El ilusionista

Triste y melancólico

El cierre de año vino con una sorpresa inesperada, que no se trata precisamente de la letra digitalizada de C.S. Lewis, sino de una apuesta bastante más digna: la resurrección animada de un tal Tati, genio siempre vigente de la comedia moderna, sin duda uno de los realizadores más importantes del siglo pasado, hoy injustamente confinado al olvido. Sylvain Chomet, responsable de la celebrada Las trillizas de Belleville, estuvo a cargo del desafío, que trascendió la mera encarnación animada de Jaques pues El Ilusionista es directamente una adaptación de un guión del propio Tati, que nunca llegó a filmar. El resultado es un filme crepuscular, irremediablemente nostálgico, que reivindica otras técnicas y otros métodos cinematográficos, y homenajea sinceramente a ese gran maestro que fue Tati, aunque al mismo tiempo no hace más que resaltar su ausencia, o quizás la infranqueable distancia que nos separa de su cine.

Como todo gran autor, Tati fue un pensador de su época: sus películas interpelaron al mundo, fueron testimonio vivo de la situación histórica que atravesaban, e incluso anticiparon algunos de los dilemas que enfrentaría el hombre moderno. El Ilusionista es, en cambio, una obra atravesada por el paso del tiempo, una mirada retrospectiva plagada de nostalgia y melancolía, que a lo sumo puede testimoniar el fin de una era (aunque no sólo la de Tati, sino tal vez también la de Chomet, cuyo trabajo se basa en la animación artesanal), porque precisamente ya ni siquiera cree en las posibilidades del cine que homenajea. Se trata, sin embargo, de un homenaje sincero y sentido, que respeta las formas del cine de Tati, aunque tal vez no su estética.

Su protagonista es el propio Tatischeff (apellido original de Tati) convertido en un ilusionista errante a fines de los años ´50, cuando el mundo comenzaba a modificarse irremediablemente por la llegada de la modernidad. Ya en su primera presentación queda claro el planteo de la película: el público no aplaude sus trucos artesanales, ni se deja seducir por el conejo en la galera, y pronto veremos que los jóvenes prefieren enloquecer con una nueva banda de rock. El viejo Tatischeff (dibujado con la estética propia de Chomet, personajes alargados y grises, siempre tristones, aunque con los gestos del inolvidable Sr. Hulot) buscará nuevos horizontes en teatros desvencijados, fiestas de casamientos o bares de mala muerte. Pero sólo los niños parecen valorar sus trucos, y entonces conocerá a una joven sirvienta que quedará embelesada por su magia, y a la que no tardará en adoptar como hija propia. Ya con ella, Tatischeff se mudará a Edimburgo, donde las cosas no harán más que complicarse pues allí todo está en decadencia (en su hotel hay un payaso suicida y un ventrílocuo alcohólico), mientras Tatischeff se empeña en mantener la ilusión de su joven acompañante, quien cree que él tiene la capacidad de transformar sus ropajes viejos en flamantes vestidos y abrigos, para lo que necesitará cada vez más dinero.

Escencialmente nostálgica, plagada de música melancólica que acentúa los colores grises y marrones que dominan el mundo de Chomet, la película tiene sin embargo la virtud de ir a fondo en su tesis, y no proponer soluciones mágicas. El director sí respeta los principios formales de Tati, y así los planos medios y los grandes encuadres dominan la película, proponiendo además otros tiempos al espectador, tanto en el desarrollo de los planos como en el de las acciones de los personajes, que se desmarcan notablemente del cine de animación contemporáneo. Prácticamente sin diálogos, los pocos que hay no están siquiera traducidos, ya que la apuesta pasa por la imagen: como Tati, Chomet cree en la fuerza de sus dibujos, que en algunos planos generales alcanzan una belleza sublime. Claro que las distancias son enormes, entre otras cosas porque es el propio Chomet quien aquí postula que “la magia ya no existe”.

 Por Martín Ipa

Published in: on 30 diciembre, 2010 at 0:29  Dejar un comentario  

La situación del Cineclub Municipal

Los empleados del Cineclub Municipal Hugo del Carril vienen denunciando una serie de atropellos que sufren hace tiempo por parte de quienes dirigen esta querida entidad, que encima corre el riesgo de ser modificada u apropiada por las autoridades municipales, cuya desastrosa política cultural todos conocemos. A continuación, reproduzco una carta de Julia Pesce, valiosa trabajadora del Cineclub que luego de estar seis años aportando a la entidad en unas condiciones absolutamente precarizadas, fue despedida sin mayores explicaciones ni reconocimientos. Se trata de una convocatoria a una sentada masiva en la puerta del Cineclub para el miércoles 29 a las 10,  en reclamo del fin de estas irregularidades y en defensa del queridísimo Hugo del Carril, cuya vitalidad y existencia se encuentra en riesgo.

 

A la comunidad cordobesa, y a todos los trabajadores del ámbito cultural:

 Mi nombre es Julia Pesce, soy realizadora audiovisual independiente. Trabajé ininterrumpidamente durante 6 años en el Cineclub Municipal Hugo del Carril, desempeñándome en distintas tareas a lo largo de ese tiempo. Si bien las condiciones laborales nunca fueron ideales, asumí la responsabilidad de mi trabajo de manera total, involucrándome y aportando a ese espacio todo lo que tenía para dar, primero como voluntaria y después claramente como empleada de la Asociación de Amigos del Cineclub. Siempre a la expectativa de que mi situación laboral y la de muchos compañeros que también trabajaban en negro cambiase, de que se nos diera el lugar, las condiciones y el reconocimiento que merecíamos por nuestro trabajo. Si bien la reglas del juego eran esas, todos los que trabajamos bajo ese régimen excepcional esperábamos que las autoridades del Cineclub y las autoridades Municipales finalmente se hicieran responsables, no solo de regularizar nuestra situación laboral sino también de dar transparencia a la administración del espacio. Hace aproximadamente un mes atrás, los coordinadores del cineclub, Sr. Daniel Salzano y Sra. Elina Maldonado convocaron a todos los trabajadores del cineclub a una reunión en la que nos comunicaron su incertidumbre sobre la posibilidad de que pudiéramos continuar con nuestro trabajo el año próximo. Nos manifestamos inquietos ante la posibilidad de perder nuestros trabajos, y ante la falta de respuestas concretas sobre si podríamos continuar manteniendo nuestra fuente laboral decidí iniciar las acciones legales pertinentes a defender mis derechos. Vale decir que desde tiempo antes, se venía planificando cómo repartir mis tareas entre el personal de planta permanente que depende directamente del municipio, y que por lo tanto no podría ser removido fácilmente. Hay que decir también que no se trata de un episodio aislado del abuso de poder que las autoridades ejercen sobre los que trabajamos allí; en los últimos años han sido expulsados, apartados y despedidos muchísimas personas, cuya falta más grave era la de reclamar por condiciones de trabajo más dignas. Desde su fundación el Cineclub sufre, al igual que todos los espacios de difusión, gestión y producción cultural que dependen de la Municipalidad, el abandono económico, administrativo y político. Ante esto es a lo que muchos nos acercamos a colaborar y trabajar de distintas maneras, ya que es bien sabido la importancia que un espacio así tiene en un medio cinematográfico local en pleno crecimiento critico, estético y productivo.

Fue también para proteger la integridad y la continuidad de la institución que se creó la Asociación de Amigos del Cineclub Municipal Hugo del Carril. Esta es la asociación a través de la que se administra gran parte del dinero que el cineclub obtiene de sus socios como contraprestación a los servicios que brinda, llámense biblioteca, videoteca, cursos, seminarios y actividades especiales. Es esta misma asociación la que se ocupa, entre otras cosas, de contratar y efectuar el pago de honorarios de todos los trabajadores que no manteníamos vinculo laboral directo con la Municipalidad. Tan buen fin, se ve oscurecido por la falta de participación de los socios a causa del estratégico manejo antidemocrático de su estructura. Asimismo, los empleados que trabajábamos para la Asociación éramos incitados a formar parte de su comisión directiva, de manera claramente fantasma y sin funciones o capacidades ejecutivas reales. El funcionamiento ejecutivo, más allá de lo que digan sus estatutos, compete exclusivamente a los coordinadores del cineclub antes mencionados.

Si existieron esta cantidad de manejos poco transparentes por parte de las autoridades, fue, entre otros motivos, por la manifiesta falta de apoyo por parte de las autoridades municipales correspondientes.  A pesar de todo, muchísimas personas aportamos nuestro trabajo y esfuerzo para llevar adelante un proyecto cultural que incluyó la realización de festivales nacionales, muestras internacionales, visitas ilustres de personas vinculadas a la actividad cinematográfico local y mundial, la realización de obras de teatro, recitales de música y otras muchas actividades.

No queremos que esta historia se repita incansablemente, que se aplasten en media hora todos estos esfuerzos, el trabajo y las ganas de seguir construyendo que tenemos los que trabajamos allí, que esta situación quede en el olvido y el año próximo otros trabajadores con las mismas ganas y empuje con el que entramos todos nosotros sufran las mismas políticas de gestión.

Frente a todo esto, es inminente la intervención de las autoridades y con ella también la amenaza de que la política de turno sortee cual botín político a la institución y su prestigio al mejor postor, y en este juego de intereses políticos corre riesgo un trabajo de más de 10 años. La elección de las autoridades responsables del Cineclub, no puede ser ajena a los intereses y exigencias de la comunidad audiovisual, de los espectadores y ciudadanos cordobeses. Menos aun hoy cuando existen 2 asociaciones de realizadores y productores, una asociación que nuclea a los cineclubes de Córdoba y tantos realizadores en pleno crecimiento profesional.

El cineclub es un espacio municipal que nos pertenece a todos. La comunidad cinéfila, los realizadores audiovisuales, los gestores culturales, las asociaciones que nuclean a trabajadores de la cultura, y todo ciudadano cordobés tienen el deber y el derecho de exigir políticas culturales que apunten al verdadero aporte y crecimiento de la cultura y además tiene la responsabilidad de proteger estos espacios tan importantes, como lo es el Cineclub Municipal Hugo del Carril.

Finalmente y debido a todo esto: convocamos a la comunidad entera a ser parte de una sentada masiva el dia miércoles 29 de diciembre a las 10 de la mañana frente a las puertas del cineclub (Bv. san Juan 49) para exigir que la autoridades competentes tomen cartas en el asunto y defiendan los intereses y derechos de los trabajadores y que garanticen la transparencia en la coordinación y administración de este espacio público.

Los saluda atentamente, Julia Pesce

Published in: on 27 diciembre, 2010 at 21:58  Comments (5)  

Tron, el legado

El cine en la era digital

 

El año que termina será recordado tal vez por la consolidación definitiva del cine digital, quizás el inicio de una nueva era en la historia del séptimo arte, como pomposamente se empezó a insinuar hace casi doce meses con el estreno de Avatar (31 de diciembre de 2009).  Ese futuro tan esperado por muchos ya está aquí, y la mayoría de los grandes tanques norteamericanos estrenados este año tienen al menos dos características en común: han apostado todo al 3-D, la nueva tecnología que parece ser la salvación de la industria, y en gran parte fueron confeccionados en alguna computadora. El cine (o al menos este tipo de cine) puede haber dejado de tener relación con el mundo real, acaso la característica que no hace mucho definía su naturaleza, pero aún no está claro qué se viene a proponer en su lugar.

Acaso el cierre simbólicamente perfecto del año tiene ahora lugar con el estreno de Tron: el legado, especie de remake y secuela al mismo tiempo de un viejo clásico de la Disney del año ´82, aparentemente menospreciado en su momento, pero hoy convertido en un filme de culto por la asombrosa capacidad anticipatoria que tuvo. No sólo porque se trató de una película pionera en la creación de efectos especiales generados por computadora, sino  porque anticipó también los dilemas que enfrenta el hombre en la era digital: la absorción de la vida y hasta del mundo por parte de esa realidad virtual que tiene tan poco de real, pero cuya imposición parece hoy definitiva. ¿Qué tenía para decir la nueva versión de este clásico ochentoso? ¿Cuál era su justificativo, cuál su significado para el cine actual? Acaso no haya que bucear mucho para encontrar respuestas: Tron, el legado, es en primer término un gran negocio para la Disney, que se extenderá en infinidad de negocios paralelos; pero cuyos alcances en nuestro mundo serán muy distintos.  Porque Tron es sobre todo un paso más en la consolidación de este cine abstracto, desvinculado ya de su conexión originaria con el mundo, aunque no lo suficiente como para evitar referirse a él. Acaso de aquí nazca su problema principal, el inicio de sus contradicciones: como Avatar o Matrix (o tantos otros), Tron es un filme que se construye con las mismas armas que pretende combatir; es una película que se pretende antisistémica y rebelde, pero que pertenece a una corporación como la Disney…, una obra que propone la destrucción del mundo virtual pero que está confeccionada con sus mismas herramientas, e incluso de allí extrae su encanto. Es, en definitiva, una película extraviada, que sólo adquiere cierto sentido en aquellos momentos donde la tecnología muestra toda su potencialidad, y donde el espectador queda subyugado ante una ola de estímulos visuales y sensoriales que no permiten otro tipo de recepción más que el asombro, o quizás el aturdimiento. Psicológicamente elemental, en la tradición familiar de los productos Disney, Tron tiene en su centro un planteo edípico elemental: su protagonista es Sam Flyn (Garrett Hedlund), el hijo del programador Kevin Flyn (Jeff Bridges), personaje principal de la primera entrega, que ha quedado atrapado en su propia invención, un videojuego convertido en un mundo virtual dominado por un software dictatorial llamado Clue, especie de avatar de Flyn (protagonizado también por Bridges, artificiosamente rejuvenecido), que pretende destruir todo rastro de la vida humana, incluido a su propio creador. Lo cierto es que Sam entrará a esa especie de matrix llena de luces de neón, y descubrirá que su padre vive recluido cual monje zen, resguardando sus secretos de su oponente, que aspira a entrar al mundo real. Y por supuesto ambos emprenderán una cruzada libertaria que incluye a una bella joven (Olivia Wilde), supuesta nueva forma de vida, última espécimen de una especie masacrada por Clue.

Solemne y banal, Tron irá perdiendo rápidamente consistencia a medida que avance el metraje, y el único interés pasará por captar ése mundo de diseño digital, lleno de luces fosforescentes y trajes de neoprene, que en algunas ocasiones entregará cierta emoción a partir de sus estímulos visuales, aunque a ciencia cierta haya una batalla excluyente: la primera, con aquellas famosas motos que en sus trayectos dejan haces mortales de luz. Sí vale reconocer que el uso del 3-D se desmarca a veces de la mediocridad dominante en estos tipos de productos, y por momentos el recurso se extiende a todo el plano cinematográfico, insinuando quizás que sus posibilidades están recién por descubrirse.

Por Martín Ipa

Published in: on 21 diciembre, 2010 at 22:54  Dejar un comentario  

Agora

Cine y espectáculo

 

La ciudad viene teniendo un cierre de año que no le hace honor a este 2010 sorprendente, que estuvo lleno de buen cine de diferentes latitudes del mundo, pero que en sus últimos días se encuentra dominado por la impertérrita hegemonía norteamericana. Puede ser todo un dato que la única película no estadounidense estrenada el fin de semana en los grandes complejos de la ciudad sea el mejor testimonio del colonialismo cultural en que vivimos: producida por España, Agora es curiosamente un filme hablado en inglés a pesar de que transcurre en los inicios del siglo V en Egipto, más precisamente en la legendaria Alejandría. No se trata por supuesto del único desliz que se permite el director Alejandro Amenábar (Tesis, Abre los ojos), que en algún momento fuera gran promesa de la cinematografía ibérica, hoy definitivamente trunca, pero resulta suficientemente ilustrativa de la situación en que se desarrolla el séptimo arte en casi todas las latitudes, Córdoba incluida.

Agora puede ser también buen ejemplo de cómo la fórmula, o quizás los lineamientos impuestos por los cánones hollywoodenses, pueden truncar un tema fértil, una historia apasionante,  que parece nacida para el cinematógrafo (que el autor de esta columna considera como uno de los ámbitos naturales de la filosofía).  Su protagonista es nada menos que Hipacia de Alejandría (cuyo nombre aparece mal traducido aquí como Hipatia), destacada filósofa y maestra neoplatónica griega, conocida por ser la primera matemática y astrónoma de la historia, y cuya vida terminaría cegada por el cristianismo en ascenso en los inicios del siglo V, en medio de fuertes disputas con el judaísmo y el paganismo.  La versión Amenábar de su vida pretende emular a los viejos “péplums” norteamericanos e italianos, aquellas películas de grandes producciones y enormes aspiraciones que intentaban narrar las gestas bíblicas, casi siempre apelando a un tono idílico y romántico (caso Ben-Hur, Espartaco, Rey David),  y que supo resucitar a inicios del siglo de la mano de Gladiador.  Y quizás el gran defecto de Amenábar sea precisamente el haberles sido demasiado fiel a ésos modelos, apostando al artificio y la espectacularización de la historia,  pero clausurando así las posibilidades mismas del cine: su capacidad mágica para recrear la experiencia vital de otros tiempos y de otras culturas. Ya el primer plano del filme parece revelar el ego del director: la tierra entera aparece encuadrada en él, mientras se nos introduce al tiempo histórico que veremos, y a la figura que abordará. Hipacia (o Hipatia, como prefiera, interpretada por Rachel Weisz),  es una joven y bella filósofa muy respetada en su comunidad y por sus alumnos, en la agitada Alejandría de fines del siglo IV, donde conviven el paganismo, el cristianismo en ascenso y el judaísmo, bajo la égida del imperio romano. Tiene una obsesión: develar los misterios de los astros, en especial el movimiento de los planetas (una de las “licencias” de Amenábar consiste en postularla como la descubridora del sistema heliocéntrico, ¡1.200 años antes que el verdadero, Johannes Kepler!), e intenta mantener a sus alumnos al margen de las disputas políticas y religiosas. Su padre, el filósofo y matemático Teón, es el prefecto del lugar, y debe lidiar diariamente con aquellas tensiones, que por supuesto no tardarán en llegar a la violencia extrema, y en un estallido terminará por acabar con el reinado pagano. Amenábar no se priva tampoco de introducir una disputa amorosa por Hipacia entre Orestes, su discípulo y futuro prefecto, y un esclavo de ella, Davo, que terminará revistando en las filas cristianas: la lucha entre oscurantismo y razón terminará reducida así a un triángulo insulso, aunque el enemigo mayor de Hipacia terminará siendo Cirilo, líder despiadado de los católicos.

Las licencias que se toma Amenábar (que son muchas y nada menores por cierto) no serían importantes si no revelaran el espíritu que mueve a la película: hacer de todo un gran espectáculo, pretender contar un momento trascendental para la historia de la humanidad, que por supuesto tiene su pertinencia contemporánea (las analogías con nuestro tiempo no parecen casualidad). Poco importa en realidad la relación entre la fe y la razón, a pesar de que el filme parezca destilar una mirada atea (o humanista): el plano cenital que abre la película volverá cíclicamente cada vez que haya un enfrentamiento, emulando la mirada de Dios. Tampoco cuenta la fidelidad histórica (a pesar de la gran reconstrucción de escenarios, vestimenta y arquitectura), pues la caricaturización y la manipulación son regla, y así los creyentes aparecerán siempre como una horda de bestias, en especial los cristianos (quizás la única particularidad del filme consista en mostrarlos como victimarios); como menos aún interesa el realismo dramático, roto cada dos por tres por una banda de sonido omnipresente, o por planos que se van más allá de la tierra pero donde se siguen escuchando los sonidos de los protagonistas. Sí resulta claro que Amenábar quiere condenar los fanatismos religiosos, pero curiosamente utilizará sus mismos instrumentos para hacerlo (manipulación, distorsión, espectacularización), y el resultado será un filme más digno de la televisión, a pesar de sus 75 millones de dólares de costo, de sus grandes escenas de masas, de sus efectos digitales y de sus precarios debates filosóficos.

Por M.I.

Published in: on 15 diciembre, 2010 at 22:36  Dejar un comentario  

Megamente

El villano favorito

 

El cine de animación se encuentra viviendo una paradójica época de oro, un renacimiento parido entre los avances de la tecnología digital y la consolidación de un nicho comercial surgido en pleno siglo XXI: películas infantiles que seducen tanto a niños como a jóvenes y adultos. Hoy es casi una quimera encontrar en las multisalas filmes dedicados exclusivamente a los más pequeños, mientras los nombres y estilos de los principales estudios de animación de Hoollywood ya casi forman parte del saber popular,  y son fácilmente identificables por cualquier espectador promedio. El resultado, por supuesto, es la absoluta uniformidad del género, que con muy pocas excepciones (acaso Pixar en Estados Unidos) se ha vuelto una de las especies más previsibles: ya todos saben lo que van a buscar en estos productos, y casi nunca son defraudados. El cine queda reducido así a mero suministrador de emociones y respuestas estandarizadas, justo cuando las posibilidades de los animadores parecen volverse infinitas.

Un contexto semejante, empero, obliga a valorar los pequeños detalles, las mínimas diferencias que sirvan para particularizar a las películas, sin resignar por supuesto el espíritu crítico. Se trata de una tarea tal vez infausta, pero obligatoria para aquél que ama al cine. ¿Qué vuelve entonces único a Megamente, último tanque de la factoría DreamWorks (competencia de Pixar, y creadora de la reciente Cómo entrenar a tu dragón)? ¿Cuál es su característica particular, su signo distintivo? No es por cierto su argumento, por más original que pueda parecer a primera vista, pues estamos ante un mecanismo de reciclaje típico de estos tiempos, plagado de temáticas ya transitadas (ver Los increíbles o Mi villano favorito) y de referencias a la cultura (cinematográfica, televisiva, musical) global. Tampoco su puesta en escena tiene grandes novedades, aunque a veces se despegue del más transitado convencionalismo, recurriendo al plano secuencia en ciertas escenas y estirando por momentos el timming publicitario que domina al cine norteamericano. Menos aún su diseño de producción y su factura técnica, impecables por supuesto, pero a la misma altura de sus pares del norte. Claro que hablábamos de detalles, y en ellos puede estar la respuesta: Megamente es también una especie de colage, una suma de ideas (en su mayoría ajenas) pegadas con más o menos justeza por un guión (de Alan Schoolcraft y Brent Simons) que encima intenta abordar diversos géneros, sin mucha coherencia las más de las veces. Pero al inicio hay una buena ocurrencia, que muere a los quince minutos: parodiar con fina ironía a Superman, darlo vuelta y mostrar sus dobleces. Nuestro protagonista es un extraterrestre enviado de bebé a la tierra desde un planeta extraño, antes de explotar. Sin embargo, junto a él llegará otro alienígena, que caerá en una familia rica, mientras él desembarcará en la cárcel. Aquél será un niño perfecto, cargado de poderes magníficos y preferido por los chicos de la escuela, mientras Megamente será marginado por sus compañeros, criado por malhechores y se convertirá en villano. Ya de grandes, el niño rico se habrá convertido en un símil de Superman, apodado Metroman, un verdadero fanfarrón lleno de demagogia pero que tiene enamoradas a las masas de Metrociudad con sus trucos, y vive de alimentar su propio ego; mientras Megamente será un villano de pacotilla, que fracasa una y otra ves en sus planes a pesar de poseer un manejo supremo de la tecnología y la ciencia. Todo cambiará en una batalla donde inesperadamente Megamente destruirá a su contrincante, aunque no percibirá que con él se irá también su razón de ser, su “otra mitad”, y por cierto la mejor veta del filme, que desde entonces entrará en una lenta pendiente. Ya como rey de la ciudad, Megamente vivirá una especie de tedio existencial que lo llevará a idear la creación de un nuevo superhéroe que lo enfrente para recuperar la vivacidad perdida, y luego a enamorarse de una reportera antes asociada a Metroman, aunque para seducirla deberá disfrazar su identidad. Lo cierto es que el nuevo superhombre terminará siendo más malvado que el propio Megamente, quien consecuentemente deberá transformarse en su opuesto para detenerlo.

Filosóficamente banal y políticamente tramposa, la película de Tom McGrath (Madagascar) irá perdiendo rápidamente su identidad a medida que avance el metraje, y la carencia de ideas intentará ser suplida con la acumulación de gags físicos, chistes fáciles, nuevas referencias cinematográficas, otras vueltas de tuercas y la apuesta por una espectacularidad tan grande como anodina, que aunque intenta mantener el ritmo, en el fondo no hace más que resaltar su inconsistencia. Vale citar por ello al crítico Horacio Bernades, quien escribió en Página 12: “Es justamente allí (en su espectacularidad) donde la película construye un espectador no muy distinto del de las superproducciones monumentalistas de Metroman: una masa de ciudadanos ululantes, extasiados con los superpoderes del héroe. Así, el punto de vista de Megamente empieza siendo el de nuestro villano favorito, para igualarse a la larga con el del héroe al que había prometido odiar”.

Por Martín Ipa

Published in: on 7 diciembre, 2010 at 2:44  Comments (1)  

Machete

Malos alumnos

Quentin Tarantino es un ejemplar extraño en el imperio del norte: rebelde y revulsivo por naturaleza, no deja de ser al mismo tiempo el gran paradigma de la filosofía hollywoodense, el hombre capaz de llevar los ideales estéticos y formales de ésa cultura a su mejor expresión. Claro que el carácter anárquico de su cine termina minando siempre su casamiento final con la industria: Tarantino es también un cineasta libre, acaso un pensador de las tradiciones y de las formas cinematográficas que resulta imposible domesticar, que incluso se torna peligroso porque suele desnudar las hipocresías del sistema, revelar sus límites y volveros en contra del propio Hollywood. Aquí yace el gran valor de su cine. Pero la historia es muy distinta con su escuela, porque los seguidores de Tarantino suelen realizar una apropiación frívola de su cine, tomando sus peores aspectos y confeccionando incluso un canon propio con ellos, que cada tanto nos entrega una nueva película que pretende imitar aquello que justamente es lo menos interesante de su obra (aunque también es lo que suele atraer el gran público).

El mejor ejemplo es Robert Rodríguez, acaso el imitador más conocido de Tarantino, un director que ha realizado todo un cuerpo de obra propio enteramente a su sombra: incluso Machete, la película en cuestión, nació de un trailer falso que acompañaba el programa doble de ambos en Grindhouse (constituido por Death Proof y Planet Terror). A diferencia del de Tarantino, el cine de Rodríguez se define por su apariencia, por la producción estética de sus películas, nunca por la reflexión sobre la puesta en escena: la consecuencia es un cine lleno de ornamentos y colores, pero vacío de contenido. Aún en el caso de Machete, donde Rodríguez se propone cuestionar e incluso parodiar la avanzada conservadora (racista) en la política inmigratoria de California, tema central de la agenda fronteriza, en una propuesta que al mismo tiempo intenta homenajear explícitamente al cine de clase B y las series televisivas de los años `80.  Los primeros cinco minutos (los mejores del filme) sintetizan la propuesta: filmado con filtros que le dan un tono ochentoso a la imagen, un policía mexicano (el Machete del caso, interpretado por Dany Trejo) se obstina en rescatar a una joven secuestrada por unos maleantes, y se enfrenta a ellos únicamente con su machete, cortando manos y cabezas al por mayor. La muchacha es nada menos que Eva Mendez, en el primero de varios desnudos de famosas en la película (filmados siempre con cierto cuidado, al punto que el de Jessica Alba es falso, ya que fue elaborado digitalmente), quien en realidad le ha tendido una trampa: pronto aparece el villano (Steven Segal), que terminará asesinando a la esposa de Machete al frente suyo. El combo une entonces a grandes estrellas del cine (a los nombrados, se sumarán Robert de Niro, Don Johnson, Michelle Rodríguez y Lindsay Lohan, entre otros) en una apuesta paródica por el absurdo y la acción, que pretende ser festivamente sangrienta y alocada. Tres años después, nuestro protagonista se verá inmerso en una operación política para relanzar la candidatura de un senador xenófobo (De Niro), que lidera una verdadera guerra contra los inmigrantes y está relacionado al tráfico de drogas, mientras una organización clandestina que defiende a los mexicanos y es liderada por una joven apodada Shé (emulando al “Che” de Guevara) se prepara para enfrentarlos, y una policía (Alba) que investiga dicha red comienza a descubrir la trama de negocios espurios que se esconden detrás de la criminalización de los inmigrantes.

El problema de Machete no está tanto en los clichés de género y los estereotipos raciales, exagerados al máximo (todas la mujeres son hermosas y sexy, y los hombres brutos y machistas), ni en la apuesta por el absurdo y la acción delirante, incluso tampoco en un guión fallido que -con excepción de un par de diálogos (De Niro diciendo “Bienvenido a América” luego de asesinar a un inmigrante)- se dedica a explicar todo lo que sucede, sino en las carencias narrativas y formales, que acercan a la película a un producto de televisión. Episódica, fragmentaria, formalmente convencional (la mayor ocurrencia de Rodríguez se limita a un plano cenital que muestra una decapitación simultánea o la fragmentación del plano) e incluso mal filmada (la última secuencia de pelea de masas es una oda a la incompetencia), Machete sucumbe por sus propios méritos, que consisten en creer que bastan los efectos especiales, los cuerpos esculturales y un tema urticante para hacer gran cine.

 Por Martín Ipa

Foto 3: a la izquierda, el fotograma de la película donde se ha sacado digitalmente las prendas que Jessica Alba portaba en la filmación original (derecha).

Published in: on 1 diciembre, 2010 at 23:02  Dejar un comentario