El día después

¿Cómo sigue el cine argentino después del Oscar a El secreto de sus ojos?

 

El secreto de sus ojos finalmente consiguió el sueño de tantos argentinos y, en el año del mundial de fútbol, se llevó el premio que casi todos entienden como el mundial de Cine, el Oscar a Mejor Película Extranjera. Los medios festejaron en consecuencia, y la gente tomó partido como si se tratara de una gesta análoga a la que se verá en junio, sintiéndose parte de un logro nacional, capaz de abarcarnos a todos. El propio Instituto Nacional de la Cinematografía (Inc.) financió pomposos afiches en las principales ciudades del país en dónde, con la bandera nacional de fondo, se tituló “Ganamos”, al lado de la tan ansiada como simbólica estatuilla dorada. El país entero pareció asumir sin más que el premio es una bendición para todos, que el cine argentino se coloca ahora en la vidriera mundial y que finalmente encontró su modelo a seguir: el de Juan José Campanella…

Claro que justamente aquí empiezan los problemas. Por eso vale parar la pelota y analizar un poco las consecuencias de un pensamiento semejante. El secreto de sus ojos es, sin dudas, el mejor filme de Campanella. Es, además, el mayor éxito de taquilla nacional desde la vuelta de la democracia en 1983, con dos millones y medio de espectadores, y ya había ganado anteriormente el Premio Goya a Mejor Película Hispanoamericana (que es el premio de la industria del cine español y no el de un jurado de un festival). Pero el cine argentino es mucho más rico y variado que El secreto (que es, en esencia, un filme norteamericano), y ya tiene ganado por derecho propio un lugar en el mundo (aunque ése mundo esté alejado de Hollywood): nombres como los de Lucrecia Martel, Lisandro Alonso,  Albertina Carri, el cordobés Santiago Loza u Adrián Caetano, por citar algunos, son conocidos y respetados en Europa, Latinoamérica e incluso en Estados Unidos, y uno se siente tentado a decir que incluso son más valorados que aquí, en su propia Argentina, donde viven y filman.

Por otra parte, las novedades que trajo El secreto de sus ojos al panorama cinematográfico argentino no fueron muchas más que las de un regreso masivo del público a las grandes salas con un película nacional, lo que desde su estreno despertó un debate siempre latente en Argentina (y agitado y aprovechado por ciertos medios de prensa., sobre todo el diario La Nación) sobre la pertinencia del cine independiente nacional, sobre su razón de ser, sobre las políticas distributivas del INCAA, que según cierta visión interesada despilfarra su presupuesto en una miríada de películas de jóvenes directores que luego no llevan gente a las salas. Por si no se entiende la cuestión, aclaremos: el gran debate que (seguramente a su pesar) generó Campanella es una disputa antiquísima en el país sobre si hay que financiar pocas películas industriales y caras para poder recuperar la inversión y vender los productos al exterior, o si por el contrario vale la pena apostar a muchas películas baratas del cine independiente, a las nuevas búsquedas estéticas del cine joven y, en definitiva, al riesgo artístico.

Se trata, sin dudas, de una simplificación, una visión maniquea de un panorama mucho más complejo, donde no existen buenos ni malos. Pero es el debate que se instaló en la sociedad (vía grandes medios de prensa), y que el premio Oscar otorgado a Campanella no hizo más que intensificar, en momentos donde la dirección del INCAA se dispone a aplicar además el siniestro mecanismo de los focus group para ver qué tipo de cine prefiere la gente (lo que sin dudas terminaría por matar al cine independiente, en caso que el INCAA decidiera seguir los resultados de estos estudios para decidir qué películas financiar). Aquí llegamos al nudo de la cuestión: como alertó el crítico Leonardo M. D’Espósito, el Oscar a El secreto es la mejor excusa que tendrán ciertos grupos de poder para intentar que en Argentina haya un sólo tipo de cine, del que Campanella es por lejos su mejor exponente. Es cierto que todo esto no es culpa del filme en cuestión, que ha sido aprovechado por ciertos sectores para instalar una disputa falsa, caprichosa, entre Campanella y el cine independiente. Puede ser cierto también que, como sostiene el cineasta Nicolás Prividera, el triunfo de El secreto vaya “en desmedro de los bodrios industriales con lo que compite (no contra el cine independiente, que se mueve en otro nivel y escala)”.

Pero también es verdad que los riesgos están latentes, que hay una disputa sorda de larga data en la que el cine independiente siempre ha llevado las de perder. Por eso vale la pena problematizar la idea de que Campanella es el mejor modelo a seguir para el cine argentino, pues sus consecuencias podrían ser aciagas, como la de asfixiar la diversidad que hoy tiene nuestra cinematografía, única garantía de un viaje hacia el cementerio cultural.

PD: Esta nota será publicada en una versión más amplia por la revista Cálamo en su próxima edición.

Published in: on 9 abril, 2010 at 21:16  Dejar un comentario  

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