14 BAFICI

Un balance provisorio

 Tabú, de Miguel Gomes

Unas 450 películas en programa (entre largos y cortos) para once días de exhibición: el BAFICI es un festival inabarcable, arrollador por donde se lo mire, en donde resulta imposible no perderse grandes cosas. ¿Cómo intentar un balance, cómo emitir un juicio ante semejante panorama? ¿Cómo justipreciar el valor del encuentro, sin seguir además el palmarés oficial (que es irremediablemente injusto pues la mayoría de las películas no participan de las competencias)? Hay así una primera certeza, que toda apreciación estará signada por un recorrido individual, una selección arbitraria de películas que el comentarista eligió (o pudo) ver, en detrimento de otras. Nada debe entonces ser concluyente, lo que no implica que no se pueda construir una mirada, proponer un balance, por supuesto individual y subjetivo, pero no por eso menos argumentado.

Aquí, va un primer intento. Como de costumbre, hubo grandes películas en esta 14 edición del BAFICI, aunque la mayoría no participó de ninguna de las competencias oficiales (Internacional, Argentina y Cine del Futuro). La película del festival fue, sin dudas, Tabú,  del portugués Miguel Gomes (ganador del BAFICI 2009 con Aquél querido mes de Agosto), filme radicalmente lúdico y lúcido, naturalmente político y absolutamente apasionado: proyectado en la voluminosa sección Panorama, esta historia de amor prohibido en las colonias africanas puede llegar a constituir una bisagra, un hito que nos devuelva la fe en el cine y en el poder de la ficción. Tal su alcance y su importancia, también su enorme distancia con respecto al resto de las películas del festival. Gomes opera, en Tabú, una particular apropiación (o mejor, reactualización) de la historia del cine: con resonancias del cine mudo norteamericano (y por supuesto de Murnau), o sutiles homenajes a sus contemporáneos (empezando por el gran Pedro Costa), el director construye una comedia extraña y universal al mismo tiempo, que parece constituir algo absolutamente nuevo en el cine actual. Dividida en dos capítulos, en el primero recorre los últimos días de una aristócrata venida a menos, bajo la mirada preocupada de su vecina y confidente Aurora, y la conflictiva relación con su mucama de raza negra. En su agonía, pedirá que busquen al amor de su vida, Ventura, quien no llegará a despedirla, pero podrá relatarle a Aurora el pasado desconocido de su amiga: el segundo capítulo presentará así una vida apasionada y rebelde en una colonia portuguesa en Africa, donde ambos protagonizarán una gran épica romántica, acaso una secreta tragedia de clase.

Tabú, de Miguel Gomes

La maestría (y la versatilidad) de Gomes se confirma en su manejo de los géneros. Tabu es un terreno relativamente nuevo para el director, y sin embargo ha logrado construir tanto una comedia perfecta, con toques de humor absurdo, como también un profundo drama romántico y una película de época. La música vuelve a jugar un rol importante, no como clave de lectura de la narración sino como constructora de climas (al igual que en el cine mudo), mientras que la puesta en escena es silenciosamente exquisita: los movimientos de cámara (los travellings laterales o los zoom-in para encuadrar la cara de los protagonistas), el uso de la luz (que por momentos remite a Costa) y la exploración de las tonalidades del blanco y negro, construyen una estética muy particular, que inscribe a la película en la más avanzada modernidad. Pero hay algo excepcional en Tabú, que constituye su inédita voluntad narrativa, su fe absoluta en el relato: como Aquél querido mes de agosto, Tabú es un filme en expansión, en continua apertura hacia la sorpresa y la innovación, hacia la densidad de los grandes relatos épicos (aunque con la ligereza de la comedia).

Hubo otras grandes películas fuera de competencia, de autores ya consagrados: basta citar This Is Not a Film, de Jafar Panahi, el díptico Death Row, de Werner Herzog (sobre los condenados a muerte en Estados Unidos), The Day He Arrives, de Hong Sang-soo, As canções, de Eduardo Coutinho, o Small Roads, de James Benning, todas proyectadas en el apartado Trayectorias. Pero no hubo grandes retrospectivas, seguramente por la reducción de presupuesto; para suplantarlas, los organizadores apelaron a pequeños focos sobre directores poco conocidos. Algunos pudimos descubrir así a cineastas más que interesantes, como la australiana Ruth Beckermann, finísima documentalista que a lo largo de su carrera ha sabido construir una persistente y lúcida reflexión en torno a la memoria y las imágenes, o la relación entre el cine, la historia y la intimidad; el portugués João Canijo, otro nombre fundamental que confirma a la cinematografía lusitana como una de las más populares y prolíficas del momento; o el finlandés Peter von Bagh, crítico, director e historiador del cine, que para los especialistas fue el gran descubrimiento del festival.

As canções, de Eduardo Coutinho

Vale anotar unas líneas para las películas que me gustaron. As canções confirma una vez más la naturaleza absolutamente popular y apasionada de la cultura carioca: Coutinho se limita a filmar en plano medio a quince personas desconocidas que, sentadas con un fondo negro, cantan a capela las canciones que marcaron sus vidas, y luego relatan la historia que esconde su selección. Son casi siempre relatos de amores truncos, de traiciones inolvidables selladas a fuego en sus víctimas, pero Coutinho no apela nunca al sentimentalismo (aunque habrá algún primer plano para las lágrimas); más bien parece querer explorar la relación que sus entrevistados establecen con la música, su naturaleza eminentemente emocional y evocativa, así como también las experiencias de vida que esconden y que irán confeccionando una especie de radiografía de las clases populares brasileñas, un gran mapa de una cultura riquísima, donde se revelan sus visiones de mundo, sus tradiciones religiosas, sus prácticas amorosas, sus estratificaciones sociales. Todo esto no sería posible sin la inusitada intimidad que Coutinho logra con sus entrevistados (quizás sólo Jia Zhangke ha logrado algo semejante), de suerte que los relatos se transfiguran en verdaderas confesiones, en las que al mismo tiempo se revela una intimidad y una cultura que la precede.

Un pasaje fugaz hacia el Oriente, de Ruth Beckermann

A Fleeting Passage to the Orient (Un pasaje fugaz hacia el Oriente), de Ruth Beckermann, constituye una extraña mezcla de diario íntimo con ensayo histórico. La documentalista va aquí tras los pasos de la emperatriz Sissi en Oriente, particularmente en Egipto, en busca de ése pasado misterioso que marcó la vida de la monarca (quien a sus 30 años decidió desaparecer del escenario público y de la aristocracia para dedicarse a viajar por el mundo de incógnito), pero al modo de Chris Marker termina confeccionando una heterogénea reflexión que aborda tanto la relación entre la memoria y la imagen, como la dificultad de filmar una cultura ajena sin frivolizarla y convertirla en una postal del exotismo, o la historia de la imagen y cómo la intimidad es atravesada por cada tiempo histórico. Hay además una búsqueda conmovedoramente romántica o utópica en el filme: rastrar el pasado en las huellas del presente, aunque Beckermann terminará certificando que “sólo puedo filmar (aquella época) que es mía. No puedo viajar atrás en el tiempo, sólo a lugares lejanos, en tierras lejanas… pero tal vez el pasado sea un país lejano”.

Tal vez los mayores hallazgos del festival hayan estado en el documental. Les Éclats (ma gueule, ma révolte, mon nom), de Sylvain George (traducida como Los fragmentos –mi boca, mi revuelta, mi nombre-), es un sofisticado ejercicio de experimentación estética y política montado con los fragmentos sobrantes del primer filme del director (ganador el año pasado del BAFICI) sobre los inmigrantes ilegales que quieren cruzar a Inglaterra por el puerto de Calais, al norte de Francia. No se trata tan sólo de testimoniar la lucha de estas personas a la deriva, arrojadas a un limbo dividido entre el hambre y la violencia legal ejercida por un Estado de tintes fascistas, pues George va más allá y, además de darle voz a los marginados, compone un filme por momentos alucinatorio, que no pareciera transcurrir en nuestra tierra: una película de “ciencia ficción” en palabras de Fernando Pujato.

Les Éclats, de Sylvain George

Otra gran película sobre la inmigración, que muestra cómo los estados europeos disfrazan su fascismo en políticas sociales, es La Forteresse (La fortaleza), de Fernand Melgar, que al modo de Frederick Wiseman inspecciona en todos sus rincones a una institución suiza donde son enviados aquellos que piden refugio en ése país. Como su título lo indica, se trata de una especie de cárcel disfrazada de hospital o escuela, donde son enviados los inmigrantes para estudiarlos durante 60 días, y decidir en consecuencia si les otorgarán o no asilo.  Al estilo de la “mosca en la pared”, Melgar refleja no sólo la historia y cotidianeidad de los huéspedes provisorios del lugar, sino que va revelando sutilmente las relaciones de poder que rigen ése territorio, los sometimientos varios que deben enfrentar, la historia política escondida detrás de esos muros de cemento.

¿Qué es, a su vez, Buenas noches España, de Raya Martin? ¿Un viaje lisérgico como propone Jaime Pena en su reseña para el BAFICI? ¿Una mera provocación? ¿O una intervención sobre el cine y su historia? O quizás, ninguna de las opciones. Compuesta por planos cubiertos por filtros de colores (que los vuelve rojo, amarillo, verde o azul), el filme narra el viaje de una pareja por una ruta de España hasta llegar a una ciudad e internarse en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, donde después de recorrerlo se detendrán en una muestra de pinturas. El montaje alterna las escenas y las repite cíclicamente, de suerte que vemos la misma escena de la pareja varias veces repetidas, haciendo avanzar el relato circularmente, a través de capítulos. Todo, con música omnipresente siempre saturada, y sonidos intercalados de series animadas famosas mayormente de la década del ´80 (caso Heman). Hay una clave política al inicio y al final del filme (que por supuesto remite a la colonización española de Filipinas), pero su significación no parece ir por ése lado: más bien, Martin parece remitir (¿homenajear?) a la Nouvelle Vage, repitiendo (o expandiendo como dijo Sarlo) escenas emblemáticas de películas de Godard (Sin aliento o Bande à part) o Truffaut (Los 400 golpes).  Con lo que, aunque sea distorsionada y lateralmente, intenta desafiar al cine contemporáneo. No sé si se puede decir mucho más sobre la película de Martin, lo seguro es que se trató de una de las pocas sorpresas que del festival, acaso la película más radical de todas.

Buenas noches, España, de Raya Martin

Se dice que el cine argentino mostró un mejor nivel que en años precedentes. La ganadora de la competencia nacional, Papirosen, de Gastón Solnicki, fue sin dudas la mejor de la sección, un filme hecho de retazos de filmaciones hogareñas del propio director que, entre otras cosas, demuestra cómo la intimidad es atravesada y configurada por la historia, la política y las clases sociales (con sus respectivas tradiciones, en este caso la judía). Filme lúcido y valiente, sin ningún tipo de concesiones, Papirosen contrastó con una programación más bien monótona, donde faltaron sorpresas y sobraron decepciones: la mayor fue la de Los Salvajes, filme de Alejandro Fadel (perteneciente al colectivo de El Estudiante e Historias Extraordinarias) que se presentaba como la gran promesa de la Competencia Internacional, pero resultó ser un filme infantil, frívolo en su giro místico, y rústico en su elaboración formal, con una historia que parecía muy interesante (cinco jóvenes que se escapan de un correccional y tienen que sobrevivir en la selva). Una decepción menor resultó La araña vampiro, segundo filme de Gabriel Medina, que se llevó el premio a Mejor Película Argentina en la Competencia Internacional (y también el de Mejor Actor, para Martín Piroyansky), una comedia con visos de filme fantástico rodada en nuestras sierras, que pierde bastante cuando se pone seria y eleva su costado supersticioso a categoría argumental. Más sólida resultó la también premiada Germania, de Maximiliano Schonfeld (Premio Especial del Jurado), un filme que logra captar el microclima existencial de una comunidad alemana en el interior de Entre Ríos, donde una familia vive una suerte de marginación social y un éxodo obligado. El que hubiera merecido mejor suerte fue el filme de Gonzalo Castro, Dioramas, otra aproximación heterodoxa  a la materia narrativa: el director filma a una pareja femenina en su vida íntima y en sus particulares clases de expresión corporal, dictadas por un profesor que parece intentar hacerlas conscientes de su cuerpo y las posibilidades del movimiento, o de cómo habitar el espacio en un escenario. Tal como en Invernadero, su anterior filme, los límites entre documental y ficción no son nada claros, y la propia película parece establecer una simbiosis entre el discurso del profesor y su propia trama narrativa.

Salsipuedes, de Mariano Luque

El cine cordobés también pisó fuerte y dejó un buen recuerdo en el BAFICI: Salsipuedes, de Mariano Luque, y El espacio entre los dos, de Nadir Medina, que participaron de la Competencia Argentina, confirmaron la solidez del cine joven local, sobre todo su clarividencia formal y la calidad técnica de sus trabajos (también se destacó, en la sección La Tierra Tiembla, Cuentas del alma, confesiones de una guerrillera, del profesor de la UNC Mario Bomheker). Se trata de filmes importantes para Córdoba, que merecen un tratamiento y desarrollo mucho más amplio, que excede completamente esta nota, por lo que la reseña quedará para más adelante.

Por su parte, la gran ganadora del BAFICI, Policeman (Mejor Película de Competencia Internacional y Mejor Director), del israelí Nadav Lapid, resultó relativamente justa en una sección bastante pobre, aunque tal vez Nana, de Valérie Massadian, hubiera merecido su podio. Thriller político y drama existencial, Policeman constituye una suerte de radiografía impiadosa de la sociedad israelí actual: por un lado, relata la cotidianeidad de un escuadrón de policías antiterroristas, centrándose en la intimidad de su director; por el otro muestra la radicalización de un grupo de jóvenes idealistas israelíes, que sueñan con una revolución. Se diría que Lapid no retrata a ambos grupos de la misma manera (los policías resultan, a pesar de su idiotez, más humanizados, los jóvenes son casi siempre una caricatura), y que su progresión dramática no está a la misma altura de su excepcional disposición formal, con planos secuencia virtuosos que elevan la calidad de la película; pero sin dudas estamos ante un filme desafiante, que se destacó de cierta abulia general.

Policeman, de Nadav Lapid

Muchas películas valiosas quedaron afuera de esta reseña, por cuestiones de tiempo y espacio. Como esbozamos al inicio, todo balance es injusto y arbitrario, aunque tal vez en los sucesivos días pueda ir corrigiendo esta falta. Vale preguntarse sin embargo si la 14 edición del BAFICI fue finalmente exitosa. Una curiosa mayoría de comentarios se interrogan sobre esta cuestión, revelando quizás una sensación general: como mínimo, no fue la mejor edición del encuentro. ¿Cómo evaluar un festival semejante, que congrega a tantas películas y tantas figuras? ¿Cuál sería la medida de su éxito o fracaso? La pregunta parece capciosa porque es casi inimaginable que un encuentro de tal envergadura constituya un fracaso (“¿Qué debería pasar para que una edición de BAFICI fracasara?”, se interroga por ejemplo Cynthia Sabat). Lo cierto es que en las secciones competitivas se notó una  mengua notable en la calidad y el riesgo de las películas elegidas, lo que torna doblemente grave la marginación de Tierra de los padres, de Nicolás Prividera, que desató un debate más que saludable sobre los criterios de selección de los organizadores, que acaso valga la pena no abandonar en el tiempo y extender al resto de la programación.

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 24 abril, 2012 at 19:46  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Muy buena reseña, Ipa.No estoy muy de acuerdo con la de Beckermann, que más bien me parece un anacronismo conciente por lo tanto doblemente peligroso, pero cuando escriba lo discutimos. Un abrazo,Fer.

    • Espero con ansias ese texto querido Fer, que sin dudas aportará precisión y lucidez al tema. Abrazos.


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