La Rosa del Desierto

Gran sátira sobre la guerra

 

Como ya se ha hecho tradición en la cultura programadora local, las grandes películas del mundo siguen pasando por el circuito de proyección alternativo de la ciudad, refugio cada vez más imprescindible para nuestra comunidad cinéfila, pero también límite por su naturaleza para la mayoría de los cordobeses que se queda sin poder ver estas joyas. Claro que si la crítica cinematográfica tiene alguna utilidad práctica, ésta debe ser precisamente la de alertar sobre aquellas obras que pasan desapercibidas para el gran público, sea por los desaciertos de una política programadora netamente colonialista, sea por un imaginario cultural que se impone al grueso de la sociedad desde ese mismo sistema distributivo. Como sea, el fin de semana la joyita en cuestión fue La Rosa del desierto, último opus del gran maestro italiano Mario Monicelli, estrenado únicamente en el Teatro Córdoba con más de medio año de retraso con respecto a Buenos Aires (y, consuelo para el lector, con las versiones en DVD ya estrenadas en los videoclubes).

Filmada en pleno desierto africano cuando Monicelli ya había superado los 90 años, La Rosa del Desierto parece una típica “commedia all’italiana” de otras épocas, un género en el que el director fue gran pionero, con obras maestras como La gran guerra (León de Oro de Venecia, en 1959) o La armada Brancaleone. Puede decirse que no alcanza aquellas alturas, pero el sello de Monicelli está intacto: La Rosa… es una lúcida sátira de la Segunda Guerra y los sueños demenciales del fascismo italiano, de un humor intensamente mordaz pero siempre respetuoso, profundamente humanista, capaz de caricaturizar la idiosincrasia de un pueblo desde el cariño y la lealtad. Como en varias de sus películas, La Rosa apela a un relato coral: su protagonista es un pequeño batallón médico instalado en un poblado casi abandonado en pleno desierto de Libia, hacia 1940, con la guerra de fondo pero con un paisaje paradisíaco en frente. Tanto es así que ninguno de estos soldados parece preocuparse por el conflicto, y más bien viven la situación como si se tratase de unas vacaciones de verano. Empezando por el propio jefe, el mayor Strucchi (Alessandro Haber), únicamente ocupado en escribirle apasionadas cartas de amor a su mujer, Lucía, aunque no pueda despacharlas. Está también el afable cura del poblado (Michele Placido), un hombre enérgico y más terrenal que cualquiera, capaz de imponer su propia ley y hacerse cargo de la situación con un par de gritos. La mayoría pasa sus días con preocupaciones banales (alguno por sacar fotografías y hacer turismo, otro pensando en la novia casi adolescente que dejó embarazada en Italia), disfrutando de las playas y la naturaleza, y dedicando sus esfuerzos a ayudar a la población local, convencidos de que la guerra terminará pronto. Pero las cosas comenzarán a complicarse cuando las propias tropas italianas empiecen a abandonar los frentes de batalla, y el ejército británico avance en consecuencia, con nuestro grupo obligado a seguir primero a las tropas alemanas que vinieron a hacerse cargo de la situación, imponiendo su venerado rigor, y luego a un comandante italiano medio demente que sólo se preocupa por alimentar su propia leyenda. 

Atravesada por un humor a veces irónico, otras satírico y mordaz, pero siempre lúcido, La Rosa… se destaca por su profundo humanismo, reflejado en un entrañable fresco social que componen éstos seres abandonados a la buena de Dios. Formalmente, la propuesta se traduce coherentemente en una predominancia casi absoluta de los planos medios y generales, destacando así la naturaleza colectiva del filme, con una utilización virtuosa de la profundidad de campo, y algunas escenas compuestas como verdaderas coreografías (con personajes que entran y salen del cuadro casi como si se tratara de un ballet). La capacidad técnica de Monicelli es evidente, así como también su amor por el cine: un cine que no está dispuesto a renunciar a la belleza ni tampoco a la crítica política y social, aunque para ello deba filmar en el desierto, a los 91 años de edad.  

Por Martín Iparraguirre

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Published in: on 6 abril, 2010 at 15:02  Dejar un comentario  

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