Aquel martes después de Navidad

El hombre, en sus circunstancias

 

Un pequeño gran filme del cine rumano sobrevive milagrosamente en la cartelera cordobesa, únicamente en los cines Showcase (en dos horarios, a las 15:25 y 20, más el trasnoche los viernes y sábados), y aún así se justifica dedicarle estos párrafos por encima incluso de la última obra de otro autor más conocido y respetado, el español Pedro Almodóvar (que ha vuelto, con La piel que habito, a mostrar el costado más frío, perfeccionista y oscuro -hasta la perversión- de su cine). Pero Aquel martes después de Navidad, del rumano Radu Muntean, es uno de los filmes del año, y vale la pena rescatarlo del anonimato al que lo condena una política programadora mezquina y uniforme, que rara vez piensa en dar oportunidad a un cine que no sea norteamericano, por más méritos que tenga (próximamente, el filme se estrenará además en el Cine Teatro Córdoba).

Pero si de méritos hablamos, el cine rumano tiene para hacer dulce: filmes como La noche del señor Lazarescu, Bucarest 12:08 o Policía, adjetivo, han posicionado a esa cinematografía como una de las más vivas, rigurosas y sorprendentes de la escena contemporánea. Presentada en la sección Un Certain Regard de Cannes 2010, ganadora de un premio en Mar del Plata ese mismo año, la cuarta película de Muntean no hace más que confirmar que la sentencia va más allá de toda moda o capricho: algo está pasando en ése pequeño país del este, y vale prestarle atención.

Claro que Aquel martes se parece y al mismo tiempo se distancia de sus predecesoras, sobre todo porque decide trasladar la acción a la más profunda intimidad que se pueda imaginar, mientras aquellas hacían de lo público (sea que trataran la historia rumana o de su herencia en la burocracia institucional) su tema predilecto, aún en la noche del pobre Lazarescu, acaso con la que más contactos tiene. Pero si miramos bien, estas películas comparten una capacidad infrecuente para explorar la intimidad de sus personajes, a partir de un posicionamiento estético y formal que permite la revelación de ése ámbito existencial en toda su complejidad (y que lo relaciona con el mundo que lo circunda y lo constituye). Aquí, en todo caso, Muntean disecciona con la misma precisión con la que sus pares (Cristi Puiu y Corneliu Poromboiu) desarmaban los discursos sobre las instituciones o la historia, el drama de un matrimonio en crisis, desatado a partir del dilema que vivirá uno de sus miembros, enamorado de una tercera persona.

Compuesto totalmente por planos medios fijos sobre su eje, la escena de apertura mostrará a Paul (Dragos Bucur) y Raluca (Maria Popistasu) desnudos en su cama, jugando como adolescentes ena-morados. La secuencia siguiente develará la realidad de Paul, un banquero casado con Adriana (Mirela Oprisor), con quien tiene una hija de unos diez años. Es tiempo de Navidad y ambos se encargan de comprar y dilucidar los regalos de toda la familia: este plano bastará para instalar una disrupción en las expectativas del espectador. Y es que Paul y Adriana no se odian, más bien al contrario, se trata de un matrimonio algo aplastado por la rutina pero donde el amor pervive. Con un virtuosismo y una austeridad notables, Muntean irá revelando progresivamente la complejidad de esa cotidianeidad que ha entrado secretamente en crisis, y cómo nuestros protagonistas enfrentan una circunstancia tan extraordinaria como natural, pues se trata de la frágil condición humana. Habrá picos de tensión: cuando Paul no pueda evitar un encuentro entre su amante y su esposa, y cuando finalmente confiese la verdad a Adriana, una escena magistral que hará estallar toda la tensión contenida en la película y expresará la verdadera dimensión del drama.

De una rigurosidad imperturbable, Muntean no apelará a golpes de efecto para intensificar la emoción: la música extradiegética estará siempre ausente, así como también las resoluciones catárticas típicas de los melodramas. El drama se construye (y se resuelve) aquí a partir de los detalles, a partir de la extraordinaria performance de los actores y sobre todo desde un planteamiento formal que permite al espectador habitar el espacio y el mundo que contiene: los encuadres amplios, la profundidad de campo, la ubicación de los actores en el plano irán adquiriendo mayor significación con el avance del conflicto, y la resolución final será una lección de cine, donde se podrá leer la situación íntima de cada protagonista en el mismo plano. Cuando aparezca la música, en los títulos, será tan austera como el resto de la película, y ahora sí servirá para dejar una tan legítima como mínima esperanza.

 

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 23 noviembre, 2011 at 22:42  Comments (1)  

Yatasto

La política en el cine

 

El cine no es tanto una cuestión estética como política, o mejor: la forma (la estética), es una cuestión esencialmente política, pues determina precisamente el modo en que el cine muestra (e interactúa con) el mundo. Yatasto es la demostración acabada de la naturaleza y del destino político del cine, en su más íntimo sentido, pues es un filme que (se) abre (a) nuevos horizontes, y que además es capaz de interactuar con un Otro absoluto, construido por la sociedad.

Yatasto confirma así la misión libertaria del cine, pero no porque haga algún tipo de proselitismo (o porque tenga buenas intenciones), sino todo lo contrario: porque se anima a abordar su objeto de una manera política, es decir dialógica. Lo consigue sobre todo gracias a que Hermes Paralluelo piensa la forma en función de su objeto, y allí está su posicionamiento político: el gran logro de su película es abordar un universo absolutamente estigmatizado por la sociedad desde el respeto y la sinceridad, y entonces se vuelve libertaria, simplemente porque logra habitarlo.

Hay entonces una voluntad verdaderamente antropológica en Yatasto, que surge del modo en que están dispuestos (pensados) los planos, ya desde la formidable escena de apertura, donde un aparente fundido a negro se revelará como la síntesis perfecta de las condiciones existenciales de sus protagonistas: niños que viven a la intemperie, que deben prender un fuego en la fría madrugada para vencer la oscuridad, y prepararse para lo que será una larga jornada de trabajo. La tercera escena los mostrará ya en acción: Bebo (15 años), Pata (14) y Ricardo (10), subidos a un carro que es su única esperanza de supervivencia, hablando y riendo como cualquier chico, pero con la necesidad de procurarse el pan de cada día. Se trata de un plano medio pero cerrado sobre sus tres protagonistas, que ocupan casi todo el frente de la pantalla, mientras que por atrás y a los costados (en un uso virtuoso, y políticamente revolucionario de la profundidad de campo y del sonido) se asoma el mundo, la sociedad cordobesa. Tales planos secuencia, que acompañan el trayecto del carro pero siempre con nuestros protagonistas al frente, permitirán sumergirnos de lleno en su universo, asomarnos como observadores privilegiados a sus existencias, lograr una intimidad inusitada con ellos, hacernos parte de sus vidas.

La nobleza formal de Yatasto asegura así una experiencia única que sólo puede dar el cine, que tal vez no sea mucho más que una ventana privilegiada hacia otros mundos. El cine como un arte del encuentro, como un espacio donde la otredad se nos revela en una nueva dimensión, un pasaje hacia un diálogo que de otra manera sería imposible, acaso utópico. Entonces asistiremos a las experiencias  cotidianas de los protagonistas, diálogos llenos de significados donde los jóvenes expondrán su visión del mundo, sus conflictos con padres y madres ausentes o sobrecargados de trabajo, sus preocupaciones centradas casi exclusivamente en la obtención de dinero, sus conversaciones sobre el oficio del carrero y la educación, la clara conciencia de sus límites existenciales, y la modesta esperanza en conseguir alguna mínima mejoría en un futuro soñado.

También aquí, gracias a esa formidable estructuración de los planos, podremos ver su relación con la sociedad, que si no los recibe con tristes dádivas, lo hace a los bocinazos: Yatasto se convierte indirectamente en un estudio sobre nosotros, aquellos que quedamos adentro del sistema, y nos obliga a enfrentarnos a nuestra peor cara, sin protecciones ni salvavidas a mano.

 

Por Martín Iparraguirre

PD I: Yatasto se proyectará diariamente hasta el próximo miércoles 23 de noviembre en un único horario, a las 21, en los Cines Gran Rex de Córdoba capital.  

PD II: Esta crítica es una versión ligeramente modificada de otra similar que escribí para el dossier de Yatasto presentado para el BAFICI 2011.

Published in: on 18 noviembre, 2011 at 0:27  Comments (4)  

Entrevista a Hermes Paralluelo

 El plano necesario

El tiempo terminó confirmando el entusiasmo de la comunidad cinéfila local, y el cine cordobés es hoy una realidad tangible que trascendió los límites de nuestra provincia y se instaló como un horizonte promisorio a nivel nacional. Lo demostró el reciente estreno comercial en Capital Federal de “De Caravana”, de Rosendo Ruiz, y de “Hipólito”, de Teodoro Ciampagna (el jueves debutará allí “El invierno de los raros”, de Rodrigo Guerrero), punta de lanza del recorrido nacional que aspiran alcanzar las producciones del sello Cine Cordobés, y que abre un camino hasta hace poco impensable, un sueño dorado.

El reconocimiento internacional tampoco les fue ajeno, e incluso se realizó un foco de cine cordobés en el reciente Festival de Valdivia (Chile), por no hablar de la histórica participación a principios de año de “Salsipuedes”, del joven Mariano Luque, en el Festival Internacional de Cannes, considerado el más prestigioso del mundo. Para más, la producción local sigue en crecimiento, y en la edición del Festival de Mar del Plata que acaba de terminar compitió “Ferroviarios”, un heterodoxo documental de Verónica Rocha sobre su Cruz del Eje natal, mientras que el filme de Sergio Schmucler “La sombra azul” se encuentra en los momentos finales de producción, pronto a quedar listo para su estreno.

Pero lo mejor recién está por llegar: el estreno de la excepcional película “Yatasto”, dirigida por el catalán Hermes Paralluelo junto a los jóvenes de la productora cordobesa El Calefón (los mismos de “Buen Pastor, una fuga de mujeres” y “Criada”), que se producirá el próximo jueves en el complejo de Cines Gran Rex, donde se proyectará diariamente a las 21. Ganadora del premio a la Mejor Película Argentina en la Competencia Internacional del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) 2011, y de dos menciones en el prestigioso Festival Internacional de Marsella (del Jurado de la Competencia Internacional y otra Mención como Ópera Prima), entre muchos otros galardones, Yatasto aborda con inusual sensibilidad y conciencia política la vida de una familia de carreros de Villa Urquiza, a quienes sigue en su rutina diaria por su barrio y las calles de Córdoba, componiendo un fresco social de una intimidad asombrosa y reveladora.

Hace unas semanas, entrevisté al realizador nacido en Barcelona en 1981 (licenciado en el reconocido Centro de Estudios Cinematográficos de Cataluña pero especializado en nuestra ciudad, donde vivió durante cuatro años) para la revista Cálamo, y desde su España natal respondió las preguntas en un diálogo que habla sobre cine, la pasión y su vida en Córdoba.

 

Martín Ipa (MI): ¿Cómo nació Yatasto? ¿Por qué querías filmar a los carreros?

Hermes Paralluelo (HP): Pues el motor de todo el proyecto fue pensar en una posible imagen. Un encuadre. Un ángulo desde donde ver el mundo. Pensé si sería posible poner la cámara arriba de un carro y retratar frontalmente a aquellos que van en él y así construir una especie de road-movie, una película arriba del carro en la que se exprese el sentimiento de ser carrero, el modo de organizarse familiarmente, los viajes, el aprendizaje de un oficio y un sin fin de cosas que no podía imaginar.

MI: ¿Cómo te modificó (a vos y a tus planes) el choque con la realidad, con los que luego serían tus protagonistas?

HP: Una idea siempre es algo etéreo y el cine se nutre de elementos concretos, palpables. Conocer a las personas que luego iban a convertirse en los personajes de la película fue otra vez un punto de partida en sí mismo. Fue un momento en el que olvidé mis pretensiones iniciales y empezó a darse una relación que fue construyendo algo que luego iba a tener una manifestación cinematográfica. Es importante recalcar que la película se construye en base a un sentimiento muy concreto de varios personajes, en base a una forma de hablar, de expresarse, en base a una forma de caminar. Esas son el tipo de cosas que han ido haciendo crecer la película, que han ido formando un tipo de imágenes y sonidos concretos.

MI: ¿Crees que tomaste una posición política determinada en la puesta que elegiste? o mejor, ¿Dónde está la política en tu película?

HP: Como artesano del cine me parece que la política está en encontrar la manera justa de trabajar, de combinar los elementos de producción y encontrar la relación justa que el cine debe tener entre las personas que lo hacen. La política la veo en la unión de mundos distintos, en contradecir una tendencia a la separación social. Cada vez que me desplazaba de Nueva Córdoba (donde viví dos años) a Villa Urquiza, sentía que estaba caminando en una dirección poco transitada, me parecía casi un acto revolucionario en sí mismo hacer ese viaje con el ánimo de que se diera un encuentro humano real. Pero no basta con ese encuentro, se tiene que establecer una colaboración justa para todos los que trabajamos en la película. Y eso quiere decir trabajar todos en una misma dirección, concentrados y poniéndonos a nosotros mismos en el trabajo: construir algo conjuntamente. Los momentos más intensos que viví haciendo la película fueron cuando sentía que a todos nos iba la vida en lo que estábamos haciendo. Por poner un ejemplo, Ricardito, uno de los chicos protagonistas (que tenía 10 años cuando rodamos) era muy reacio a repetir tomas cuando empezamos a trabajar. Hacer dos o tres tomas de un mismo plano era el fin del mundo para él. Sin embargo, cuando pasó un tiempo y agarramos una dinámica la cosa cambió. Hacia el final del rodaje, mientras rodamos un plano, le dije a Ricardo que ya teníamos la toma buena, era la número cuatro. Él todavía no se sentía cómodo con lo que había hecho y me pidió más tomas, repetimos cuatro o cinco más y realmente acabó dando mucho más.

MI: ¿Qué límites te pusiste a vos mismo con respecto a la filmación de la película?

HP: La relación personal siempre iba por delante de la película. No al revés. Cuando se abrían puertas a ciertas intimidades (que es al final de lo que la película está constituida) el cine pasaba. Cuando esas puertas estaban cerradas el cine esperaba.

MI: ¿Qué cosas dejaste fuera de la película en el montaje y por qué?

HP: Hay muchos planos que me hubiera gustado incluir pero cuando el trabajo de edición avanza hay un momento en el que la película empieza a agarrar autonomía propia y el trabajo de uno es principalmente estar atento a esos caminos por los que va la película y abrirle paso; eso conlleva muchas veces renunciar a planos que van en otras direcciones y que a priori les tenías mucha estima pero cualquier decisión conlleva una renuncia y el fuera de campo siempre es más amplio de lo que hay en la imagen.

 MI: ¿Cómo crees que modificó a los protagonistas la película?

HP: Como dice el arquitecto de sonido de Yatasto, Federico Disandro, uno no puede nunca evaluar las consecuencias de lo que hace. Cada acto tiene repercusiones infinitas. Somos seres que estamos en constante cambio. No se me ocurre pensar qué hubiera sido de ellos o de mí sin la experiencia de hacer la película.

MI: ¿Qué es para vos el cine?

HP: Transformación, imágenes transformadas en contacto de otras imágenes, sonidos transformados en contacto de otros sonidos e imágenes. Espectadores transformados en contacto con esos sonidos e imágenes. Es algo muy misterioso, algo en lo que necesito trabajar más para tratar de conocerlo un poco.

MI: ¿Cuáles son tus expectativas con respecto al estreno en córdoba?

HP: La película se va a pasar en diversos festivales de cine de casi todos los continentes pero Córdoba me parece que es el lugar más importante del mundo en donde se debe estrenar. No sé lo que vaya a pasar. Sólo puedo esperar que se comparta íntimamente con los espectadores.

Por Martín Iparraguirre

 

 

Published in: on 15 noviembre, 2011 at 21:36  Comments (1)  

Festival de Mar del Plata

Calidad y diversidad 

El elenco completo de Abrir puertas y ventanas

La 26 edición del Festival de Mar del Plata terminó con un palmarés desparejo, pero una programación de primer nivel

La vigésima sexta edición del Festival de Mar del Plata culminó el domingo con un balance digno de su categoría, ya que no sólo duplicó la cantidad de público asistente respecto del año pasado (fue seguida por cerca de 100.000 personas), sino que mostró una gran calidad en su programación, que fue variada y rica, con algunas obras maestras.

Como suele suceder, empero, la premiación final no reflejó esta riqueza ni su heterogeneidad, ya que las mejores obras quedaron relegadas del podio. El Astor de Oro a la Mejor Película del Festival fue con cierta justicia para la argentina “Abrir puertas y ventanas”, opera prima de la realizadora Milagros Mumenthaler, que se alzó también con el Astor de Plata a la Mejor Dirección, quedándose con los dos galardones más importantes del encuentro. El filme de Mumenthaler, una más que correcta incursión en el melodrama familiar que aborda los conflictos que viven tres hermanas que han quedado huérfanas tras la muerte de su abuela, desplazó a obras maestras que participaron de la Competencia Internacional como “Fausto”, última película del ruso Alexander Sokurov, y “This is not a film”, del iraní Jafar Panahi, quien recibió un sincero respaldo de todos los participantes del festival por su ilegal condena a cargo del régimen de su país (a 6 años de prisión domiciliaria y 20 años de inhabilitación para filmar).

This is not a film

Pero el jurado de la Competencia Internacional compuesto por Matías Bize, Jacek Bromski, James Gunn, Mariana Chenillo y Fernando Martín Peña, cometió una verdadera injusticia al dedicarle un Premio Especial al filme británico “Tyrannosaur”, de Paddy Considine, una polémica (acaso abyecta) película que para colmo se llevó además el Premio al Mejor Guión. Otras grandes películas como “L´Apollonide – Recuerdos del burdel”, del francés Bertrand Bonello, “Graba”, del argentino Sergio Mazza, y “El ejercicio del Estado”, del francés Pierre Schoeller, se quedaron también así sin reconocimientos. Sólo el Astor de Plata al Mejor Actor fue para Olivier Gourmet por su excelente trabajo en “L`Exercice de L`État”, mientras el Astor de Plata a la Mejor Actriz quedó para Joslyn Jensen de “Without”, también con amplio merecimiento.

Tres hermanas, su casa familiar y una ausencia omnipresente son los elementos centrales de “Abrir puertas y ventanas”, que además había llegado a Mar del Plata luego de ganar el Leopardo de Oro a la Mejor Película y el premio a la Mejor Actriz para María Canale en el prestigioso Festival de Locarno. Con precisión y lucidez formal, Mumenthaler compone una inteligente exploración de la intimidad en el cine, a través de la tensa relación entre tres hermanas que comparten su casa familiar luego de la muerte de su abuela, cuando sus padres ya habían fallecido años atrás. El espacio geográfico de la película se convierte gracias a la puesta de Mumenthaler en una metáfora lúcida de la interioridad de los personajes, cuya convivencia diaria se irá cargando de tensiones y rencores mudos, hasta ser asfixiante. “Me interesa la representación de lo íntimo, me parece que hoy en día es la única verdad que uno tiene y también me moviliza y me toca lo referente a la escena familiar”, contó Mumenthaler a la Agencia Télam.

Fausto

A su vez, en la Competencia Latinoamericana fue distinguida como Mejor Película “Las malas intenciones”, escrita y dirigida por la peruana Rosario García-Montero, mientras que recibieron Menciones Especiales las excelentes “Girimunho”, de los brasileños Helvécio Marins Jr. y Clarissa Campolina, y sobre todo “El lugar más pequeño” de Tatiana Huezo Sánchez, acaso una de las mejores películas del Festival, que mereció mejor suerte. La cinta “Diablo” de Nicanor Loreti fue elegida como el Mejor Largometraje de la Competencia Argentina. La cordobesa “Ferroviarios”, de Verónica Rocha, que narra la historia ferroviaria de Cruz del Eje y también participaba en esta competencia, no se llevó ningún premio, pero fue aclamada por el público en todas sus funciones.

Sobre los lauros paralelos, se destaca el Premio Fipresci de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica para “El lugar más pequeño”, en tanto que la polémica “Tyrannosaur” se llevó también el premio ACCA de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina; mientras el SIGNIS de la Asociación Católica para la Comunicación fue para la destacada “El premio”, de la argentina Paula Markovitch, que vivió (y estudió) en Córdoba, y cuyo trabajo con los niños protagonistas es uno de los mejores que ha dado el cine argentino en los últimos tiempos.

L´Apollonide - Recuerdos de un burdel

Pero el balance final se debe realizar con las películas y no con los galardones: se vieron filmes de grandes directores, no sólo Sokurov, Panahi o Bonello, sino también Johnnie To (“Life Without Principle”), Chantal Akerman (“La Folie Almayer”), Sion Sono (“Himizu” y “Guilty of Romance”), Frederick Wiseman (“Crazy Horse”) y Bruno Dumont (“Hors Satan”), entre varios otros, además de focos dedicados a Alex Cox, Joe Dante, Luis García Berlanga o Raymundo Gleyzer, y sorpresas inesperadas en todas las secciones del festival. Un programa que ratifica la pertinencia del encuentro y su importancia regional.

 Por Martín Ipa

 PD: Esta nota fue publicada en Hoy Día Córdoba con ligeras modificaciones en su edición del lunes 14 de noviembre.

Published in: on 15 noviembre, 2011 at 2:33  Dejar un comentario  

El árbol de la vida

Respuestas problemáticas

 

El cine, que más de una vez ha sido considerado (con razón) como ámbito natural de la filosofía,  suele verse cooptado en nuestros días por un espiritualismo banal, una versión industrial de los misterios de la existencia que en ocasiones busca brindar un sosiego cósmico (y mercantilista) a la legítima angustia existencial que puede experimentar el ser humano (cual manual de autoayuda), y en otras se puede volver puro oscurantismo místico al supuesto servicio del entretenimiento. Practicar la especulación metafísica con imágenes no es, además, una terea sencilla, y menos en el contexto descripto: las trampas de la búsqueda de un sentido acechan a cada paso, y el riesgo siempre latente es caer en el ridículo.

Pero de tanto en tanto aparecen directores que encaran el desafío, y quizás no hubiera otro tan adecuado como el norteamericano Terrence Malick para hacerlo, a juzgar por sus antecedentes (Malas Tierras, Días de Gloria, La delgada línea roja y El nuevo mundo). Ganador de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes por la obra que abordaremos, El árbol de la vida, Malick ha compuesto tan sólo cinco películas en 38 años de carrera, un cuerpo de obra escasísimo que sin embargo lo ubica como uno de los directores más personales y venerados de la actualidad. Y no es para menos, pues sus películas constituyen obras absolutamente originales donde la especulación filosófica se intercala con una concepción panteísta del mundo, que se traduce en una puesta en escena subyugante, capaz de redescubrir la naturaleza para el espectador. El árbol de la vida es, empero, su obra más ambiciosa y más fallida al mismo tiempo, donde Malick parece haber encontrado los límites para un cine que parecía en continua expansión, en perpetuo descubrimiento del mundo (y de la relación entre la cámara, la luz y la materia).

Una cita bíblica abre la película: “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?” (Libro de Job). Luego, la voz en off de uno de los protagonistas hablará de la existencia de dos caminos, el de la naturaleza (que sirve para satisfacerse a sí mismo) y el de la gracia (divina). A continuación pasamos a los años ´50 y al seno de una familia modelo del interior norteamericano, los O’Brien, criada bajo el mandato protestante. Se trata de una visión idílica: los inconfundibles planos secuencia de Malick, que flotan en continuo movimiento entre los personajes y las cosas, muestran al padre (Brad Pitt) y la madre (Jessica Chastein) jugando con sus tres hijos varones, mientras la voz en off insiste con sus planteamientos existenciales (aunque aún no cuestiona a Dios). Pero una tragedia sobrevendrá, y la vida de los O’Brien cambiará abruptamente. El filme saltará al futuro, donde Jack (Sean Penn) el hijo mayor sigue acosado por el recuerdo de su hermano muerto, en medio de una ciudad ultramoderna, totalmente alejado del ámbito natural en el que creció; y luego retrocederá abruptamente para narrar los inicios del mundo, donde todo fue oscuridad, luz y polvo, fuego y tierra, lava y mar, hasta el surgimiento de los primeros organismos unicelulares, los peces y los dinosaurios.

Acompañado por una música sacra casi omnipresente, por momentos excesivamente solemne, la reconstrucción del génesis de Malick introduce quizás una nueva veta en la filmografía del director, que abandona su proverbial naturalismo y apela a los efectos especiales (aunque se sigue concentrando aquí en los usos de la luz y los colores). El filme volverá a los años ´50, para mostrar los padecimientos de Jack en la relación con un padre severo, de raigambre militar, y su problemático vínculo con aquel hermano muerto, de quien sentirá unos celos cada vez más grandes. Las dudas existenciales no tardarán en asaltarlo, como también a sus padres, aunque el filme ya se habrá vuelto rutinario y convencional, y empezará a mostrar sus hilachas.

Ambiciosa a más no poder, por momentos deslumbrante y luego ridícula, la película de Malick es una obra maestra imposible, que termina cayendo en los peores lugares comunes que se pueda pensar, desde el de-sarrollo de los conflictos de sus personajes hasta la iconografía new age que la domina en el último tramo: un reencuentro idílico en el mar, tan absurdo como innecesario, cerrará así un filme desparejo, perdido en su ambición de trascendencia. Los problemas empiezan cuando Malick pretende encontrar respuestas, y aquello que parecía profundo y poético en el inicio se revelará frívolo y artificial en el final. Ni siquiera sus deslumbrantes planos de la naturaleza podrán salvar a la película de la obsecuencia y la solemnidad, aunque allí se pueden vislumbrar algunos indicios de aquella película que pudo ser, señales sensoriales de que el mundo es un organismo viviente, acaso un misterio abierto perpetuamente a la interrogación.

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 3 noviembre, 2011 at 0:38  Dejar un comentario