El retrato de Dorian Gray

Un signo de nuestro tiempo

 

El primer mes del año está por terminar, y la cartelera cinematográfica presenta un panorama decepcionante, que curiosamente revela la verdadera importancia del circuito de exhibición independiente de nuestra ciudad, cuya ausencia (por vacaciones) se magnifica en estos tiempos de sequía. El verano dejó sin refugios a los cinéfilos, y ni siquiera el exquisito Oscar Wilde podrá venir a nuestro auxilio, pues la vigésima adaptación cinematográfica de El retrato de Dorian Gray, uno de sus clásicos, a cargo esta vez del inglés Oliver Parker, constituye otra muestra más de la decadencia del cine industrial contemporáneo, o acaso un signo inclemente de nuestro tiempo.

Como bien reseñó Emilio A. Bellón en Página 12 Rosario, esta célebre fábula del joven que nunca envejecía tuvo su primera versión cinematográfica hace ya 65 años (a mediados de los años ´40, a cargo del inglés Albert Lewin), y desde entonces se convirtió en uno de los textos más filmados, aunque casi siempre con poca fortuna. Curiosamente, Parker es un admirador declarado de Wilde, pues antes del filme en cuestión había ya rodado otras dos películas basadas en obras del escritor irlandés (Un esposo ideal y La importancia de llamarse Ernesto), lo que a priori lo colocaba como un director ideal para la empresa. Pero la relación entre el cine y la literatura es compleja, y las críticas suelen perder de vista una condición esencial: cualquier adaptación cinematográfica modificará el texto original simplemente porque se trata de lenguajes absolutamente distintos, dos artes diferentes entre sí. Hay una especie de mito de la fidelidad que suele dominar los análisis de estas obras, debajo del cual late una subestimación absoluta del cine, que se entiende como un arte menor, incluso subsidiario de la literatura, a la que se debería amoldar al trabajar los grandes clásicos. Lo primero a aclarar es entonces que los problemas del filme no surgen de las diferencias que pueda tener con el texto de Wilde, sino de la poca fe que tiene el director en el cine como un arte en sí mismo, que para nosotros es además el más importante de la época moderna.

Lo segundo es hablar entonces de las decisiones estéticas de Parker, que apuesta a un aggiornamiento un tanto frívolo de la obra, que además de algunas modificaciones menores (la historia transcurre ahora a principios del siglo pasado, aunque mantiene el espíritu de la era victoriana), pasa principalmente por la adopción de una estética de videoclip como norma del relato, virando al final hacia lo fantástico y el cine de terror (con pasajes de violencia explícita). Se trata ahora sí de un interpretación no sólo caprichosa del texto, sino decididamente frívola, que se intensifica por la escasa pericia narrativa de Parker, asemejando al filme a un producto para televisión (con sus típicos cortes abruptos de montaje, al pasar de una escena a otra sin un orden de continuidad, o con sus personajes estereotipados y actuaciones exageradas), un combo destinado al público adolescente que carece de perspicacia filosófica y de profundidad dramática.

Su protagonista es, claro, Dorian Gray (Ben Barnes), un joven aristócrata heredero de una gran mansión londinense, de espíritu bondadoso e inocente, que comenzará a corromperse apenas conozca a Lord Henry Wotton (Colin Firth, el único con cierto vuelo), un hedonista consumado, que paulatinamente lo llevará a abandonar la buena senda y entregarse a una vida de placeres y excesos. Su contracara es Basil (Ben Chaplin), un artista bohemio que pintará el famoso retrato del joven Gray, con el que establecerá un extraño hechizo mediante el cual Dorian mantendrá su juventud incorruptible, mientras la pintura sufrirá los avatares del tiempo y de su misma alma.

Políticamente reaccionaria, la versión de Parker transforma la agudeza filosófica de Wilde en una triste fábula conservadora, que mantiene intocable el mismo ideario victoriano que terminaría condenando al propio escritor, pese a que en la película aparezcan ya automóviles con la marca de Fiat en primer plano (o tatuadores con aros en la cara en cierta escena sexual). Eso sí, Parker no escatima recursos para explicitar aquello que las imágenes no alcanzan a sugerir: la música omnipresente, con sonidos que traducen el momento (tensión, suspenso, amor, etcétera), junto a una apuesta por efectos especiales innecesarios (para generar miedo, por ejemplo, con la irrupción de las visiones de Dorian), completan un pastiche que tiene de todo menos la perspicacia del texto original, aunque a veces surjan destellos de su genio a partir de alguna frase repetida por los personajes;  y ahora sí es cuando vale la comparación, pues estamos ante un resultado muy pobre para semejante obra universal.

Por Martín Ipa

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Published in: on 26 enero, 2011 at 2:15  Comments (1)  

Sobre el fin del mundo

“En lugar de recurrir a la ciencia para impedir que el mundo se acabe, necesitamos mirar hacia nosotros mismos y aprender a imaginarnos y a crear un nuevo mundo.

Lo imposible y lo posible explotan simultáneamente en el exceso. En los reinos de la libertad personal y la tecnología científica, lo imposible es más y más posible. Podemos cobijar la esperanza de mejorar nuestras capacidades físicas y psíquicas; de manipular nuestras características biológicas vía intervenciones en el genoma; de lograr el sueño tecnognóstico de la inmortalidad codificando las características que nos distinguen y alimentando el compuesto de nuestra identidad en un programa computacional.

En lo que respecta a las relaciones socioeconómicas, empero, percibimos nuestra era como una era de madurez y, por tanto, de aceptación. Con el colapso del comunismo, abandonamos los antiguos sueños utópicos milenarios y aceptamos las limitaciones de la realidad – esto es, una realidad socioeconómica capitalista-con todas sus imposibilidades. No podemos participar en actos colectivos grandes, que necesariamente terminan en terror totalitario. No podemos aferrarnos al antiguo Estado benefactor, que impide que seamos competitivos y nos lleva a crisis económicas. No podemos aislarnos del mercado global.

A nosotros nos resulta más fácil imaginarnos el fin del mundo que un cambio social serio. Como prueba, las numerosas películas taquilleras sobre la catástrofe global y la conspicua ausencia de producciones sobre sociedades alternativas.

Tal vez sea tiempo de revertir nuestro concepto de lo posible y lo imposible; tal vez debiéramos aceptar la imposibilidad de la inmortalidad omnipotente y considerar la posibilidad del cambio social radical. Si la naturaleza ya no es un orden estable confiable, entonces nuestra sociedad también debería cambiar si queremos sobrevivir en una naturaleza que ya no es una madre buena y protectora, sino una madre pálida e indiferente”.

Por Slavoj Zizek  

PD: fragmento de un artículo publicado en La Vanguardia.  (http://www.lavanguardia.es/opinion/el-mundo-que-viene/20101230/54095911487/2010-el-fin-de-la-naturaleza.html)

Published in: on 24 enero, 2011 at 18:12  Dejar un comentario  

Volver al futuro

Otoño del 55

 

Debería ser todo un signo, o al menos un dato relevante sobre los tiempos cinematográficos que vivimos, el hecho de que el mejor estreno de lo que va del año sea un tanque de hace 25 años, un filme emblema para toda una generación cuya pertinencia transciende la moda ochentosa instalada entre nosotros por la siempre rendidora explotación de la nostalgia (aunque nos llega precisamente gracias a ella, por el estreno de un nuevo pack de las tres películas de la serie en DVD y Blu-Ray). Volver al futuro se encuentra a años luz de Imparable, El día del juicio final o Noches de Encanto, los otros estrenos de la semana, como así también del resto de la cartelera, a pesar de que en gran medida constituye un modelo en el que el cine norteamericano no ha dejado de verse a sí mismo en los últimos 25 años. Un modelo que, si nos ponemos a comparar, puede mostrar cuán perdido se encuentra Hollywood en nuestros días, teniendo en cuenta que su mayor logro en la primera década del siglo parece ser Avatar (¿acaso la volveremos a recordar y homenajear dentro de 25 años?), una película cuya edad mental es la de un niño de ocho años, pero que de algún modo es también hija del filme de Robert Zemeckis.

Pero si algo tiene Volver al futuro, que acaso tampoco fue una película revolucionaria ni una obra maestra, es respeto por el espectador: Zemeckis (director y guionista) y Bob Gale (coguionista y autor intelectual) construyeron un mecanismo de relojería que aún hoy puede seguir funcionando en sus propios términos, y que todavía es capaz de hablarnos del mundo en que vivimos, a tantos años vista. ¿Qué tiene para decirnos, entonces, su nuevo estreno en formato digital? ¿Por qué volver a verla en las grandes salas (en los pocos días que quedan, pues el jueves saldrá de cartelera) sin entrar en la trampa de la nostalgia? Porque el primer riesgo de todo análisis es caer en la idealización, cosa que la misma película intenta evitar: su propio viaje al pasado, a ésos idílicos años ´50, es a su modo un proceso desmitificador, una búsqueda de respuestas para entender cómo llegó el mundo a ser lo que era en ése ´85 dominado por la pseudodictadura conservadora de Ronald Reagan. Acá, la situación era bien distinta, y Argentina vivía el renacimiento democrático, el furor del reencuentro con la libertad y el sueño del progreso, sin saber aún lo que se venía (hiperinflación, menemato, etcétera). Pero la década del ´80 no fue, tampoco, una era dorada del cine (aunque tiene sus hitos que superan ampliamente a la del ´90, baste citar a Blade Runner o Terminator, otras películas sobre el tiempo que destruyen la idea de un futuro utópico), y acaso el séptimo arte esté mejor hoy en día, si extendemos nuestra percepción fuera de Hollywood. Pero lo interesante es redescubrir cómo un blockbuster podía constituir una obra completa, capaz de crear un universo propio (que sería bastante bastardeado por sus secuelas) al estilo del viejo cine clásico, un filme que pudiera entretener sin dejar de hablarnos del mundo: una obra que incluso se animó a nombrar las cosas por su nombre (su gran chiste fue político: “¿Ronald Reagan Presidente? ¿Y quién es el vice? ¿Jerry Lewis?”), y que no se tenía que ir a un planeta extraño para problematizarlo. Una película que podía hacer del incesto su gran eje narrativo: ese acoso casi obsceno por parte de la madre a su propio hijo, en una comedia masiva (fue la más vista del ´85) que pertenece al género del coming of age (paso de la adolescencia a la madurez), es prácticamente inimaginable en nuestros días, al menos en el cine mainstream, donde el sexo sigue siendo el gran tema tabú (no así la violencia, que se encuentra generalizada y se filma con los códigos propios de la pornografía). Se trataba, en definitiva, de un cine más libre, que precisamente por ello nos interpela: un cine capaz de cruzar la ciencia ficción con la comedia, la historia profunda de Norteamérica con la psicología freudiana y la política, el género de aventuras con los musicales, sin ser pretencioso ni solemne, desafiando incluso las convenciones sociales y proponiendo paradigmas que acaso guiaron a toda una generación hasta nuestros días, donde el cine parece extraviado.

Quedará a otros sin embargo explicar lo más importante: cómo llegamos a ser lo que somos, aunque se puede arriesgar que aquel modelo llevaba inscriptas en sus entrañas las condiciones del cine norteamericano del presente, como lo sugieren las trayectorias profesionales de los propios Zemeckis y Spielberg. Por ahora, lo que podemos hacer es volver a enfrentarnos a ésas imágenes, pensar cómo el cine nos sigue hablando de nosotros mismos, cómo aquellas películas que valen la pena (sean del género y de la procedencia que sean) constituyen un espejo en el que siempre vale la pena volver a mirarse, aunque no para atesorar un pasado falsamente idílico, sino para detectar errores, tratar de corregirlos, y construir un futuro diferente.

por Martín Ipa

Published in: on 18 enero, 2011 at 23:14  Comments (2)  

Más allá de la vida

La vida después de la muerte

 

Los verdaderos autores se revelan en sus peores obras, pues allí demuestran que a pesar de todos los fallos siempre tienen algo para dar, ya que incluso en esas piezas mantienen una mirada personal sobre el mundo. Todos los buenos directores, además, tienen obras menores, acaso porque se suelen aventurar a lo desconocido, animarse a aquéllos géneros que nunca pensaron abordar: nadie se imaginaba que Clint Eastwood, a sus 80 años, filmaría una película de tintes sobrenaturales sobre la vida después de la muerte, pero sin embargo nos encontramos debatiendo aquí sobre Más allá de la vida, el filme en cuestión. Y el debate, aún de los temas más superfluos, es siempre bienvenido. 

 Se trata, sin dudas, de una obra menor de Eastwood. Hasta incluso se podría pensar que es una típica película “de encargo”, como muchos colegas especulan, donde el gran Eastwood ha tenido que batallar con un guión ajeno (de Peter Morgan, el mismo de La Reina) y con un productor de peso y sin duda influyente como es Steven Spielberg. Pero así y todo, nadie puede dudar de que es una película suya, y a pesar de los reparos, es un filme que eleva la calidad del género, y que incluso mantiene cierta coherencia autoral con la obra previa de Eastwood. Acaso la primera aclaración a hacer es que no se trata de una película de aspiraciones metafísicas: si bien Más allá de la vida se relaciona con ése mundo inmaterial que hoy se encuentra codificado por la New Age, sus temas son en realidad bien concretos, y transcurren en el mundo que conocemos. Uno de los pocos aciertos del filme, acaso capital, es tratar de esquivar ése espiritualismo liviano tan en boga en nuestros días, especie de mercancía inmaterial que diariamente nos veden miles de libros y películas, a pesar de que al mismo tiempo se alimenta de ella: Eastwood elige no pontificar sobre el otro mundo, y e incluso consigue desnudar y ridiculizar los manejos que se hacen con el tema (todo lo contrario a lo que, por ejemplo, hace Gaspar Noé en Enter the Void, filme de contundente éxito crítico, que sin embargo es una estilización vacua del misticismo contemporáneo), aunque su protagonista central sea, precisamente, un psíquico capaz de comunicarse con los muertos. Tampoco las religiones encuentran eco en la exploración metafísica de Eastwood, e incluso son sutilmente parodiadas en el único pasaje en el que aparecen explicitadas (un entierro), y en el que dichas creencias se muestran como meras instituciones burocráticas creadas para lidiar con lo inexplicable. Y es la muerte, precisamente, el eje central del filme, o bien cómo sus protagonistas se relacionan con ella, cómo intentan enfrentar un duelo y volver a la vida, temas absolutamente terrenales. Los problemas empiezan en otro lado, acaso por un guión plagado de clichés, con una estructura narrativa demasiado transitada,  que apuesta a acumular géneros disímiles y citas de actualidad sin mucha coherencia, y termina aplicando soluciones al borde de la inverosimilitud.

 

Al estilo del mejicano Alejandro González Iñárritu, el filme superpone tres líneas narrativas que al final convergerán mágicamente: la central es la de nuestro protagonista, un psíquico capaz de comunicarse con los muertos (Matt Damon), que en realidad se encuentra acosado por su “don”, al que entiende como una maldición, y ha renunciado a ejercerlo para tener una vida normal. También hay una prestigiosa periodista francesa (la bellísima Cécile de France) que experimenta una transformación mística a partir de un accidente en el que muere por unos segundos, y donde llega a contemplar el otro mundo (filmado con una discreción digna de un agnóstico, dato no menor). Por fin, está un pequeño niño de clase baja londinense (homenaje explícito a Dickens), cuya madre adicta se encuentra asediada por los servicios sociales, y cuyo mundo se destruye con la muerte de su hermano mellizo (ambos, interpretados por Frankie y George McLaren). Se trata, cada uno a su modo, de tres outsiders, personajes típicos de Eastwood, cuyas vidas han sido sacudidas o marcadas por la muerte, y cuyas formas de relacionarse con ella se irán desarrollando paulatinamente por el filme, con el clasicismo y la seguridad acostumbradas por el director.

 

La elegancia formal de Eastwood es admirable, y acaso salva más de una vez a la película. Los primeros diez minutos son un filme aparte, una verdadera lección de cine (sobre todo para los seguidores de la ciencia ficción), donde se reconstruye el tsunami que arrasó las cosas de Indonesia con una precisión imposible de lograr sin efectos digitales, pero sobre todo sin la conciencia que exhibe el director sobre los medios cinematográficos. Una sabiduría que sin embargo parece extrañamente ausente en otros tramos de la película, como en la utilización de la música para potenciar los efectos dramáticos de ciertas escenas, o en la construcción de algunos personajes y situaciones que terminan banalizando los temas que aborda, por no hablar de la deriva romántica que termina encontrando hacia el final. Despareja y a veces desmedida, capaz de dejar escenas para atesorar en el recuerdo y luego pisar la línea del ridículo, lo cierto es que Más allá de la vida sería otra película sin Eastwood, una que seguramente no valdría la pena ni comentar.

Por Martín Ipa

Published in: on 11 enero, 2011 at 22:57  Dejar un comentario  

Muestra de Cine Independiente de La Cumbre

El cine que nos mira

 

La 7ma. Muestra de Cine Independiente de La Cumbre entra en su segunda semana, en un evento festivo e imprescindible para la cinefilia cordobesa, ya que aquí se puede descubrir y disfrutar de otro cine, reunido en una programación que dejará extasiados a los amantes del séptimo arte. Hasta el 20 del corriente, los martes, miércoles y jueves, el cine se reúne en el Cineclub Con Los Ojos Abiertos, que funciona en la Sala Luis Berti (Belgrano 470), de La Cumbre, y está a cargo del crítico y amigo Roger Alan Koza.

Como de costumbre, la muestra se encuentra organizada por secciones, entre las que se destaca una nueva: “Medievales y radicales”. “¿Por qué lo medieval? La impronta en nuestra cultura (cinematográfica) pop es ostensible, y nuestra búsqueda al respecto consistió en poder mostrar otras aproximaciones a un universo simbólico anacrónico e inconmensurable con el nuestro, pero que no deja de retornar y filtrarse en nuestra cultura, como si se tratase de un orden reprimido que, por alguna razón, insiste”, adelanta Roger. Además, Jean Renoir y Eduardo Coutinho son los dos directores elegidos en esta edición para rendirles homenaje e invitar al espectador a descubrir sus obras.  

La programación de la segunda semana es la siguiente:

Martes 11:

 

-A las 16. Sección: Renoir en foco. “La gran ilusión”, de Jean Renoir (Francia, 1939, ATP).

-A las 18:10. Sección: Medievales y radicales. “El mundo viviente”, de Eugène Green (Francia, 2003, ATP). Mediometraje: “Clases nocturnas” (27’), de Jacques Tati (Francia, 1967).

-A las 20. Sección: Encuentros con artistas notables. “Let’s Get Lost”, de Bruce Weber (EE.UU., 1988, +13).

-A las 22:15. Sección: Horizontes contemporáneos. “Lake Tahoe”, de Fernando Eimbcke (México, 2008, ATP). Cortometraje: “Llórame un río” (19’), de Jia Zhang-ke (China, 2008).

-A las 00:10. Sección: La trilogía del proletariado. “Ariel”, de Aki Kaurismäki (Finlandia, 1986, +13). Cortometraje: “El pasaje subterráneo” (30’), de Krzysztof Kieslowski (Polonia, 1973).

Miércoles 12:

 

-A las 15:50. Sección: Clásicos para un canon. “¿Por qué Bodhidharma se fue al Este?”, de Yong-Kyun Bae (Corea del Sur-Alemania, 1989, ATP).

-A las 18:15. Sección: Clásicos para un canon. “Vampiro”, de Carl Dreyer (Dinamarca, 1932, +13). Cortometraje: “El vampiro” (9’), de Jean Painlevé (Francia, 1945).

-A las 20:10. Sección: Encuentros con artistas notables. “El cameraman: vida y obra de Jack Cardiff”, de Craig McCall (Reino Unido, 2010, ATP). Mediometraje: “Los caminos de Kiarostami” (32’), de Abbas Kiarostami (Irán, 2006).

-A las 22:15. Sección: Horizontes contemporáneos. “El maestro de Go”, de Tian Zhuangzhuang (Japón-China, 2006, +13). Cortometraje: “Cristales líquidos” (6’), de Jean Painlevé (Francia, 1978).

-A las 00:30. Sección: Horizonte contemporáneos. “Francia”, de Serge Bozon (Francia, 2007, +13). Cortometraje: “Historia de camarones” (10’), de Jean Painlevé (Francia, 1964).

Jueves 13:

 

-A las 16. Sección: Mi primera película. “El espíritu de la colmena”, de Víctor Erice (España, 1974, ATP). Cortometraje: “Souvenir” (4’), de José Luis Guerín (España, 1986).

-A las 18:15. Sección: Eduardo Coutinho en foco. “Edificio Master”, de Eduardo Coutinho (Brasil, 2002, ATP).

-A las 20:25. Sección: El ojo lúcido. “El diamante blanco”, de Werner Herzog (EE.UU.-Alemania-Francia-Bélgica-Italia, 2004, ATP). Cortometraje: “Viaje al cielo” (11’), de Jean Painlevé (Francia, 1937).

-A las 22:15. Sección: Horizontes contemporáneos. “El hombre de Londres”, de Bela Tarr (Hungría, 2008, +13).

-A las 00:45. Sección: Brisseau por dos. “Los ángeles exterminadores”, de Jean-Claude Brisseau (Francia, 2006, + 18).

Para ver las críticas de cada película, ir a http://ojosabiertos.wordpress.com/2011/01/08/7-muestra-programacion-y-criticas-segunda-semana/

Foto 1: Jaques Tati.

Foto 2: La gran ilusión, de Jean Renoir.

Foto 3: Vampiro, de Carl Dreyer.

Foto 4: Herzog y el Diamante Blanco de fondo.

Published in: on 10 enero, 2011 at 22:17  Dejar un comentario  

Las crónicas de Narnia 3

Los límites de la fantasía

 

El ethos hollywoodense se encuentra dominado en pleno siglo XXI por una especie de oscurantismo pop, casi un oxímoron que intenta dar cuenta de ésta suerte de cambalache metafísico y medievalista que se encuentra en la mayoría de los productos dirigidos al público adolescente (que por cierto es el espectador promedio para la industria norteamericana). Magos, brujas y vampiros, centauros, dragones, minotauros y demás seres mitológicos, dominan nuestro imaginario cultural, se naturalizan y vuelven sentido común, como si el mundo viviera en una nueva edad oscura, donde no existe ninguna ligazón con la realidad. Y como siempre sucede con el cine, no se trata de mera fantasía, pues aquí se expresan de algún modo las coordenadas en que una sociedad se piensa y se construye a sí misma, la forma en que se justifica (o se condena).

Resulta por tanto significativo que 2011 comience con el estreno de Las Crónicas de Narnia: las travesías del Viajero del Alba, tercera entrega de la serie concebida por C. S. Lewis, un bodrio  paradigmático que siempre ha pretendido reunir todo en un mismo producto: afán medievalista con película de aventuras, fantasía mágica al estilo Harry Potter con las tradiciones familiares de Disney. Y si bien la película firmada esta vez por Michael Apted (Gorilas en la niebla, Una mujer llamada Nell) tiene sus particularidades, que la desmarcan un tanto de sus predecesoras, estamos siempre ante la misma fórmula: una mezcla posmoderna de mitos, películas y fantasías varias, en un producto que pretende seducir tanto a grandes como a chicos. Pero vamos a los detalles, que para eso está la crítica. Esta nueva entrega financiada ya por la Fox (luego de que Disney desistiera de arriesgarse a un posible fracaso) tiene algunas diferencias con sus dos antecesoras; la principal se relaciona con el mundo que aborda. Abandonando la cosmovisión estrictamente medieval que emulaba groseramente a El Señor de los Anillos (aunque la obra de Tolkien siga siendo su principal referencia), Narnia 3 se arroja enteramente al género marítimo, intentando abarcar otras series cinematográficas, principalmente la de Piratas del Caribe. Hay también otro vuelo narrativo, pues si Apted aporta algo está precisamente en la construcción dramática de la película, que sin embargo algunas veces no logra superar el ridículo, marca registrada de la serie toda. Las travesías del viajero es, empero, una película más reposada, que tiene sólo una batalla importante, que intenta ir construyendo la tensión de a poco, de manera climática, y que gran parte de su metraje se sostiene gracias al humor, toda una novedad en el universo narniano. Lo curioso, empero, es que el resultado casi no se modifica, como si los cambios fueran nimios, o acaso como si el género ya estuviera agotadísimo. Los protagonistas esta vez son los más chicos de los hermanos Pevensie, Lucy (Georgie Henley) y Edmund (Georgie Henley),  quienes en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial entrarán nuevamente al mundo fantástico de Narnia con su primo menor, el aristócrata Eustace (Will Poulter). Los tres aparecerán en pleno océano, al frente del Viajero del Alba, especie de navío de aires vikingos en donde viaja el príncipe Caspian (Ben Barnes), convertido ya en el supremo rey de Narnia, y el valiente ratoncito Reepicheep, que aquí cobra más protagonismo que en la segunda entrega. La razón del viaje no está clara, ya que Narnia goza de una era de paz, aunque pronto descubrirán que en los confines del mundo conocido está germinando nuevamente el mal, a partir de una niebla tenebrosa que mantiene sojuzgada a una población de humanos, y cuyo propósito parece ser el de destruir el mundo.

Episódica y convencional, la película tiene un planteo casi de videojuego, pues nuestros protagonistas deberán ir superando diferentes pruebas hasta reunir siete espadas mágicas, que servirán para destruir ése reino del mal, en donde se efectuará la monumental batalla final (contra un gran monstruo marino). Siguiendo la mitología cristiana (y al El Señor de los Anillos),  dichas pruebas se centrarán en la figura de la tentación, que acosarán no sólo a Edmund y Caspian, sino también a la inocente Lucy, que ya ha crecido y está ingresando al mundo adulto. Los apuntes humorísticos correrán por cuenta de Eustace, el nuevo miembro de la pandilla, un niño mimado que no logra adaptarse a la rudeza de la vida en Narnia, y que por supuesto deberá realizar su propio proceso de superación. Filosóficamente maniquea y políticamente conservadora, el problema de Narnia 3 no se encuentra tanto en su estructura fragmentaria, que por momentos se vuelve contraproducente, ni en sus planteos solemnes y a veces ridículos, sino en la mera repetición de una fórmula ya muy visitada, a la que no logra salvar ni el pulido realizado por Apted (que a ciencia cierta se sacó el lastre del barroquismo medieval que dominaba a sus predecesoras), cuya mayor ocurrencia formal se limita a copiar ciertos planos y recursos de otros grandes tanques del género, y donde la fantasía una vez más brilla por su ausencia.

Por Martín Iparraguirre

Published in: on 5 enero, 2011 at 2:15  Comments (2)  

Muestra de Cine Independiente de La Cumbre

El cine que nos mira

 

A partir de mañana, y hasta el 20 de enero, se presentará la 7ma. Muestra de Cine Independiente de La Cumbre

 El Cineclub Con Los Ojos Abiertos, que funciona en la Sala Luis Berti (Belgrano 470, de La Cumbre), y está a cargo del crítico y amigo Roger Alan Koza, vuelve a poner en marcha, a partir de mañana, la séptima edición de la Muestra de Cine Independiente de La Cumbre. Se trata de un encuentro fundamental para la cinefilia cordobesa, donde se puede descubrir la existencia de otro cine y de otras visiones del mundo, que no se pueden encontrar en las grandes carteleras de la ciudad. “Somos un cineclub, existimos hace 10 años, organizamos esta muestra amateur de cine independiente desde 2005 y nuestro talonario indica que hemos pasado los 10.000 espectadores”, celebra el organizador en su presentación. Es hora de respaldar estas propuestas.

Como de costumbre, la muestra se encuentra organizada por secciones, entre las que se destaca una nueva: “Medievales y radicales”. “¿Por qué lo medieval? La impronta en nuestra cultura (cinematográfica) pop es ostensible, y nuestra búsqueda al respecto consistió en poder mostrar otras aproximaciones a un universo simbólico anacrónico e inconmensurable con el nuestro, pero que no deja de retornar y filtrarse en nuestra cultura, como si se tratase de un orden reprimido que, por alguna razón, insiste”, adelanta Roger. Además, Jean Renoir y Eduardo Coutinho serán los dos directores elegidos en esta edición para rendirles homenaje e invitar al espectador a conocer sus obras. En el caso de Renoir, fue elegido, en parte, como un aporte a pensar el cine en 3D. “Las reglas del juego”, un filme realizado hace más de 70 años, “enseña a mirar de otro modo las relaciones entre frente y fondo, una relación con el plano cinematográfico que supuestamente el cine en tres dimensiones parece retomar”, explica el propio Roger. Por su parte, el cine de Coutinho “expresa una voluntad manifiesta de entender el cine como instrumento de conocimiento”, una visión cinematográfica que acaso recorre toda la selección del encuentro.

Para engalanar la inauguración de la 7ma. Muestra, los directores del filme “Los labios”, el cordobés Santiago Loza e Iván Fund, estarán presentes en la función, momento en el que se verá su película, que estuvo en el último festival de Cannes y que regresó con un premio oficial.

La programación de la primera semana es la siguiente:

 

Martes 4:

-A las 21:30. Película de apertura “Los labios” (Argentina, 2010), de Iván Fund y Santiago Loza. Con la presencia de los realizadores. Cortometraje: “De la necesidad de navegar los mares” (Alemania, 2010), de Philipp Hartmann.

-A las 00:10. Sección: Encuentros con artistas notables. “Un hombre sobre un cable” (Reino Unido, 2008), de James Marsh. Cortometraje: “El niño ciego” (Holanda, 1964), de Johan van der Keuken.

Miércoles 5:

-A las 16. Sección: Clásicos para un canon. “Elegía de Naniwa” (Japón, 1936), de Kenji Mizoguchi. Cortometraje: “Las variaciones Marker” (España, 2007), de Isaki Lacuesta.

-A las 18. Sección: El ojo lúcido (documentales). “Alimento, S.A.” (EE.UU., 2008), de Robert Kenner. Cortometraje: “El hipocampo” (Francia, 1933), de Jean Painlevé.

-A las 20:10. Sección: Jean Renoir en foco. “Las reglas del juego” (Francia, 1939), de Jean Renoir.

-A las 22:15. Sección: Horizontes contemporáneos. “Sansón y Dalila” (Australia, 2009), de Warwick Thornton.  Cortometraje: “Los tambores de antaño” (Francia, 1971), de Jean Rouch.

-A las 00:30. Sección: La trilogía del proletariado. “Sombras en el paraíso” (Finlandia, 1986), de Aki Kaurismäki. Cortometraje: “La vendedora de fósforos” (Francia, 1928), de Jean Renoir.

 

Jueves 6:

-A las 16. Sección: Medievales y radicales. “Lancelot del lago” (Francia, 1974), de Robert Bresson. Mediometraje: “La panadera de Monceau” (Francia, 1963), de Eric Rohmer.

-A las 18. Sección: Mi primera película. “Sangre”, de Pedro Costa. Cortometraje: “El pulpo” (Francia, 1927), de Jean Painlevé.

-A las 20. Sección: Eduardo Coutinho en foco. “Fin y principio” (Brasil, 2005), de Eduardo Coutinho. Cortometraje: “Maranhâo 66” (Brasil, 1966), de Glauber Rocha.

-A las 22:15. Sección: Horizontes contemporáneos. “El director del casamiento” (Italia, 2006), de Marco Bellocchio. Cortometraje: “Cuidado con tu gancho izquierdo”, de Jacques Tati.

-A las 00:20. Sección: Brisseau por dos. “Pasiones secretas” (Francia, 2002), de Jean-Claude Brisseau.

Foto 1: Las reglas del juego, de Jean Renoir.

Foto 2: Lancelot del lago, de Robert Bresson

Foto 3: Los labios, de Iván Fund y Santiago Loza

Foto 4: Sangre, de Pedro Costa

Published in: on 3 enero, 2011 at 22:10  Dejar un comentario