes y la narración, lo que exige una disposición particular del espectador. La crítica, acostumbrada a los rótulos y los guiños genéricos para su trabajo interpretativo, tampoco se aventura fácilmente a lo desconocido, pues siempre es más sencillo lidiar con lo familiar que encarar el misterio, lo que aún no ha sido descifrado (aunque a muchos seduzca la idea de hacer grandes descubrimientos, una tarea doblemente riesgosa porque acecha el egocentrismo, generador de grandes errores).

Claro que la belleza del cine radica justamente en su capacidad para provocar múltiples interpretaciones, para convocar al diálogo y el pensamiento en torno al mundo y sus imágenes: allí hay una crítica posible que, en vez de intentar decir la última palabra, busque en cambio estimular dichos procedimientos, como un disparador de nuevas lecturas. Pues bien, una oportunidad para pensar todo esto constituye el estreno, en El Cinéfilo Bar (Bv. San Juan y Mariano Moreno), del filme nacional Cómo estar muerto / Como estar muerto, de Manuel Ferrari, que se proyectará allí todos los jueves de junio, siempre a las 20. Casi inclasificable, y sutilmente subversivo, el filme de Ferrari sí puede ser inscripto en una tradición precisa, acaso la “primera escuela estética que produjo el nuevo cine argentino” como supo distinguir Quintín, aquella relacionada a algunos de los últimos directores surgidos de la Universidad del Cine (FUC), que coinciden en sus búsquedas estéticas: Rodrigo Moreno (Un mundo misterioso), Matías Piñeiro (El hombre robado, Todos mienten), y Alejo Moguillansky (Castro) son los más conocidos. Sus principales líneas estéticas y discursivas se caracterizan por una ruptura radical con todo imperativo narrativo, resultado de una búsqueda de libertad absoluta en dicho ámbito; preocupación manifiesta por los aspectos estéticos de las películas; cierta apuesta por el absurdo en su trama; influencias de la literatura y sus modos narrativos; una verdadera purga de referencias externas a la película o mejor, una vocación estricta por abstenerse de tratar grandes temas del hombre y el cine. Se diría también que hay una clara apuesta por el misterio, el minimalismo narrativo y la sorpresa, ya que se trata de películas que se resisten a una interpretación unívoca y convencional. Claro que el filme de Ferrari trasciende dicho colectivo, acaso porque posee una impronta urbanística clara, cierta disposición a entablar un diálogo particular con su entorno, la ciudad más filmada del país.

Su trama, cuya importancia es secundaria, se resume en pocas líneas. El filme sigue a un adolescente que está finalizando el secundario (Ignacio Rogers), y que luego de escaparse de la escuela con dos amigos decide autosecuestrarse, para pedir un rescate a su padre. Pero pronto se desentenderá de esta trama policial y seguirá a los protagonistas en su derrotero por el centro de la ciudad de Buenos Aires durante todo el día, mientras los jóvenes hablan de los temas más diversos, a veces sin conexión aparente con la trama, con un humor ligeramente absurdo que juega con el sinsentido y esquiva el ridículo. Se adivina allí un espíritu lúdico, que propone al espectador adentrarse en los juegos de los protagonistas, abrirse acaso a la sorpresa y lo inesperado (el ejemplo máximo es aquél plano donde los tres protagonistas juegan a inventar una historia sin premisas determinadas, con el Obelisco de fondo, acaso la escena que sintetiza el espíritu del filme). Al final, el protagonista se quedará solo y comenzará a recorrer sin rumbo la noche porteña, descubriendo rincones y pasadizos desconocidos en un mundo cada vez más misterioso. Rodado en blanco y negro con una textura granulada, mayormente en planos medios con encuadres cuidadísimos y un trabajo en fotografía excepcional, Cómo estar muerto puede sintetizarse como una versión porteña (¿post?) moderna de Los 400 golpes de Truffaut, aunque tal vez sería una simplificación. Sus temas incluyen la exploración de cierto estado existencial propio de la adolescencia, y sin dudas habla del abandono paterno, aunque su preocupación principal pasa por otro lado: registrar el pulso público de una ciudad como pocas veces se la había filmado, buscando inspiración y belleza “en ámbitos posiblemente hostiles a semejantes cualidades”, en palabras de Martín Alvarez, uno de los programadores del Cinéfilo Bar. Cuando llegue la noche, esa belleza se volverá misteriosa y subyugante, como un reflejo poético de la subjetividad del propio protagonista.

 

Por Martín Iparraguirre

 

Published in: on 13 junio, 2012 at 1:56  Dejar un comentario  

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