Drive

El estilista en su laberinto

 

Hace una semana se citó aquí a uno de los mejores estrenos que tuvo la cartelera de los grandes cines comerciales en lo que va del año (aunque fue relegado en nuestro comentario por otro estreno muy superior: El Topo), y que ahora con las novedades del último fin de semana  vale la pena retomar en profundidad. Se trata de Drive, del danés Nicolas Winding Refn (ganador con esta película del premio a Mejor Director en el Festival de Cannes 2011), filme que quien subscribe esta columna calificó como un “verdadero ejercicio de estilo”, en este caso pop, pulp y algo kitsch, a partir de una elaborada estética que ejercita una particular apropiación del pasado, o al menos de cierta tradición cinematográfica norteamericana, bastante bastardeada en su masificación industrial. Realmente, no importa tanto rastrear los antepasados cinematográficos de Drive (para el caso, basta decir que los especialistas lo remiten al cine noir “físico” de la década del ´50, resucitado con vigor en los ´70 y ´80, con filmes de acción automovilística) sino tratar de analizar cómo ésas tradiciones se relaciona con el filme, y cuáles son sus posibilidades de aparición en el presente.

Hay algunas certezas patentes en Drive: que tiene una puesta en escena por demás subyugante, de una precisión y una refinación notables, pero también que esa misma estética debe tanto a la publicidad y el videoclip como a aquellas tradiciones citadas más arriba. O será tal vez que el mejor modo de apropiación que concibe la industria de las tradiciones del pasado sea su estetización a ultranza, su reproducción como producto de diseño, su emulación cool como marca de estilo (el mejor ejemplo de esta ida es la gran ganadora del Oscar: El Artista). No es que Drive carezca de méritos, al contrario, tal vez sea la mejor opción dentro de esta tendencia que haya dado Hollywood en años. Pero su problema está en cierta incapacidad para trascender el artificio, para dotar de carnadura a sus personajes, para construir el verosímil y producir significados; en fin, para relacionarse con el mundo se dirá, pues no parece contentarse con ser sólo una fantasía retro.

Su protagonista, en uno de sus tantos guiños cinéfilos, es un hombre sin nombre. Se trata de un conductor, que algunos llaman “Kid” (un imperturbable Ryan Gosling, ¿futuro sucesor de Kevin Costner?), que pasa sus días trabajando como doble de riesgo en las películas de Hollywood o en un taller de autos regenteado por su representante y amigo, aunque en sus tiempos libres presta sus habilidades al hampa. No es que sea un delincuente: el hombre trabaja como conductor de diferentes malhechores para ayudarlos a escapar de las escenas del crimen, con un límite de tiempo preciso. La escena de apertura del filme deja en claro sus habilidades, como también las del propio Winding Refn: una soberbia secuencia de carrera automovilística por las calles de Los Angeles, filmada enteramente desde dentro del auto del propio protagonista. La vida de este cowboy al volante se modificará con la aparición de una madre soltera (Carey Mulligan) y su pequeño hijo, vecinos ambos de su edificio, con quienes comenzará una tierna amistad. Claro que nada es sencillo en las viñas del señor, menos en una tragedia como Drive, por lo que al poco tiempo el esposo de ella saldrá de la cárcel para aguar toda esperanza romántica. No sólo eso, el hombre vendrá con problemas a cuestas: un grupo de mafiosos lo persigue para cobrar una antigua deuda, y no tardará en amenazar a su esposa e hijo. La tragedia quedará servida: bastará que el conductor intente ayudarlo para que se desate un torrente de venganza, violencia y sangre.

Más allá de su pericia formal, evidente no sólo en las escenas de persecuciones automovilísticas sino también en los momentos más intrascendentes del filme (ver la utilización de la profundidad de campo en el primer encuentro de la pareja), Refn muestra un notable manejo de los climas y los códigos de género: una escena puede pasar del romance idílico del primer beso a la acción más gore (violenta) en unos segundos, sin que se noten costuras. Acaso peque de recurrir en demasía a la música incidental para construir sus climas (con temas instrumentales que le otorgan cierto aire alucinatorio o tenebroso al filme, dependiendo de la necesidad del caso), pero el verdadero equívoco es su debilidad por el videoclip, que aparece periódicamente en la película, sobre todo en el primer tramo, cuando aún no se desató la sangría final. Incluso, esta debilidad conspira contra su mayor logro, que está en la forma: el cuidado en la puesta en escena, la precisión de los encuadres (siempre simétricos, a veces algo excéntricos en los ángulos de las tomas), y algunos planos secuencia excepcionales pueden llegar a ser clausurados por los cortes de montaje, por cierta tendencia a encajar los tiempos de la película en los cánones del género. Todo esto, más el modo en que Refn filma la noche -que recuerda a Michael Mann (el referente secreto del filme)- y la presencia de leyendas como Albert Brooks y Ron Perlman en papeles secundarios (que elevan la calidad de la película), insinúan que Drive podría haber sido mucho más de lo que finalmente fue.

 

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 28 marzo, 2012 at 2:33  Dejar un comentario  

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