Los Agentes del Destino / Lo que más quiero

Variaciones sobre el amor

 

Gracias al vigoroso circuito de cine alternativo que se ha consolidado en la ciudad, la heterogeneidad sigue presente en nuestras carteleras cinematográficas: los grandes complejos apuestan cada semana al cine norteamericano, mientras el resto de las salas permite acceder a una variedad realmente estimulante de cinematografías del mundo, argentina incluida. Por una vez, esta columna intentará abarcar las diferentes variantes, a sabiendas de que el resultado se verá indefectiblemente afectado (pues la síntesis, virtud de los grandes, conspira en contra de aquellos que necesitan espacio para desarrollar sus argumentos).

Del lejano norte nos llegó otro filme que se propone tratar grandes cuestiones metafísicas, a través de un thriller romántico con aspiraciones de masividad, o más bien de una particular conjunción de géneros. Los Agentes del Destino es un filme que aspira a ser tanto una épica romántica de aires clásicos (con Las alas del deseo como gran inspiración) como un thriller pop de ciencia ficción, capaz de plantear especulaciones filosóficas acerca del destino de los hombres y la posibilidad del libre albedrío.  Basado en un cuento de Philip K. Dick, el filme es un pastiche típicamente hollywoodense, que si se salva de caer en el más craso ridículo (nótese que se habla en potencial) es apenas por un par de factores: la actuación de sus protagonistas, la decisión de no tomarse muy en serio a sí misma (al menos hasta el final), la voluntad genuina de explorar diversos géneros. Matt Damon compone a un joven y prometedor político en ascenso, con posibilidades de llegar al Senado, que en un encuentro casual conocerá a Elise (Emily Blunt), una hermosa y desafiante bailarina, de la que se enamorará a primera vista. Pronto, sin embargo, se cruzarán obstáculos en su camino, los llamados agentes del destino, especie de entidades superiores con apariencia humana que intervienen en el mundo para lograr que se cumpla el plan diseñado por un ser al que denominan Presidente, y que precisamente no quiere que David y Elise se unan. David no sólo los descubrirá, sino que se enfrentará a ellos, aunque en cierto momento deberá elegir entre seguir su destino o apostar a una relación que parece condenada por fuerzas que lo superan. Formalmente convencional, acaso lo más interesante del filme sea la decisión de construir el mundo de los agentes del destino como una institución burocrática del Estado, donde una entidad superior dirige las acciones de estos funcionarios, metidos en un escalafón estricto que les impone obediencia debida (y que frustra sus deseos de trascendencia). Una posición que revela no sólo la concepción política sino también estética del filme (que remite a los viejos seriales de espionaje de los años ´50).

Diametralmente opuesta es la propuesta que el jueves estrenará el Cineclub Municipal Hugo del Carril: el filme Lo que más quiero, ópera prima de Delfina Castagnino y nuevo ejemplo de la rigurosidad del cine joven argentino (fue premiada en el Bafici 2010), que irá junto a la que quizás sea una de las mejores películas que se verán este año en nuestros cines, la italiana Le Quattro Volte (que se proyectará en 35mm), de Michelangelo Frammartino (y que el autor desistió de comentar debido a que la vio hace un año). Minimalista en su concepción argumental, pero maximalista en sus ambiciones formales, Lo que más quiero es un filme sobre la amistad y el crecimiento, que se centra en las experiencias vividas durante una semana por dos amigas en los campos de Bariloche. María (María Villar) ha venido de Buenos Aires a visitar a Pilar (Pilar Gamboa), que ha perdido a su padre recientemente y tiene que hacerse cargo de su negocio. La visitante está escapando además de su novio, con quien las cosas no andan bien, y quizás espera encontrar algunas respuestas. Ambas se encuentran en un momento de crisis y de cambio, aunque se puede adivinar que ninguna sabe muy bien qué es lo que quiere. Un encuentro con amigos, una fiesta en el pueblo, un paseo por el río y otro por el bosque serán todas las anécdotas de la película, que en la atención a los detalles irá descubriendo los procesos internos que vive cada quien, y cómo reaccionan a su entorno. Con planos medios casi siempre fijos, con la cámara colocada a una distancia que se irá acortando con el correr de los minutos, Lo que más quiero es un filme de una conciencia formal infrecuente, cuya historia (o guión) paradójicamente no siempre está a su misma altura (ver la escena con los empleados del aserradero), aunque el resultado final siga siendo más que gratificante. La humanidad y la honestidad son, en definitiva, los faros luminosos de esta película que hace de la observación atenta su principio narrativo, y de la naturalidad expresiva su centro filosófico, capaz de abordar (ahora sí) grandes temas de la condición humana con sencillez, humildad y por supuesto profundidad.

Por Martín Ipa

Published in: on 28 julio, 2011 at 1:43  Comments (2)  

Amateur

Una pasión colectiva

 

El tiempo de las vacaciones infantiles suele revelar un panorama infausto para nuestra cultura: la colonización absoluta por parte del cine norteamericano, que en sus diversas variantes aparece como la única opción posible en las grandes salas para niños y padres (a no ser por alguna película nacional que, en esencia, no suele ser más que una mala copia de modelos hollywoodenses). La ideología del entretenimiento domina nuestros días, aunque el cine es mucho más que esto (y el entretenimiento no es nunca mero entretenimiento). Ordenador colectivo de subjetividades, sistema educacional que prepara a los espectadores como futuros consumidores para ingresar a este gran mercado en que se ha convertido el mundo: el cine nos enseña cómo vivir, cómo divertirnos, cómo relacionarnos con el mundo que nos circunda. Es por eso también que es una pasión colectiva, porque constituye una maravillosa forma de dotarnos de una identidad, de pensarnos a nosotros mismos, de construir sentido y organizar nuestra existencia.

Claro que el cine no es un poder absoluto (como tampoco un arte unívoco, ya que toda cinematografía es heterogénea y compleja), y las formas de apropiación de los espectadores son, por suerte, múltiples e impredecibles.  La clave es la variedad, el acceso a diversas cinematografías, por lo que la crítica debe entonces tratar de visibilizar aquellas películas que por su naturaleza, o por la arbitraria selección del sistema, no llegan al gran público. Esta vez, el Cineclub Municipal Hugo del Carril estrenará el próximo jueves (en un programa doble imperdible con la película “Daddy Longlegs”, de  Ben Safdie y Joshua Safdie) el filme Amateur, del argentino Néstor Frenkel, un documental heterogéneo que hace eje, precisamente, en las pasiones cinéfilas, o más bien en cómo la democratización de los medios de producción, con la popularización del formato súper 8 en la década del ´70, modificó la existencia de varias generaciones de amantes del séptimo arte. “Al sexto día, Dios creó al mundo… y unos días más tarde al súper 8” comienza el filme, que inmediatamente presentará una pequeña pero ingeniosa historia del video casero, que irá repasando con filmaciones originales de decenas de familias las primeras formas de apropiación de la cámara cinematográfica hasta la llegada de los cineastas aficionados, aquellos aventureros amateurs que abordaron el desafío de filmar ficciones caseras. Y que pronto encontrarán un paradigma inigualable en quién se convertirá en el personaje central del filme: el entrerriano Jorge Mario, odontólogo de profesión, pero además obsesivo coleccionista, escritor, fundador de un club social y sobre todo apasionado cineasta amateur, que cuenta con casi 20 filmes en su haber, entre ellos un western que se ha convertido en la obra de su vida, titulado Winchester Martín.

Creador apasionado e incansable, Mario se convertirá en el centro de la película, que desde entonces girará obsesivamente en torno a su existencia en Victoria, donde a sus 70 años no sólo trabaja como odontólogo y dirige un club de boy scouts, sino que tiene además un programa de radio hace un par de décadas, organiza subastas filatelistas por correspondencia, participa del club de caza, colecciona innumerables objetos, lleva adelante en soledad una campaña para salvar un árbol que apareció en una película norteamericana y guarda un registro obsesivo y amplísimo sobre su gran pasión, el séptimo arte (tiene fichas sobre las 13.892 películas que vio). Una pasión que se inició con la filmación en su ciudad natal de El camino del gaucho, de Jacques Tourneur (en 1951), filme que lo marcaría para siempre y que lo llevaría a filmar con amigos y vecinos su propia versión, Winchester Martín, no una sino en dos oportunidades. O mejor dicho en tres, porque Mario no tardará en idear una nueva remake de su propio filme, y entonces la película toda se encaminará a la concreción de ése  nuevo sueño, con el protagonista buscando a sus actores para otra aventura. 

Documental observacional que apela también a recreaciones de ficción y técnicas de found footage (películas realizadas con trozos de otras películas), Amateur es un filme que se hace carne con su protagonista, y entonces pasa a depender de él: para evitar el riesgo del tedio, Frenkel apela al humor, aunque a veces lo haga en contra del propio Mario (quien, consciente de los mecanismos de reproducción, pretende una y otra vez dirigir la puesta en escena). Ciertas recreaciones ficcionales son redundantes y parecen innecesarias, aunque allí se revela ésa voluntad (compartida tanto por Frenkel como por Mario) de hacer del protagonista un personaje, un tema interesante para explorar (¿Cómo filmar a alguien sin que se vuelva una falsa representación de sí mismo? ¿Cómo evitar imponer nuestras categorías a ése otro?), aunque nunca desarrollado consientemente por el director. Por cierto, la pasión cinéfila es el centro luminoso del filme, una pasión que (y este es uno de los méritos del filme) aquí revela su naturaleza colectiva, destinada a ser compartida.

Por Martín Ipa

Published in: on 21 julio, 2011 at 2:53  Comments (2)  

Medianoche en parís

Las puertas de la percepción

 

El último opus de Woody Allen se ha estrenado el fin de semana en nuestras salas, configurando un año por demás inusual para el director newyorquino (se trata del tercer estreno de Allen en menos de seis meses, luego de Conocerás al hombre de tus sueños y Que la cosa funcione, ambas presentadas con retraso) que sugiere una certidumbre: Allen viene teniendo una de sus mejores rachas cinematográficas, al menos de su época madura. Ya no debería quedar lugar a dudas, tampoco, acerca del cariño que el público argentino, cordobés incluido, le tiene al geniecillo neurótico, que como ya hemos dicho en los últimos quince años venía entregado más fiascos que otras cosas, aunque ahora la tendencia parece haberse revertido. Medianoche en París es, efectivamente, una de las mejores películas de Allen en mucho tiempo, aunque no precisamente porque recupere el costado que suele ser más celebrado por el público, sino todo lo contrario.

El cine de Allen es monotemático y multifacético al mismo tiempo. Aunque sea un cliché, puede decirse con razón que Woody viene filmando la misma película desde hace décadas, o que cada nuevo filme suyo constituye un capítulo más de una gran obra. Una película interminable donde su mirada irónica del mundo, a veces lúcida pero otras tantas cínica y misántropa, ha dejado ya de constituir un acicate para el espectador, y puede llegar a configurar hoy un refugio seguro desde el cuál reírse del mundo y de las miserias ajenas. Pero al mismo tiempo, como todo buen director, Allen siempre puede sorprendernos, y donde antes había esnobismo vacío, o una apropiación fetichista de la cultura y la historia occidental (muy propia de una clase social específica, a la que Woody suele retratar con una mezcla de fascinación y dureza, y con la que la platea siempre se identifica), hoy podemos encontrar una luz de honestidad y verdad, acaso recuperar ésa humanidad que se hallaba escondida tras los devaneos nihilistas del director. Jonathan Rosenbaum, aquél monumental crítico que nos visitara hace ya un año para la Semana de la Crítica, supo sintetizar el nudo del asunto al postular que la clave del cine de Allen está en hacernos sentir a nosotros, los espectadores, más inteligentes que sus personajes: la empatía se construye allí desde la compasión, sentimiento peligroso pues implica la subvaloración de su objeto (el sujeto de la compasión). Pero el cine de Allen siempre tiene sus bemoles, e incluso la radicalización de su personaje arquetípico, el intelectual antisocial, neurótico, lúcido y despreciativo, puede ocasionar otros efectos y llegar a configurar una particular transgresión de lo políticamente correcto o lo socialmente establecido (ver a Larry David en Que la cosa funcione).

El principal mérito de Medianoche en París, sin embargo, está justamente en alejarse de esta fórmula narrativa: esta vez, el alter ego de Allen, Gil Pender (el gran Owen Wilson), sigue siendo un escritor frustrado, pero sin ningún atisbo de genialidad, ni tampoco grandes delirios egocéntricos. Es, más bien, un hombre simple, inocente y bondadoso, que quiere probar suerte con su verdadera vocación, luego de haber triunfado en Hollywood como guionista. A París irá con su futura esposa, Inés (Rachel McAdams) y sus suegros, en busca de una inspiración que no encuentra, aunque allí tampoco tendrá mucha suerte, pues sus días pasarán entre visitas a museos y la compañía de una pareja amiga de Inés, cuyo principal interés es un supuesto intelectual tan pedante como insoportable. Una medianoche, empero, el mundo se le abrirá: un auto antiguo lo subirá y lo llevará sin explicaciones a su adorado París de los años ´20, donde podrá encontrarse y conocer a sus grandes ídolos de la literatura, la pintura y el cine, como Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Luis Buñuel y Salvador Dalí, entre muchos otros. Allí encontrará también a Adriana (la bellísima Marion Cotillard), una amante circunstancial de Picaso, de quien no tardará en enamorarse, como tampoco en aprender las trampas que conlleva la nostalgia.

Filmada con evidente elegancia, Medianoche en París es también un homenaje de Woody a la ciudad de la luz, que funciona como un personaje más de la película, aunque sin caer nunca en la estética publicitaria: Allen registra a París con planos generales y encuadres cuidados, más un uso de la luz que evidencian un sincero amor, muy lejano a las postales for export (la ciudad funciona como un gran fondo de la historia, siempre sugerente y casi nunca en primer plano). El humor no está aquí tan acentuado en diálogos mordaces o ingeniosos, sino más bien en la caricaturización de ciertos personajes famosos (con lo que Woody parece reírse de sí mismo), y en una gran interpretación de Wilson, que vuelve más humano y querible al eterno alter ego del director. Y si la nostalgia es el centro temático del filme, Allen da aquí otro giro inesperado, ya que ahora postulará con lucidez que la mirada idealizada del pasado no es más que un engaño del presente.

Por Martín Ipa

Published in: on 12 julio, 2011 at 23:09  Dejar un comentario  

Noticias de la antigüedad ideológica: Marx – Eisenstein – El Capital

El Cineclub Municipal estrena el monumental filme de Alexander Kluge

 

El Cineclub Municipal Hugo del Carril (Bv. San Juan 49) iniciará el jueves un mes de grandes estrenos cinematográficos, nada menos que con la proyección de la versión completa del filme “Noticias de la antigüedad ideológica: Marx – Eisenstein – El Capital” (Alemania, 2008, Digital,570’), del gran Alexander Kluge.

“En noviembre de 1929, pocos días después del crac de la Bolsa de Nueva York, el realizador soviético Sergei Eisenstein visitó al novelista James Joyce en Paris. Eisenstein no se venía con minucias: quería hablar con Joyce sobre el magnum opus de un tercero, Karl Marx. En concreto, Eisenstein le confesó a Joyce su idea descomunal de filmar El Capital, y también Ulises del propio Joyce, e incluso de filmar El Capital según la estructura narrativa del Ulises: un día cualquiera en la vida de un trabajador”, se adelanta.

“Lo cierto es que ya desde 1927, sin siquiera haber terminado de montar Octubre, Eisenstein había empezado a redactar notas: `Está tomada la decisión de filmar El capital, según Karl Marx´. Su proyecto, se sabe, jamás se concretó. 81 años después, sin embargo, uno de los artistas más lúcidos de Alemania, fue tras las huellas de Eisenstein, y cumplió con el propósito de éste de llevar al cine la obra principal del gran filósofo alemán. `El plan de Eisenstein de filmar El capital me conmovió tanto que quise rendirle un pequeño tributo´, dice Alexander Kluge, y en sus palabras no hay un ápice de ironía. Su homenaje devino en cambio una película-ensayo de casi diez horas; una monumental y osada composición de imágenes montadas y secuencias fílmicas, documentales y de ficción”, completa la presentación.

Novelista, cuentista, director de cine, rumiante empedernido, cronista, productor de radio y televisión, pedagogo, pensador político y social: Alexander Kluge es una figura gigante de la cultura alemana. “Junto con Pasolini, representa lo más vigoroso y original de la idea europea del artista como intelectual, el intelectual como artista, que floreció en la segunda mitad del siglo XX. Unos cuantos de sus muchos libros y películas son logros brillantes, esenciales”, escribió Susan Sontag.

Lo cierto es que “Noticias de la Antigüedad Ideológica” se exhibirá en su versión completa, gracias a la intermediación del Goethe-Institut Córdoba, dividido en diversos episodios de alrededor de 90 minutos, todos los jueves de julio y agosto en un solo horario, a las 18, en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, con la presentación de Roger Alan Koza, y una entrada general a 10 pesos. El programa, es el siguiente:

Jueves 7/7, 18 hs. – PROGRAMA I (A) (97’)

Jueves 14/7, 18 hs. – PROGRAMA I (B) (92’)

Jueves 21/7, 18 hs. – PROGRAMA II (120’)

Jueves 28/7, 18 hs. – PROGRAMA II – EXTRAS (80’)

Jueves 4/8, 18 hs. – PROGRAMA III (A) (96’)

Jueves 11/8, 18 hs. – PROGRAMA III (B) (87’)

Published in: on 6 julio, 2011 at 0:13  Comments (2)  

Aballay, el hombre sin miedo

Una tragedia gauchesca

 

El western ha sido misteriosamente un género poco abordado por el cine argentino: sólo algunos grandes maestros se han animado a filmar este tipo de películas (Leonardo Favio con su Juan Moreira, o Lucas Demare con La Guerra Gaucha), que en su vertiente gauchesca se presenta como un tópico natural para un país con la historia, la literatura y la geografía de la Argentina. Acaso el desafío fuera muy grande, pues el western ha sido un género que se dedicó a repensar, o hasta reescribir, la historia, y la vida política argentina del siglo pasado no dejó mucho espacio a los aventureros que pretendían problematizar el pasado (basta reparar en que gran parte de la lucha política actual pasa por la revisión de un relato hasta hace poco intocable de la historia). Pero las coerciones del poder no bastan para explicar semejante ausencia, que encontrará también razones históricas (el propio género cayó en el olvido en la cinematografía mundial desde principios de los ´80), económicas (el western siempre ha sido un género costoso)  o artísticas (no se trata de un género fácil).

Lo cierto, en todo caso, es que el western gauchesco ha vuelto revitalizado a las carteleras cordobesas con Aballay, el hombre sin miedo, de Fernando Spiner, un filme épico de grandes aspiraciones, que si bien no cumple todas en la misma medida, constituye un buen ensayo para pensar este género apasionante y tristemente olvidado. Basado en un cuento de Antonio Di Benedetto, Aballay tiene todas las características de un western clásico: hay una tragedia filial en su inicio, que decantará en una épica de venganza con un gran dilema moral, que se convertirá en el centro de la película. Está el pueblo sojuzgado por un grupo de violentos gauchos cuatreros, que imponen su ley a sangre y fuego, aunque habrá un forajido que vivirá un recorrido redentor, opuesto al del protagonista, que a su vez es el forastero que vendrá a desafiar el orden establecido.  No faltarán por supuesto los grandes planos de los espacios abiertos (de los majestuosos cerros de Tucumán, donde se filmó la película), la lucha del hombre por sobrevivir a la intemperie, en una naturaleza hostil, la creación de una mitología autóctona, que en este caso adquirirá características místicas, mezcladas con la cultura e iconografía cristianas.

Formalmente impecable, la película comenzará con un asalto a una diligencia, filmado de manera soberbia: son Aballay (un destacado Pablo Cedrón) y sus cuatreros, quienes no sólo se llevarán el botín, sino también la vida de los pasajeros, incluido el padre del niño Julián, que será asesinado a sangre fría por el líder de la banda. Aballay, sin embargo, se verá conmovido por la mirada aterrorizada del niño, a quien perdonará la vida. Diez años después, Julián (Nazareno Casero, una elección poco afortunada) emprenderá su propia cruzada vengativa, que lo llevará a un poblado perdido en Tucumán, llamado La Malaria, donde encontrará al pueblo sojuzgado por la banda de Aballay, aunque liderada ahora por El Muerto (Claudio Rissi, excelente),  un sanguinario dictador que no se detiene ante nada para conseguir sus caprichos. No sólo eso, Julián se enamorará además de Juana (Mora Anghileri), futura mujer de El Muerto, devota creyente de un jinete mítico que anda en los montes, posiblemente un santo, que también tiene cuentas que saldar con el dictador, y que pondrá a Julián frente a un dilema moral de difícil solución.

Esencialmente una tragedia, Aballay es un filme que por momentos parece desarmarse a medida que avanza el metraje: ciertos cortes abruptos de montaje, ciertas decisiones narrativas (desarrollar en demasía la trama mística) y formales (el abuso del primer plano o de planos cerrados en la resolución de algunos enfrentamientos, el abuso de la música incidental) van a contramano de la creación del suspenso, como así también del verosímil, luego de un comienzo potente, por demás prometedor. Quizás el pecado sea pretender abarcar mucho (narrar una épica vengativa, otra romántica,  otra redentora) en un solo filme, a pesar de lo cual Aballay constituye una apuesta lograda: su conflicto central resiste todos estos baches, y consigue mantener la tensión hasta el final. El filme logra además apropiarse legítimamente de una tradición cinematográfica sólida y popular, instalada en el imaginario social y cultural de los argentinos, y seguramente su excelente ambientación de época, acaso su punto más logrado, tenga mucho que ver en sus méritos.

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 1 julio, 2011 at 2:26  Comments (2)