Que la cosa funcione

Déjà vu

 

Un clásico de los amores cinéfilos argentinos ha regresado a nuestras salas: el “genio” neoyorquino Woody Allen está de vuelta entre nosotros, con su antepenúltima película a la fecha, estrenada con dos años de retraso (y después de que ya se hubiera estrenado su penúltimo filme, Conocerás al hombre de tus sueños). La noticia es buena no tanto por Woody en sí, pues en los últimos quince años ha entregado más fiascos que buenas obras, sino porque se trata de una de sus mejores películas modernas, un filme que de algún modo lo devuelve a sus olvidadas fuentes originales tras las malogradas aventuras europeas que sigue protagonizando, una especie de déjà vu que tampoco vale la pena sobredimensionar, pues seguimos sin estar ante el Allen de los ´70 y los ´80.

Basado en un guión escrito por el propio autor en ésa época de su juventud, la pésima traducción del título original (Que la cosa funcione) deja escapar lo que sería una gran metáfora del propio Allen: la frase “Whatever works” (Lo que sea que funcione, el título original) sintetiza una filosofía existencial pero también una posible posición estética, que tal vez sirva para entender su propio recorrido artístico, que lo ha llevado a convertirse en una especie de parodia de sí mismo. El cine de Allen ha terminado por constituir un lugar seguro (no sólo para el director, también para sus seguidores), una especie de refugio privilegiado desde el cuál poder ver la vida y sus miserias con una ironía amable, un cinismo reconfortante que paradójicamente puede acercar su cinematografía a lo que más desprecia: el panfleto de autoayuda. Aquí es precisamente donde Que la cosa funcione comienza a funcionar de otra manera, pues devuelve a Woody un poco de la virulencia y la acidez que supo cultivar en otras épocas, con una cuota de fuerza mayor dotada por su alter ego y protagonista: el gran comediante Larry David, sin duda discípulo de Allen (y corresponsable de la serie Seinfeld). David compone a un Allen potenciado: un verdadero monstruoso lleno de paranoias y manías, cuyo egocentrismo es tan alto como su desprecio a la humanidad, un geniecillo neurótico y maleducado que no tiene problemas en maltratar a niños, mujeres o amigos, y que incluso se solaza en sus humillaciones. El monólogo de apertura, en el que el personaje de David, el físico cuántico Boris Yellnikoff, se dirigirá directamente al público (un recurso probado de Allen, que rompe de entrada con las exigencias de la ficción), ya muestra de qué viene la cosa: Boris es un escéptico consumado, que acaba de divorciarse de su mujer, que ha intentado suicidarse y que ahora se dedica a enseñar ajedrez a niños que desprecia, aunque alguna vez estuvo nominado al Premio Nobel. Como siempre acontece con Allen, a David la vida no tardará en darle vuelta las cosas, y pronto conocerá a una joven que rescatará de la calle (Evan Rachel Wood) de la que se terminará enamorando y hasta casando, pese a que no parece tener todas las luces consigo. Con ella, vendrán luego una madre desesperada, fanática religiosa y artista reprimida (la gran Patricia Clarkson), y además un padre envilecido por sus propias traiciones (Ed Begley Jr.). Los tres vivirán un proceso de expiación, aprendizaje y aceptación que los llevará a cambiar radicalmente de vida, mientras Boris sigue refugiado en su cinismo y su misantropía, hasta que vuelva a estar en la misma situación del inicio (aunque al final Woody le reservará su redención, algo que en cierto sentido traiciona a la misma película).

Pleno de ironía y sarcasmo, el filme funciona sobre todo cuando Boris está en el centro de la escena: sus grandes monólogos y los diálogos filosos retoman una de las mejores facetas de Allen, que vuelve a discurrir sobre el existencialismo, el amor, el matrimonio y la religión como grandes farsas, el humor y los pequeños placeres como refugio y salvación. Con ellos vuelve también su típica misoginia y su mirada misántropa del mundo, que acaso se potencia por cierta distancia que Allen toma de personajes y situaciones, aunque la presencia de Larry David conjura en parte los peligros: su apropiación del texto es tal que lleva la película a otro nivel, al punto que la narración se resiente profundamente cuando sale de escena. Formalmente elegante como acostumbra, Woody no parece particularmente interesado esta vez en filmar a su otrora amada Nueva York, que funciona más bien como un fondo difuso, demasiado conocido acaso, para la historia y sus personajes. La banda de sonido vuelve a constituir una narración aparte, con sus propias citas y referencias cinematográficas, aunque por supuesto no salvará ciertos baches narrativos y argumentales, que se harán patentes sobre todo en la media hora final.

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 22 junio, 2011 at 0:56  Dejar un comentario  

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