Primer Plano

Espacio del encuentro

“- Tengo un mensaje para el señor Makhmalbaf

– ¿Cuál es?

– Dígale que El Ciclista es parte de mí” 

 

El diálogo que preside este texto (que también podrán encontrar en un muy recomendable ensayo de Fernando Pujato sobre El Ciclista, con el que esta reseña aspira a dialogar) constituye sin dudas una de las mayores cumbres de la historia del llamado séptimo arte, entre unas pocas escenas escogidas que incluyen otras secuencias del mismo filme. Primer Plano, de Abas Kiarostami, es una película abrumadora por su cualidad expansiva, casi un milagro cinematográfico que, en poco más de una hora, plantea y explora algunos de los desafíos más importantes del cine moderno, casi como un Alhep cinematográfico que es capaz de contener en sí mismo a todo un universo (y al que el séptimo arte no ha dejado de regresar soterradamente desde entonces). 

¿Qué es lo que hace tan singular al filme de Kiarostami? ¿Cuál es su naturaleza, su potencia atractiva? La respuesta tiene que trascender el elogio de la “puesta en abismo” (que es el cine dentro del cine o la construcción de una narración sobre otra narración), ya de por sí un recurso característico en la filmografía de Kiarostami: la mixtura entre realidad y ficción, llevada por cierto aquí al extremo por el director iraní, es quizás resultado de algo más profundo, que se relaciona con una filosofía y una ética cinematográficas. Kiarostami es uno de los últimos directores que entienden al cine como un arte verdaderamente popular, cuyo objetivo es dialogar con (y descubrir) el mundo: el cine como un modo de (re)conocimiento, una forma de pensar, experimentar y relacionarnos con el resto y con nuestro entorno.

La historia de Sabzián, aquél obstinado cinéfilo que se hace pasar por Mohsen Makhmalbaf (otro de los grandes directores de esta escuela cinematográfica, aquél de El Ciclista) ante una familia desprevenida, es no sólo la odisea de un hombre desesperado, un amante apasionado pero socialmente marginado, condenado a la pasividad por su pobreza, que cree encontrar en la imitación una forma de engañar a la realidad y tal vez concretar un sueño mil veces postergado; sino también la maravillosa síntesis de un pueblo en su devenir cotidiano, una sociedad llena de complejidades, tensiones y heterogeneidades, que se revelan de forma casi mágica ante la cámara de Kiarostami (y es que aquí está la verdadera magia del cine: en la posibilidad de abrirnos al mundo, de hacernos participar de él a través de procesos técnicos que permiten trasladarnos a otros tiempos y otros espacios).

Primer Plano es, así, un filme “habitado” por el mundo (aquí está su filosofía), que además se propone explícitamente reflexionar sobre los límites entre realidad y ficción (y no sólo lo hace en materia cinematográfica, sino también jurídica, legal, moral), sobre los modos en que el cine se relaciona (y cómo “debe” hacerlo) con su entorno, y sobre la legitimidad de conceptos tales como autor o copia (tema central de la última película de Kiarostami, Copia Certificada). 

Pero al mismo tiempo, Primer Plano tiene una ética precisa, que se encuentra en la puesta en escena: desde el momento en que Kiarostami visita a Sabzián en la cárcel hay un compromiso ostensible por parte del director en hacer del cine un arte del testimonio (no sólo de la odisea de su protagonista, sino también del modo en que el cine interferirá en su vida). No se trata de la falaz posición de la no intervención, todo lo contrario: Kiarostami intercederá ante el juez para acelerar el inicio del juicio (y así poder filmarlo), y en pleno proceso incluso intervendrá varias veces para cuestionar a Sabzián (con preguntas más incisivas que las del propio magistrado). Pero sí hay una actitud de respeto absoluto por el otro que quedará inmortalizada en una de las mejores escenas que haya dado el cine en el siglo pasado, aquella que registra la salida de Sabzián de la cárcel, donde el director abandonará el primer plano y mantendrá un lejano plano general para evitar invadir su intimidad (y sólo volverá al primer plano en la escena final, para sugerir la felicidad de Sabzián). Se trata además de un momento central, que podría haber sido registrado de muchas otras maneras, ya que no sólo asistimos a la liberación de Sabzián luego de varias semanas de estar encerrado, sino también a su encuentro con el propio Makhmalbaf, que ha ido a buscarlo en persona para ir juntos a la casa de la familia engañada, y cerrar así un reencuentro posibilitado sólo gracias a Kiarostami y su cámara. El director elige la distancia y el respeto, sin perder por ello un ápice de moción, y logrando además que el cine retorne por fin a su ámbito natural de existencia: ser un espacio del encuentro. 

Por Martín Iparraguirre

PD: Mañana viernes 23 de septiembre tengo el privilegio de presentar, en El Cinéfilo La Rueda Bar (Bv. San Juan esq. Mariano Moreno) la película “Primer Plano”, de Abbas Kiarostami, dentro del ciclo “9 historias de cine de los ´90”. Quienes no la vieron, es casi una obligación asistir, y quienes sí lo hicieron, están invitados a revivir esta obra maestra.  La cita es a las 21.

Published in: on 23 septiembre, 2011 at 0:29  Dejar un comentario  

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